Just the way you are

Todos tenemos días en que no nos levantaríamos de la cama, pero por alguna extraña razón de la vida seguimos haciéndolo a pesar de todo. Supongo que en el fondo todos pensamos que las cosas mejorarán, que pueden mejorar o que nosotros podemos hacer que mejoren, y no perdemos la esperanza. Como me dijo hace un tiempo Juan José Millás en una entrevista, la vida tiene sentido porque somos unos frustrados, si todo lo que queremos y deseamos se cumpliera ya no serviría de nada pelear por las cosas y las personas. Supongo que así es más divertido, y que cuando uno consigue algo por lo que se ha esforzado mucho tiempo luego sabe mejor y se disfruta mucho más.

También una vez una amiga me dijo que en realidad la vida no es tan difícil como nosotros la pintamos, que somos nosotros los que en realidad la complicamos. Supongo que tiene razón. La mitad de las cosas que nos pasan tienen una solución fácil, pero parece que nos gusta más coger el camino largo. Yo, la verdad tengo un ánimo más bien cíclico, pero incluso cuando tengo esos días en los que parece que todo va mal procuro buscar algo que me haga sentir mejor, que me conforte. Y por eso agradezco esos días en los que a pesar de no haber dado una, algo o alguien consigue durante una milésima de segundo sacarme una sonrisa. No sé, imagino que ese gesto me hace sentir que a pesar de todo levantarme ha merecido la pena.

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Traicionera

La odio. La odio aunque no haya llegado nunca a conocerla. Ni intención, ni ganas, sería lo último en mi vida que haría. La odio porque es el peor enemigo del ser humano, porque sólo sabe hacer daño, porque da treinta segundos de “felicidad” y toda una vida de dolor y sufrimiento. La odio porque demasiada gente la quiere, o cree que la quiere, y eso no les deja ver que ella es traicionera, que no perdona, que en el momento en que decides acercarte a ella estás perdido. La odio porque es venenosa, porque se lleva a gente inocente, porque enrosca, miente, e ilusiona a la gente con cosas que no son. La odio porque pone los cuernos a unos con otros, porque es atractiva pero despiadada, porque es infernal. La odio porque es como el viento, está en todas partes aunque no la veas. La odio porque hace creer a otra mucha gente que los va a sacar de pobres, que con ella van a vivir como reyes, cuando en realidad acabarán bajo tierra. La odio y nunca entenderé el porqué de su existencia. Odio que haya tanta gente destrozada por ella, por su culpa. Odio la droga.

Actualmente 2.000.000 de personas consumen cocaína diariamente en este país. Esta mujer del siguiente video (http://play.cuatro.com/directo//portada/el-cirujano/ver/la-mujer-sin-nariz) la consumió durante 8 o 9 años, y en los últimos tres perdió su nariz, además de su vida en general. Ella ha logrado salir de su adicción y  recuperar su vida gracias a la operación que podéis ver en el reportaje. Ha tenido mucha suerte, la mayoría no lo cuenta. Aun así, el cirujano le avisa, si vuelve a caer, su esperanza de vida será ínfima, está destrozada por dentro y no lo aguantaría.

Lo que más me preocupa de la mierda de la droga es que en todos los ambientes hay gente que decide morirse lentamente, porque el día que una persona decide tomar su primera raya, está suicidándose de forma consciente, aunque suene duro decirlo.

Hace poco leí varios libros en los que se contaban historias vitales de diversos músicos, y la mayoría decía que alguna vez se habían metido algo, incluso los más grandes artistas del mundo lo dicen en sus biografías. Lo peor de eso no es que lo cuenten, por si puede servir a otros para que no lo hagan, es que lo dicen como si no fuera nada, y algunos se enorgullecen. Es verdad que no sólo se da en el ambiente artístico, pero también es cierto que en él abunda más. Y es triste ver cómo músicos impresionantes, con dones increíbles como los suyos, con mentes privilegiadas para hacer letras y manos increíbles para tocar instrumentos y deleitar al personal, acaban cayendo en el infierno y destruyendo su vida, su carrera, su talento.

Pero lo verdaderamente triste es que muchas veces lo cuentan como si fueran tonterías de críos, deslices adolescentes, idas de olla de adultos. Y NO, no lo son, quien lo crea está equivocado, el veneno sigue siendo veneno, lo mires como lo mires, y no hay excusa, cuando uno decide tomarlo por primera vez decide matarse y, lo peor de todo, destruir su entorno. La propia hermana de la protagonista del reportaje lo dice: “Llegó un punto en el que ella no era consciente de lo que se estaba haciendo. Los que sufríamos de verdad por ella éramos nosotros que la veíamos desde fuera destruirse, llegamos a querer que se muriera para que acabara el dolor de una vez por todas”.

