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Algo se muere en el alma…

Una mañana de hace 10 años, mientras yo miraba alguna chorrada en la televisión y mi perro jugueteaba por la alfombra, apareció de improviso un pequeño pájaro amarillo jaspeado que entró volando por la puerta de la terraza y se posó encima de la mesa. Cuando lo vi allí parado, después del susto inicial, me di cuenta de que era un canario. Como no quería que se asustará, me levanté corriendo a cerrar la puerta y rápidamente vi como mi perro se tiraba detrás a intentar cogerlo, así que lo agarré, le pegué un grito a mi madre y me llevé al perro a la cocina para que no molestara. Mientras, mi madre, con mucha maña, logró coger a aquel canario extraviado, que debió haberse escapado de alguna otra casa. Fue gracioso que lograra llegar volando no precisamente a cualquier casa, sino a la mia, donde, curiosamente, ya teníamos dos periquitos, y ¡oh casualidad!, también una jaula extra vacía. Asi que viendo que no íbamos a saber de quién era aquel pajarillo y que no lo podíamos dejar libre porque se moriría si lo hacíamos, lo adoptamos.

Aquel episodio fue lo más raro que me ha pasado nunca. Que el canario apareciera así de la nada todavía me sigue mosqueando un poco pero bueno. Lo cierto es que en mi casa siempre hemos tenido muchos pájaros, hemos tenido mascotas variadas, pero sobre todo muchos pájaros. El problema es que siempre por una cosa o por otra nos duraban poco, o se ponían enfermos, o se intoxicaban con algo… En fin, que parecía que teníamos gafe. Pero con éste ha sido distinto. Después de casi 10 años con nosotros hoy nos ha dejado. Por suerte ha logrado llegar a viejito, donde ha tenido los achaques propios de la edad, y después, sin hacer ruido, se ha ido.

Me encantan los animales, siempre me han gustado, pero tengo que reconocer que este canario había días que me ponía un poco de los nervios porque era de los que no paraba de cantar, de hecho, cuando poníamos un rato la tele de la cocina o nos poníamos a hablar unos con otros durante la comida el pájaro empezaba a cantar cada vez más alto, hasta que llegaba un punto en el que sólo le escuchábamos a él. Pero también es verdad que muchas veces verle tan contento te alegraba el día a ti, era una especie de quid pro quo, la familia le alimentaba el cuerpecillo y él nos alimentaba a nosotros el alma. No sé. Es difícil de explicar lo que te da una mascota, el cariño y la compañía impagable que te ofrecen, y es cuando se muere cuando te das cuenta de lo vacía que se queda la casa.

Cuando hace ya siete u ocho años murió mi perro (muy joven) por enfermedad, lloré, y lloré porque para mí fue el mejor amigo que pude haber tenido, gracias a él tiré para adelante cuando peor lo pasaba y hoy he llegado a donde estoy. Parecerá exagerado que diga esto, pero quien no haya compartido su vida con una mascota así no lo entenderá jamás. En este caso, la compañía del pájaro ha sido distinta, más de alivio y compañía en segundo plano, de saber que hay algo que te hace sentir mejor pero en lo que muchas veces no reparas. Este último tiempo, cuando ya estaba pachuchillo y se pasaba el tiempo dormitando me ha hecho sentirme culpable por no haberle hecho más caso cuando tuve oportunidad (la verdad es que nunca estuve muy pendiente de él, de vez en cuando me paraba a echarle un ojo, él me piaba, yo acercaba el dedo, él me picoteaba, y nuestra relación finalizaba ahí. En el fondo era buen chico, ya lo sé, lo nuestro era una relación de amor-odio). Pero bueno, ahora que ya le llegó su momento, ojalá que descanse en paz allí donde quiera que esté. Seguro que estará con mi pareja de periquitos que murieron ya hace años, primero ella, de enfermedad, y al poco tiempo él de pena al morir ella. Aysss, lo que puede llegar a hacer el amor…