De verdad, ojalá que la gente se diera cuenta de lo que supone tomar la decisión de meterse esa mierda. Ojalá llegue el día en que nadie muera debido a ello. Ojalá que algún día, por utópico que pueda parecer, ella desaparezca de las vidas de todos. Que se largue y no vuelva, que se muera ella y no nosotros. Que nos deje en paz, que bastante tenemos con lidiar con lo que tenemos.

Tragedia

Hace más de un mes que no escribía nada en el blog. La verdad es que las circunstancias han hecho que no tenga muchas ganas de escribir, pero como mantener este sitio me ha costado un esfuerzo, me parece que no se merece que lo deje morir sin más. Y el día que se muera le haré un buen funeral. Así que voy a intentar escribir de nuevo en la medida que pueda. Si no me salen las palabras recurriré a la música, que me suele ayudar bastante cuando las ganas de escribir se van y mi mente se queda en blanco.

Hoy voy a hablar de Japón. Estos días he estado viendo los vídeos, las fotos, leyendo los artículos, y sí, el terremoto de 8.9 y el tsunami con olas de 10 metros de alto, que ha provocado pérdidas irreparables, muertes de miles de personas, heridos, desaparecidos, y que ha hecho que el eje de la tierra se haya movido diez centímetros, y el propio Japón, dos metros de su localización previa, es una horrible tragedia.

Pero a pesar de todo eso, lo que más miedo me sigue dando es la posible explosión de la central nuclear. Y me da miedo porque no sabía lo que entrañaba este hecho hasta que vi hace unos días un reportaje de Discovery Channel sobre Chernobyl. No digo que sea lo mismo, porque lo que causó aquel accidente fue algo completamente distinto, pero el desarrollo de las cosas sí que parece tener cierta semejanza. La tragedia fue desmedida, y lo peor de todo es que nadie era consciente del peligro que corrían porque los que sabían de qué iba la cosa mintieron a todo el mundo, haciendo creer que el drama era menor del que era.

Lo peor de todo ni siquiera fue la explosión en sí misma, sino lo que eso conllevó, la dispersión de radioactividad por todo el país e incluso por otros muchos cercanos y no tan cercanos. Dicen, según se cuenta en el reportaje, que las cenizas radioactivas llegaron hasta Francia, Gran Bretaña, Grecia o Italia, y que por suerte no explotó el otro reactor, porque, dicen, si hubiera llegado a ocurrir, algunas ciudades de la entonces URSS hubieran desaparecido, y Europa hubiera quedado inhabitable.

Al ver estas imágenes por televisión, al leer que el gobierno japonés decía que no era para tanto, al ver que los japoneses de a pie no están aparentemente preocupados, me viene a la mente aquella tragedia. Es como si se repitiera la misma historia otra vez, y lo peor de todo es que en este caso Japón es una de las mayores y más desarrolladas potencias del planeta. Me asustó saber, porque lo oí en el telediario ayer, que sólo Estados Unidos tiene ciento y pico centrales por todo el país, y Francia, sin ir más lejos, cincuenta y algo. Y es que como un día a alguien le de por provocar una desgracia acabaremos volando por los aires.

Pero eso sí está claro, si alguien puede salir de esta son ellos, los japoneses, personas cabales, disciplinadas y sobre todo muy sosegadas, algo muy bueno dadas las circunstancias, que les permitirá no volverse locos y levantarse del suelo una vez más. Porque eso sí, los seres humanos tropezamos con la misma piedra, pero somos los únicos capaces de levantarnos incluso de la peor de las tragedias.

Cenizas en el aire

Digamos que la música no siempre fue lo que hoy es para mí. Mi vida ligada a ella comenzó hace ya tiempo pero de una forma más bien casual.

De cría nunca tuve la necesidad de escuchar música las 24 horas del día como me ocurre ahora, y el motivo es que entonces no tuve la oportunidad de escuchar la cantidad de música que escucho ahora.

No obstante, sí que tengo muchos recuerdos de pequeña ligados a la música, eso sí ninguno digno de alguien considerado “adicto” a ella desde siempre. Me explico. Yo no nací en una familia donde hubiera músicos, ninguno tocamos nunca un instrumento, y nuestra cultura musical se basaba en lo que veíamos por la tele o escuchábamos por ahí alguna vez.

Lo que sí teníamos en casa era una radio gigantesca, cuadrada, negra, de esas ochenteras, que me acompañó la mayor parte de mi infancia. Con ella solía grabar canciones de la radio y de un cassette a otro, como supongo hemos hecho la mayoría alguna vez. Los pocos cassettes que tenía de cría eran de Parchís, de cuentos, de villancicos, y luego los de mis padres, que eran de Pavarotti, Paloma San Basilio, Serrat, Luis Perales, Nino Bravo, ese tipo de cosas.

Esos cassettes los he llegado a escuchar tantas veces, que ahora me sé muchas de las canciones de algunos de estos cantantes de memoria. Pero que yo recuerde,  mi primer cassette elegido por mí con 7 años o así fue uno de Laura Pausini. No sé por qué fue aquel y no otro, no lo escogí por nada en particular, de hecho, en aquel entonces mi conocimiento musical sí que era nulo, pero como por algo había que empezar, pues escogí ese. Aquella minúscula cajita me hizo la misma ilusión que si me regalaran un cofre de oro, la misma ilusión que me hizo cuando por fin pude comprarme mi primer cd. Recuerdo que aquel cassette lo ponía todos los días, una y otra vez, hasta que me aprendí las letras de memoria. Por aquel entonces empecé a cantar a todas horas (mal cantar más bien, pero bueno), a bailar por casa, y a interesarme por la música. Después llegaron otras cintas con los típicos recopilatorios que alguien te pasaba. Como no tuve internet hasta bastante mayorcita, lo que hacía era escuchar las cintas e irme sacando las letras para poder aprendérmelas y cantarlas. Así me hice un buen repertorio.

Con el tiempo, en el colegio se habían puesto de moda los grupos juveniles. A mí, sin embargo, me gustaba otro tipo de música. Entonces no sabía decir cual, pero tenía una ligera idea. Lo supe un tiempo después gracias a que mi hermana, mayor que yo,  tenía una pequeña colección de cassettes que se había ido comprando, o que alguien le había ido grabando. Nítidamente recuerdo tres de aquellas cintas: una de Sabina, una de Take That, y otra de Los Rodríguez.

Ésta última fue la cinta que más me marcó. Siempre que escuchaba alguna canción de aquel grupo sentía que me identificaba con ellos, pero no sabía por qué. En aquella época las letras se me quedaban grabadas a medida que las escuchaba, pero yo no era consciente de ello, y al crecer, cuando ya tuve internet y empecé a escuchar más música descubrí que aquel grupo llamado Los Rodriguez había estado siempre ahí, en mi vida, que se me había quedado grabado sin darme cuenta.

Lo que ocurrió después de aquella etapa fue una evolución de mi cultura musical. Digamos que empecé a investigar. Me gustaba la música, pero no la pachanga de los bares. Con el tiempo fui descubriendo estilos, grupos, cantantes, y fui haciéndome una composición de lugar. Siempre soñé con saber tocar un instrumento, el que sea, para poder crear canciones. A falta de mi capacidad para ello, desvié mi creatividad escribiendo letras, que nunca llegaron a ningún sitio, porque no sabía ponerles música. Simplemente me parecían poesías.

Y bueno, el resto es historia. La música se ha ido convirtiendo en algo fundamental con el tiempo, hasta el punto de que vaya donde vaya, no importa la hora o el lugar, siempre llevo conmigo el ipod. Lo primero que hago al despertarme y lo último al irme a dormir es escuchar música, para empezar bien el día o para relajarme y desestrarme por la noche. Y ahora, en el momento en el que me encuentro, mi vida podría resumirse con un buen puñado de canciones. Hoy, que soy consciente de ello, me parece increíble, cómo, personas ajenas a mí, a mi vida, e incluso que viven en la otra punta del mundo, pueden hacer que me sienta identificada con lo que escriben y cantan.

Y si hiciera una lista de algunas de las letras que me han marcado mucho, definitivamente la primera ahora mismo sería ‘Cenizas en el aire’. Ayer tuve la oportunidad de ver a Ariel Rot en concierto, y todavía sigo pensando en el inmenso talento que tiene. Envidia sana me da. Ojalá por el mundo hubiera muchos más como él. Como él mismo dijo ayer,  a todos nos gustaría que alguien nos dedicara una canción así alguna vez.

Todo o nada

Nico caminaba cabizbajo por las calles de la ciudad. Miraba las baldosas y de vez en cuando, como tratando de evitar sus pensamientos, jugaba a saltar de una a otra de manera aleatoria. Otras veces, para tratar de apagar aquello que su razón le gritaba, se subía al bordillo, extendía los brazos en cruz, y caminaba sobre él manteniendo el equilibrio. Intentaba jugar para evitar pensar, pero ya no tenía edad para ello. O eso es lo que los demás le decían.

Ya no sabía cómo acallar esas voces internas que le recordaban todo el tiempo lo que debía hacer. Quería seguir sus instintos, pero le daba miedo que algo fallara, que las cosas cambiaran y que ya nada volviera a ser igual.

Tenía miedo. Esa era la palabra. No sabía cómo hacer frente a ello porque nunca antes le había ocurrido con esa intensidad. Nunca antes había amado a nadie de verdad. Y ahora, de repente, ella había aparecido en su vida y lo había cambiado todo.  Nico se sentía angustiado, sabía lo que quería pero no conseguía darse órdenes a sí mismo para hacerlo realidad. Le obsesionaba pensar que si daba un paso adelante, algo se modificaría en su forma de ser y de vivir, y lo que había conseguido hasta entonces se esfumaría. Y él no quería cambiar su modo de vida. Lo tenía muy claro.