Por un mundo mejor

Tengo 23 años, soy periodista titulada, con una carrera sacada en los años exigidos y conseguida gracias a la constancia y a becas ganadas con mucho esfuerzo. Cuando estaba en el colegio, época que prefiero obviar por razones personales, siempre pensaba que la Universidad y el mundo laboral serían mi mejor forma de ser útil a la sociedad. Siempre pensé que cuando acabara el colegio las cosas cambiarían, porque podría conocer gente nueva, estudiar lo que quisiera, y ejercer como tal. Podría tener buenos y malos días en el curro, pero sería más o menos feliz. Yo no pedía mucho, sólo una vida más o menos normal (con lo que eso significa siendo periodista). Daba por hecho lo del horario desacompasado y la escasa vida social, ni siquiera pedía tener una gran familia, una casa enorme y un sueldo de espanto, no, mi única ambición para ser feliz era tener mi propio hogar (ahora me río de eso) y un trabajo que me llenara y con el que ganara el dinero suficiente para vivir y disfrutar de manera sencilla de mis años de vida, no para mal sobrevivir ni tampoco para ser millonaria gastadora compulsiva.

Por eso, ahora que a pesar de tener una carrera y hablar tres idiomas me encuentro en el paro, miro para atrás y a veces siento como si toda mi vida hubiera sido una farsa. Supongo que le pasará a mucha gente, cuando estudias para poder trabajar de algo y te ves obligado a hacer otra cosa o a no trabajar, sientes que has malgastado toda tu vida. Y 23 años, en mi caso, me parecen demasiados años malgastados. Por eso sigo teniendo la esperanza de que todo lo sacrificado para llegar a donde estoy no haya sido en vano (como supongo que la mayoría de los jóvenes, que por eso están haciendo lo que hacen). Y por eso, aunque normalmente no me gusta hablar de política, hoy no me queda otra que hacerle mención, porque ahora mismo en este país se está viviendo algo increíble, que, no obstante, hacía tiempo que debería haber ocurrido. Más vale tarde que nunca. Y por esa razón quiero desde aquí agradecer a la gente que ha salido a la calle estos días a protestar y a acampar, lo agradezco por mi y por todos los que están viviendo lo mismo que yo, que son muchos.

La política, si he de decir la verdad, nunca ha sido santo de mi devoción. No me gusta porque -y he sido testigo de ello muchísimas veces- es un tema que siempre lleva a la discusión generalmente airada, no sólo entre los propios políticos sino también entre la gente de a pie. Saca lo peor de las personas y en la mayor parte de los lugares del mundo siempre ha sido motivo de discordia, discordias que a veces han llegado al extremo. Pero esta vez no puedo ni quiero pasar por alto lo que aquí se está gestando, porque siempre pensé que en este país jamás seríamos capaces de unirnos para nada, es triste decirlo, pero así lo he sentido muchas veces. Era como ver una constante pelea de gallos entre extremos rivales, incapaces de darse la mano una vez en la vida para sacar el país adelante. Y es por eso que me enorgullece saber que la gente normal y corriente, la que hace al país ser lo que es, con sus virtudes y sus defectos, es capaz cuando quiere de darse la mano, levantarse y pelear juntos. Sean de la condición que sean y sólo con un único objetivo, intentar mejorar la mierda de país que nos han dejado nuestros antecesores.

Cuando hace un tiempo oí a profesionales extranjeros de distintas áreas decir que la visión que se tiene fuera de España, a grandes rasgos, es la de un país donde solo se estila la farra y el mangoneo, me entristeció porque yo sé cómo es el país en el que vivo y sé cuales son sus muchos defectos (demasiados a decir verdad), pero siempre he creído que tiene también cosas muy buenas que a veces nosotros mismos no somos capaces de valorar. Eso sí, lo que siempre me faltó ver en este país es esa solidaridad de luchar no sólo por uno mismo sino también por el prójimo, un sentir que en otros países está más arraigado. No digo que aquí no seamos capaces de eso y mucho más, que lo somos y a la vista está, pero sí es verdad que siempre ha sido más fácil conseguir juntar a medio país por un puñetero partido de fútbol antes que para defender los derechos fundamentales de las personas.