Por eso caminaba y caminaba sin rumbo fijo, esperando que en algún momento esas voces dejaran de resonar en su cabeza. De pronto, obnubilado por sus pensamientos, su desorden mental, y su mezcla de sentimientos encontrados, tropezó con un mendigo. Uno muy especial. Llevaba barba de tres días, un pantalón negro  sucio y desgastado, y una camisa blanca raída. A su lado, reposaba en la acera una chistera, y junto a ella, como custodiándola, su más fiel amigo y compañero, su perro , un retriever dorado.

Nico pidió disculpas, pero el hombre no dijo nada. Ni se inmutó ante su tropezón.

– ¡Lo siento! Perdone, no le había visto -dijo intentando disculparse

– Tranquilo, le entiendo- respondió el hombre tras una larga pausa

-¿A qué se refiere?- le preguntó Nico sorprendido

-A que las personas nunca miran por dónde van, saben a dónde quieren llegar, pero nunca son capaces de hacerlo sin dar rodeos- contó pausado el mendigo

-No le entiendo -dijo él, sintiéndose un poco estúpido por no ser capaz de comprenderle- ¿A qué se refiere?

-Sabes bien a qué me refiero. A que un ciego se tropieza porque físicamente no puede ver, pero el resto tropezamos porque no queremos ver lo que tenemos delante -explicó tranquilo, mientras acariciaba suavemente a su perro- y como no queremos verlo, simplemente damos rodeos para tratar de evitarlo. Y eso ocurre hasta que llega un día en el que ¡¡¡pumm!!!, nos golpeamos con algo que nos corta drásticamente el paso y nos despierta de nuestra ceguera con un sonoro bofetón.

-Perdone, no pensé que le hubiera molestado tanto, yo…, ha sido sin querer- trató de pedir perdón Nico.

-No me ha molestado. No hablo de ti y de mi. Creo que no has entendido nada -dijo esta vez un poco molesto- Te lo estoy diciendo. Resuelve tus problemas sin mirar para otro lado, porque no sirve de nada. Si hay alguien que te gusta de verdad haz algo, pero no te quedes parado -ahí, él ya no entendía nada, ¿cómo sabía lo que le estaba ocurriendo en su vida?- No tengas miedo. Recuerda que para que las cosas funcionen todos debemos ceder un poco y poner de nuestra parte. Y por supuesto, los tropezones no son malos, simplemente porque son humanos. Son parte de la vida, y te harán raspones poco profundos que te ayudarán a ser más fuerte para cuando la herida sea más dura. Hazme caso, sé de lo que hablo. Actúa y tropieza, si no lo haces, no aprenderás a tiempo. Si posees algo ahora no lo desperdicies, porque no sabes si después tendrás otra oportunidad.

De pronto, cayó en la cuenta de que aquel hombre le acababa de dar una lección, y de las grandes además.

-¡Gracias!- le respondió Nico, sacando unas monedas del bolsillo con afán de echarlas a la chistera, pero entonces el perro reaccionó y ladró.

-Está bien, puedes quedártelas -dijo el mendigo sonriendo- yo no estoy pidiendo nada, no las quiero- añadió.

Él no supo qué más decir, asi que se giró y siguió su camino. Tras dar un paseo y meditar en las palabras del hombre, de repente levantó la cabeza y vio un periódico tirado en el suelo. Por inercia lo recogió.

Abrió las páginas y vio algo desconcertante. La cara del mendigo estaba allí, pero en la foto aparecía diferente. Vestía smoking, iba bien peinado, limpio, aseado, llevaba una chistera en la mano, y junto a él un golden retriever dorado. Según la noticia, era un reputado empresario, multimillonario, un hombre de la jet set. La noticia explicaba también que el tipo se había arruinado completamente, ya que al haber malgastado el dinero que poseía, al producirse la crisis lo había perdido todo. Se quedó solo.

Al parecer -relataba el artículo- su mujer, a la que conocía desde hacía mucho tiempo, de aquella época en la que aún no era rico, se vio venir el percal, y le avisó, una y mil veces. Le dijo que se controlara, que no podía llevar ese tren de vida. Ella era humilde y sencilla, siempre lo había sido, todo lo contrario que él, pero a pesar de todo siempre le había querido. Aun así, ella era consciente de lo diferentes que eran, puesto que  él siempre decía que había nacido para ser rico, para tenerlo todo y no depender de nadie. Para ella, sin embargo, su todo había sido siempre él.

Pero el hombre era demasiado orgulloso para reconocer que tenía razón, así que durante años ganó bañeras de dinero, que después fue gastando y gastando sin limitarse. Ella decidió darle una última oportunidad para que rectificara su forma de ser, porque lo quería. Pero fue una oportunidad que él finalmente desperdició. Y ella lo abandonó. Pero antes de irse le dijo: “Recuerda este momento por que algún día te arrepentirás de ello”.

Tras leer el recorte, Nico empezó a ser consciente de las palabras de aquel hombre. “Aprovecha lo que tienes…, no pierdas la oportunidad…, puede que nunca la vuelvas a recuperar. No mires para otro lado, no des rodeos… Un golpe que te abre los ojos de pronto…Tropieza, si no puede que no aprendas a tiempo”, y luego siguió pensando y cayó en la cuenta, “por eso el perro ladró, él único amigo que le quedaba no le iba a permitir que volviera a caer en la tentación del dinero”.

Nico reflexionó sobre lo ocurrido y se dijo a sí mismo que las casualidades no existen. Por algo se cruzó con aquel hombre. Fue consciente entonces de que debía actuar, no perder el tiempo si no quería acabar igual. Tenía que perder el miedo a que su vida pudiera cambiar, porque, de hecho, las cosas siempre cambian, y al menos es mejor que lo hagan cuando uno quiere y no cuando las circunstancias le obligan. “Quiero ser feliz, y la felicidad no se encuentra en lo material. Y si tropiezo, pues mejor para mí. Algo aprenderé en el camino”, se dijo a sí mismo.

Y tras ello, levantó la cabeza y comenzó entonces un camino, lleno de baches y piedras, sí, pero esta vez con un rumbo claramente definido.

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“El más rico es aquel cuyos placeres son los más baratos.”

“¿Qué es la riqueza? Nada, si no se gasta; nada, si se malgasta.”

“No desees y serás el hombre más rico del mundo”

“Lo mejor que podemos hacer por otro no es sólo compartir con él nuestras riquezas, sino mostrarle las suyas”

“El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo”

Buen humor

Era septiembre. Ese día me tocaba enfrentarme por cuarta vez al examen de conducir. Las anteriores veces había dormido mal, había despertado inquieta, y aunque me había calmado, al final me habían traicionado los nervios.

Ese día, sin embargo, me levanté con ánimo, ni siquiera pensé demasiado en el examen. Dije, bueno, sea lo que sea lo que pase, no se muere el mundo si no apruebo. Así que me levanté de la cama decidida, desayuné, me miré al espejo,  y me sentí optimista, no sé por qué pero así fue, incluso decidí ponerme para la ocasión una camiseta que dice I love smiley (Me gusta reir). Dio la casualidad de que, además, ese día salió soleado, hecho que también me dio buenas vibraciones.

Sabía que era entonces o nunca, asi que hice la prueba, y después de esperar que pasaran por ella los demás compañer@s, me dieron el resultado. Aprobé. En total aprobamos cuatro de ocho que nos presentamos. Como es lógico los que aprobamos estábamos todos super contentos. Pero creo que yo era, con diferencia, la más feliciana.

Fuimos a la autoescuela a recoger las eles, a firmar los papeles, y después me despedí de la gente y volví hacia casa. Ahí fue cuando de repente, salido de la nada, apareció en mi camino un tipo extranjero que estaba haciendo el Camino de Santiago, se me quedó mirando fijamente, después a la camiseta, leyó lo que decía el mensaje, me vio que estaba radiante de felicidad, y ahí él se giró y me enseñó algo, una pegatina que iba adosada a su mochila en la que salía una carita sonriente. Me miró de nuevo a mí, que seguía sonriendo de oreja a oreja, y me hizo un gesto de ok, como diciéndome que era genial que yo estuviera feliz. Le hice yo otro gesto a él, y cada uno nos fuimos por nuestro lado.

A pesar de lo fugaz del momento, fue muy gracioso, parecía un sketch de algún programa cómico. Nosotros parecíamos bobos, los dos sonriendo y haciendo el chorra, yo con mi camiseta y él con la pegatina. Pero nos dimos cuenta los dos, y lo sé por que se lo vi en la cara, que el simple gesto de sonreirnos hizo nuestro día un poco mejor si cabe.

Justo después de aquel episodio me acordé de un video de youtube en el que gente de distintas partes del mundo iba por la calle con un cartel que ponía: ofrezco abrazos gratis. Bueno, en aquel momento yo me sentía como si llevara un cartel que ponía: ofrezco sonrisas gratis. Y luego pensándolo bien, me di cuenta de que en realidad eso es lo que hago a diario, bueno, o al menos lo intento, lo de regalar sonrisas gratis digo. Siempre se dice que todos podemos hacer algo por mejorar este mundo, y bueno, sonreir es una buena forma de empezar. No cuesta dinero, y seguro que alguien te agradece que lo hagas, incluso aunque no te lo diga con palabras, tampoco hace falta. La risa es el idioma universal.