Pero lo que más me ha enfurecido siempre es que en este país haya tanto chorizo suelto por todas partes y que a todo el mundo se la sople de esa manera. Que haya un político que se ha dedicado a robar a conciencia a todo el que ha podido, que haya sido descubierto, y aun así siga tan campante paseando su sonrisa para ver si le votan para las próximas elecciones me parece indignante y denigrante. Porque se estaba y se está riendo de nosotros a la cara y nosotros seguimos igual.Y otra cosa que me parece insultante es que todos los  partidos políticos (y no se salva uno) estén tratando de utilizar las circunstancias que se están dando para conseguir votos a su favor. Pero lo más decepcionante de todo es ver cómo las personas hechas y derechas, con carreras políticas, que mueven este país y deciden sobre nuestra vida y nuestro futuro, no son capaces más que de insultarse, agredirse verbalmente, y hacernos sentir a todos como si estuviéramos en una jaula de grillos. Basta ya.

Para mí la política está podrida, y hasta que no se sanee no habrá solución. Por eso ya era hora de levantarse, siempre pacíficamente, pero de hacer algo por este país, que mal que nos pese es en el que hemos nacido y en el que, al menos a mí, me gustaría seguir viviendo, tranquila y en paz. Y sobre todo me alegra que al menos los jóvenes sigan peleando por lo que creen. La verdad, todo hay que decirlo, me siento orgullosa de mi generación (para que luego se diga que sólo somos una panda de ni-nis).

“Cambiar el mundo empieza por ti”.

Trece da mala suerte

No sé si alguna vez os habréis sentidos gafados, pero gafados de verdad, o sea que no paran de pasar cosas chungas alrededor, una detrás de otra, hasta el punto de que llega a ser mosqueante. Bueno, pues así es como me llevo sintiendo yo desde hace tres meses y algo.

Primero me quedé en el paro (ajo y agua, me dije), a eso se me añadieron problemas personales (a tirar palante, pensé), eché la lotería ¿creéis que me tocó?, pues no sólo no me tocó sino que encima los números se cachondearon de mí (como siempre, asumí).Y a partir de ahí empezaron a romperse cosas en casa, dejó de funcionar el microondas, lo cambiamos por uno viejo que habíamos arreglado meses antes y también se murió, descubrimos que el primero no había muerto sino que había sido una falsa alarma, lo pusimos de nuevo y a las dos semanas, ahí sí, dejó de funcionar de verdad. Al final, a arreglar.

A eso se añadió que el ratón de mi ordenador se empezó a volver loco (por enésima vez en meses), el ordenador empezó a fallar y a colapsarse sin más (así que lo reseteé, otra vez, con lo que eso conlleva porque esta vez no pude guardar algunas cosas), los cascos de música murieron (aunque no me extraña de la matraca que les meto), y mi ipod desapareció en el desorden de mi habitación (luego lo conseguí encontrar). Después se estropeó del todo la freidora, que fue a dar a la bazuraaa. Y ya que estábamos cambiando los electrodomésticos, que parecían morir de dos en dos, se aprovechó en mi casa para cambiar también el horno, la encimera y la campana extractora, todas más viejas que yo (literalmente) y la última además inutilizable desde hace años.

Si ya lo decía Murphy si algo puede ir mal irá mal. En fin, ahí no acaba la cosa, un día decidí volverme creativa y me puse a hacer manualidades, concretamente me puse a pintar unos discos viejos con los que quería decorar la pared. Bueno, pues los pinté con toda la ilusión, y a las dos horas la pintura empezó a caerse a cachos, porque de lo vieja que era tenía que estar caducada. El día del libro decidí ir a dar una vuelta para despejarme e intentar autoconvencerme de que esto de ser gafe no tiene razón de ser, bueno pues fui allí, me compré un par de libros y el chico todo amable me regaló dos rosas muy monas. Mi gozo en un pozo, se me murieron al poco rato.

Unas semanas después, mi iPhone se volvió loco, el menú no funcionaba y no reconocía el cable, así que si decidía abrir una aplicación luego no la podía cerrar, y en el momento en el que se acabara la batería, agur iPhone. Total, voy a Movistar y la tipa me dice que busque la garantía, y que si no “pues a ver lo que sale el arreglo” (porque SOLO lo arreglan en APPLE, me dice la cachonda de ella con recochineo) y yo, “ya, ya lo sé”. La otra opción, pienso, podría ser intentar cambiármelo por el 4G, ya que estoy.

Pregunto a la tía sobre qué posibilidades habría de comprarme el nuevo a un precio razonable, y me dice intentando despacharme rápido, “bufff eso te va a salir muy caro, a ver esperaaa, ni con los puntos que tienes ehhh(la verdad es que no tenía muchos pero bueno). Te saldría con lo básico a unos 400 y pico euros”. Cojonudo, pues menos mal que con lo básico. En fin, y encima me lo dice mientras me mira y niega con la cabeza como pensando, “es imposible que ésta con esa cara de cría que tiene pueda pagar esa cantidad de dinero”. (Pues sí señora, estuve a punto de decirle, lo tenía, pero no me pienso gastar ese dineral en un móvil ni de coña, antes me cambio de compañía, amos hombre).

Y yo  pensando “¿¿¿¿Qué???? Ni en pedo (que dirían los argentinos)”. Al final lo llevé al sitio donde lo había comprado y allí probé suerte con lo del temido arreglo. ¿Y dónde estaba la factura para lo de la garantía? Ahhh, pues ni idea, suerte que guardé la caja original y gracias al número de serie la dependienta (esta vez si era maja) pudo hacer el apaño. “¿Y cuanto durará el arreglo aprox?”, le pregunté. “Tres semanicas o así”, dijo. El “o así” no me hizo mucha gracia, pero bueno.

En fin, cuando parecía que ya no podía pasar nada más, mi hermano terminó ingresado tres días en el hospital por una taquicardia (al final sólo un susto). Ahí me acordé de que yo de pequeña tuve soplo en el corazón y empecé a somatizar, “¿y si me da un jamacuco o tengo algo?”. Nah, la preocupación me duró hasta que me comí un buen trozo de chocolate (del dulce y empalagoso, malpensados). Total, si me voy a morir igual, tal y como estamos lo mismo me cae una maceta en la cabeza. Pero bueno, sigamos con lo que estábamos, por si esto fuera poco hoy acabo de hacerle un rayón del tamaño de Rusia a la puerta trasera de mi coche. Genial, oye, lo que me faltaba para completar mi mal fario.

Ayss, como mi gafe siga mucho tiempo más no sé qué voy a hacer, de verdad, me siento como si no pudiera acercarme a ningún sitio, porque por una cosa o por otra, siempre acaba pasando algo. Y lo más gracioso de todo ¿sabéis qué es? Pues que estos días me ha dado por ponerme a pensar en cosas que me gustaría hacer antes de morirme (que espero que quede mucho para eso), y una de ellas (no sé porqué, llamadme loca) es tirarme en paracaídas. Ja, pues como tenga la misma suerte que estando en tierra voy lista.

Just the way you are

Todos tenemos días en que no nos levantaríamos de la cama, pero por alguna extraña razón de la vida seguimos haciéndolo a pesar de todo. Supongo que en el fondo todos pensamos que las cosas mejorarán, que pueden mejorar o que nosotros podemos hacer que mejoren, y no perdemos la esperanza. Como me dijo hace un tiempo Juan José Millás en una entrevista, la vida tiene sentido porque somos unos frustrados, si todo lo que queremos y deseamos se cumpliera ya no serviría de nada pelear por las cosas y las personas. Supongo que así es más divertido, y que cuando uno consigue algo por lo que se ha esforzado mucho tiempo luego sabe mejor y se disfruta mucho más.