Unas frases que tienen mucho que ver con esto:

“A veces sonreir es la mejor forma de contribuir a cambiar el mundo”

“Crecerás el día en que verdaderamente te rías por primera vez de ti mismo”

“El día peor empleado es aquel en que no te has reído”

“Es mejor olvidarse y sonreir, que recordar y entristecerse”

“La risa es la distancia más corta entre dos personas”

“La sonrisa es el idioma universal de los hombres inteligentes”

“Una sonrisa ilumina más que mil bombillas”

“Una sonrisa es descanso para la persona cansada, ánimo para la abatida y consuelo para el corazón dolorido”

“Si no sabes sonreir es que no sabes vivir”

Madurez

Hoy alguien cercano, en una conversación desenfadada, ha comentado medio en broma medio en serio que los que no beben alcohol son unos sosos. Y yo a esa persona le he dicho: “¡Eh! Cuidado con quien te metes, porque yo no bebo”. Somos amigos, asi que simplemente se ha reído, me he reído yo, y no ha habido más problema. Pero lo cierto es que llevo oyendo ese comentario toda mi vida. Sí, qué queréis que os diga, no bebo alcohol, o lo justo sólo el día que me da por ahí. Y no lo hago porque sea anti todo, porque no quiera sociabilizarme o porque sea una rara de cojones, simplemente lo hago por dos motivos: uno, no me gusta el sabor de las bebidas alcohólicas, y dos, no las necesito para bailar, divertirme y hacer el payaso.

Pero parece que la gente no lo entiende, nunca lo ha entendido. Siempre he sido la rara, la extraterrestre. De más joven no tuve muchos problemas porque apenas salía por ahí, pero ya de más mayor empecé a sentirme un poco marciana, porque si iba a una cena todos bebían menos yo; en las reuniones familiares (tipo Nochebuena, Navidad) la botella de agua era y es casi exclusivamente mía; cuando alguien me invitaba a una copa o una caña y le decía que no parecía que le estaba haciendo un feo; y en los bares y discotecas, bueno directamente ni me acercaba a la barra sólo para no verle la cara de cachondeo al camarero. En fin, ese tipo de cosas.

Yo siempre me lo he tomado con filosofía porque toda mi vida lo he tenido muy claro. El alcohol no me aporta nada, estoy casi convencida de que con él no haría nada que no hago ya sin él, y, además, si hago algo quiere saber lo que estoy haciendo y acordarme al día siguiente. Aparte el alcohol ayuda a olvidar un rato, sí, pero los problemas van a seguir ahí al día siguiente y hay que saber afrontarlos; y por encima de todas las cosas, no me gusta beber, asi que por que los demás lo hagan no lo tengo porqué hacer yo.

Y he sobrevivido, evidentemente he tenido que soportar en alguna ocasión la mofa de familiares y amigos, pero al final con el tiempo se han acostumbrado, y yo he aprendido a amoldarme al ritmo de los demás. Ahora puedo, si me da el día, tomar un poco de vino mientras como, o incluso un cubata al salir por ahí, pero ya está. No quiero escudarme en el alcohol, quiero saber lo que hago y ser consciente de ello, y si me divierto quiero saber por qué y acordarme al día siguiente de lo que he hecho y dicho.

Además, por si no lo tenía muy claro, hoy alguien se ha encargado de recordarme por qué beber no es la solución. Volviendo de trabajar a eso de las 22.00 de la noche, en la villavesa se han subido tres chavalas adolescentes. En la siguiente parada a ellas se ha subido un tipo cuarentón, borracho como una cuba y con una bolsa con cuatro o cinco botellas de vete a saber qué. Iba dando tumbos, balbuceando, pegando gritos y haciendo ruidos extraños. Al final el tipo ha conseguido, no sé cómo, que el chófer le dejara quedarse y ahí ha sido cuando ha empezado a dar el coñazo.

Durante el viaje se ha empezado a poner pesado con las chicas, que estaban sentadas en una zona de cuatro asientos, y al haber uno vacío él se ha sentado junto a ellas, a fastidiar. Las chavalas no sabían cómo deshacerse de él, y el otro no decía más que sandeces, empezó a ponerse borde y ellas a hartarse, hasta el punto una de decirle que se estuviera quieto y se comportara, y que las dejara en paz, no llegaron a las manos porque ellas no quisieron, pero el tipo estaba zumbado… La gente se le quedó mirando como diciendo, en fin, lo que hay que ver. Al final el chófer lo tuvo que echar del autobús.

Creo recordar que no es la primera vez que este señor hace esto. La anterior vez, no  sé cuando fue, hace unos meses creo, casi se mea dentro de la villavesa, pero en fin, mejor no hablar de ello. En realidad, lo que me ha dejado alucinada es que el suceso lo haya protagonizado un tío hecho y derecho. A mi, que era una mera espectadora del suceso, me ha dado verguenza ajena verle en ese estado, y me ha dejado pensando el hecho de que las chavalas de 14 años demostraran más sensatez que el tipo adulto, que debería haber sido el “supuestamente maduro”. Ja! Me río yo de alguna gente que se cree adulta, eso me da mucha rabia, la madurez no se mide por lo mayor que seas, sino por la cabeza que tengas sobre los hombros, eso es así. Si llegas a esa edad y te pones así de ciego un miércoles por la noche, una de dos, o eres un alcohólico de libro o un tipo con muchos problemas, muy cobarde para afrontarlos, y sobre todo muy solo.

Yo no quiero acabar así. Y creo que en la soledad está la clave de muchas cosas, el que no tiene en quien apoyarse en los malos momentos, tiene muchas más posibilidades de acabar en el fondo del agujero, y salir de ahí luego es muy difícil. No soy quien para juzgar a este hombre, no sé cuales son las circunstancias que le han podido llevar a estar así, y por eso no lo voy a criticar, pero no sé si aunque hubiera unas razones medianamente coherentes, estas justificarían sus acciones. Por que repito, beber NO borra los problemas.

Y otra cosa, lo fácil es tomar el atajo para hacer lo que tienes que hacer, lo difícil es decir las cosas a quien se las tienes que decir siendo totalmente consciente de ello. Da miedo, pero muchas cosas dan miedo, y sinceramente con decirlo lo peor que puede pasar es que sigas igual que estabas. Y si tienes suerte y la respuesta es la que esperas, no vas a tener que reconstruir los hechos cuando al día siguiente quieras acordarte de lo que ocurrió.

Cómicos

Siempre me han dado envidia los cómicos, los monologuistas, toda esa gente que vive de hacer reir a los demás, de, en definitiva, tratar de hacer sentir mejor a la gente. Me parece que tienen mucho mérito ya sólo con el hecho de intentarlo, pero que encima sean capaces de hacerlo a diario es ya un reto increíble. Teniendo en cuenta que yo soy la primera que siempre estoy haciendo el payaso, reconozco que no todos los días una tiene ganas de hacer el chorra, y otros muchos los que no están por la labor de escuchar las bromas son los demás.

Por eso, en parte también los entiendo cuando a cualquiera de ellos les preguntan si siempre son así de graciosos y ellos responden que no, que no se pasan el día haciendo gracietas, y a la gente le extraña e incluso piensan que en realidad son bordes. Claro que no lo son, pero también tienen sus momentos, como todos. Asi que sí, para mí tienen mucho mérito haciendo que la gente se sienta un poco mejor cada día a pesar de todo.

Una vez oí decir, no recuerdo a quien, que hacer reir a la gente es lo más complicado que hay, pero que no es tan difícil crear buen rollo, que todo empieza por el simple acto de sonreir y ser amable con los demás cuando te levantas, cuando vas al trabajo, cuando haces la compra, o cuando te cruzas con la gente. Y yo, por experiencia propia, he comprobado que en general la mayoría lo agradece, aunque siempre haya excepciones como es lógico.

Al final todo es cuestión de querer, por muy mal que a uno le haya ido el día los demás no tienen la culpa de eso, y si a pesar de todo eres capaz de sacarles una sonrisa puede que, tal vez, ellos después sean los que te la saquen a ti. Creo que ser un poco amables no cuesta nada, los problemas no van a desaparecer por que la tomemos con otro, y reirse hasta de los fallos es muy bueno. Es cuestión de intentarlo, de alegrarse por los logros de los demás y de ser un poco positivo pensando que las cosas mejorarán, por que al final todo es cíclico. Ya lo dicen los estudios, reirse alarga la vida hasta 4 años y reduce las posibilidades de infarto en un 40%. Todo son ventajas.

P.D. Reirse no está mal visto, no está prohibido ni es pecado. Lo digo por que a veces parece que a algunos les sigue dando apuro echarse unas buenas risas.

Cobardes

Cobarde es el que huye, el que calla y el que ignora lo que le pasa. Cobarde es el que actúa al revés de como siente, y no hace lo que quiere por miedo a lo que digan o piensen los demás. Cobarde es el que deja que los demás le usen y no actúa ni hace nada para cambiarlo. Cobarde es el que sueña pero deja que sus sueños se desvanezcan por que otros les desaniman a intentarlo. Cobarde es el que se rinde antes de haber luchado.

Cobarde es el que la toma con los demás, cuando no tienen la culpa de lo que le pasa, sólo para intentar sentirse mejor. Cobarde es el que insulta y pega antes de dialogar, por el miedo a sentirse inferior. Cobarde es el que abusa del poder que tiene para sentirse alguien, y  el que sufre el abuso por no hacerse valer. Cobarde es el que se siente mal y vive infeliz y no busca maneras de cambiarlo. Cobarde es el que se mimetiza, el que actúa según lo previsto, el que no se sale nunca del renglón. Y cobarde es el que se salta las normas a la torera hasta el punto de invadir el espacio vital de los demás. Cobardes somos todos por que todos tenemos miedo y todos huimos de alguien o algo.  Y precisamente ese es mi propósito para 2011, dejar de ser cobarde, hacer ensayo y error, navegar a través de lo malo y sobre todo disfrutar al máximo lo bueno, que es mucho, aunque a veces no me de cuenta.

“No digo lo que digo,
hago lo que no hago,
al revés, al revés, porque
ser valiente no es sólo cuestión de suerte.

A veces no soy yo,
busco un disfraz mejor,
bailando hasta el apagón.
¡Disculpad mi osadía!

Tú también tienes que ver
que nunca tengo mi papel.
Nube gris, riega todo el jardín,
todo el jardín, todas las flores que no probé.

No olvido los sueños,
vuelvo a lo que no acabó,
no perdí, no perdí, porque
ser valiente no es sólo cuestión de verte”

Refranes

Esta época del año siempre, no sé porqué, me hace recordar cosas del pasado. Concretamente antiguas costumbres que solía tener mi abuela, una mujer que murió con ochenta y pico años, y que durante toda su vida fue una persona muy sabia. Yo la conocí bastante poco, por las circunstancias y por la edad (yo era demasiado pequeña), me hubiera gustado haberla podido disfrutar más.

No obstante, de ella aprendí muchas cosas,  a nivel material fue la primera en enseñarme a tejer lana, me encantaba verla coser, tenía unas manos prodigiosas con las que hacía virguerías, y mi madre también se parece a ella en eso. También aprendí de ella a valerme por mí misma, a no depender nunca de nadie y a ser muy cabezona con las cosas. Recuerdo cómo siempre me animaba, siendo una cría, a aprender a atarme sola los cordones, a no llorar y levantarme cuando me caía, y a no tenerle tanto miedo a todo, a ser más valiente. Fue también la primera, cuando apenas levantaba dos palmos del suelo, en fijarse en mis largos dedos y en asegurarme que me iban a servir para cosas importantes en el futuro (y tan importantes, como que son parte de mi trabajo y de mi vida). Fue tan lista que casi lo vio venir, siempre me solía decir que escribía muy bien, que tenía buena letra y esas cosas, cómo es la vida… Al final periodista, abuela.

En fin, pero si algo recuerdo a menudo de ella son los refranes, frases que usamos casi a diario y muchas veces sin darnos cuenta. Recuerdo que en el pueblo de la abuela, en León, había algunos refranes muy graciosos que solían ser típicos de allí, aunque ahora mismo no los recuerdo, pero los típicos del refranero popular me los sé al dedillo, porque la abuela era muy dada a decirlos en cualquier situación, y a mí, ya sabéis, como todo en la vida, me hacían gracia cuando se los oía decir. Mis padres también los suelen soltar a veces y a base de oirlos toda mi vida se me han ido quedando.

Refranes como, “A quien madruga Dios le ayuda”, “A falta de pan buenas son tortas”, “No veo tres en un burro”, “A quien buen árbol se arrima buena sombra le cobija”, “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”, “A todo cerdo le llega su San Martín”, “Año de nieves, año de bienes”… En fin, ese tipo de frases.

La cuestión es que hoy, pensando en ello, me ha venido a la mente que cuando yo era adolescente, y sé que en la época de mis hermanas también se daba, se solían reinterpretar los refranes al modo hormonal prepúber, ya me entendéis. Los típicos refranes de “Dime con quien andas y si está bueno me lo mandas”, “Ojos que no ven, tio bueno que te pierdes” o “Amor idiota, yo por ti y tu por otra”. En fin, un alarde de sabiduría en frases juveniles.

La cuestión es que a pesar de todo, esas variaciones me hacían gracia, porque estas demuestran que, a pesar del paso del tiempo y de los cambios semi-modernos de los refranes, estos siguen teniendo vigencia en nuestras vidas. A veces los decimos sin pensarlo, los tenemos tan asumidos como algo innato que no nos damos cuenta de que son parte de nuestra cultura, son frases que han pasado de generación en generación, y que a pesar de lo rimbombante que puedan sonar con el paso de los años, se siguen utilizando para poner palabras a situaciones a las que a veces no sabemos cómo calificar.

Un refrán siempre será la versión más resumida y certera de la vida real. Porque al final es de ahí de donde han surgido, de situaciones cotidianas que han dado lugar a frases simpáticas llenas de sentido. Y como la evolución sigue su curso y el siglo XXI no podía ser menos, Facebook se ha unido al carro del refranero. Tiene páginas del refranero popular, reinterpretaciones de diversos lugares del mundo, y sobre todo una página que me ha hecho mucha gracia (Todos los refanes pueden acabar con… Una patada en los cojones) y lo peor de todo es que es verdad, si lo pensáis detenidamente, todos serían coherentes (pongamos algunos ejemplos de arriba: “A quien madruga, patada en los cojones”, “A falta de pan, patada en los cojones”, “A quien buen árbol se arrima, patada en los cojones”, “Ladrón que roba a ladrón, patada en los cojones”, o “A todo cerdo, patada en los cojones”).

En fin. Qué cosas tiene el refranero popular.