También una vez una amiga me dijo que en realidad la vida no es tan difícil como nosotros la pintamos, que somos nosotros los que en realidad la complicamos. Supongo que tiene razón. La mitad de las cosas que nos pasan tienen una solución fácil, pero parece que nos gusta más coger el camino largo. Yo, la verdad tengo un ánimo más bien cíclico, pero incluso cuando tengo esos días en los que parece que todo va mal procuro buscar algo que me haga sentir mejor, que me conforte. Y por eso agradezco esos días en los que a pesar de no haber dado una, algo o alguien consigue durante una milésima de segundo sacarme una sonrisa. No sé, imagino que ese gesto me hace sentir que a pesar de todo levantarme ha merecido la pena.

Cómicos

Siempre me han dado envidia los cómicos, los monologuistas, toda esa gente que vive de hacer reir a los demás, de, en definitiva, tratar de hacer sentir mejor a la gente. Me parece que tienen mucho mérito ya sólo con el hecho de intentarlo, pero que encima sean capaces de hacerlo a diario es ya un reto increíble. Teniendo en cuenta que yo soy la primera que siempre estoy haciendo el payaso, reconozco que no todos los días una tiene ganas de hacer el chorra, y otros muchos los que no están por la labor de escuchar las bromas son los demás.

Por eso, en parte también los entiendo cuando a cualquiera de ellos les preguntan si siempre son así de graciosos y ellos responden que no, que no se pasan el día haciendo gracietas, y a la gente le extraña e incluso piensan que en realidad son bordes. Claro que no lo son, pero también tienen sus momentos, como todos. Asi que sí, para mí tienen mucho mérito haciendo que la gente se sienta un poco mejor cada día a pesar de todo.

Una vez oí decir, no recuerdo a quien, que hacer reir a la gente es lo más complicado que hay, pero que no es tan difícil crear buen rollo, que todo empieza por el simple acto de sonreir y ser amable con los demás cuando te levantas, cuando vas al trabajo, cuando haces la compra, o cuando te cruzas con la gente. Y yo, por experiencia propia, he comprobado que en general la mayoría lo agradece, aunque siempre haya excepciones como es lógico.

Al final todo es cuestión de querer, por muy mal que a uno le haya ido el día los demás no tienen la culpa de eso, y si a pesar de todo eres capaz de sacarles una sonrisa puede que, tal vez, ellos después sean los que te la saquen a ti. Creo que ser un poco amables no cuesta nada, los problemas no van a desaparecer por que la tomemos con otro, y reirse hasta de los fallos es muy bueno. Es cuestión de intentarlo, de alegrarse por los logros de los demás y de ser un poco positivo pensando que las cosas mejorarán, por que al final todo es cíclico. Ya lo dicen los estudios, reirse alarga la vida hasta 4 años y reduce las posibilidades de infarto en un 40%. Todo son ventajas.

P.D. Reirse no está mal visto, no está prohibido ni es pecado. Lo digo por que a veces parece que a algunos les sigue dando apuro echarse unas buenas risas.

Refranes

Esta época del año siempre, no sé porqué, me hace recordar cosas del pasado. Concretamente antiguas costumbres que solía tener mi abuela, una mujer que murió con ochenta y pico años, y que durante toda su vida fue una persona muy sabia. Yo la conocí bastante poco, por las circunstancias y por la edad (yo era demasiado pequeña), me hubiera gustado haberla podido disfrutar más.

No obstante, de ella aprendí muchas cosas,  a nivel material fue la primera en enseñarme a tejer lana, me encantaba verla coser, tenía unas manos prodigiosas con las que hacía virguerías, y mi madre también se parece a ella en eso. También aprendí de ella a valerme por mí misma, a no depender nunca de nadie y a ser muy cabezona con las cosas. Recuerdo cómo siempre me animaba, siendo una cría, a aprender a atarme sola los cordones, a no llorar y levantarme cuando me caía, y a no tenerle tanto miedo a todo, a ser más valiente. Fue también la primera, cuando apenas levantaba dos palmos del suelo, en fijarse en mis largos dedos y en asegurarme que me iban a servir para cosas importantes en el futuro (y tan importantes, como que son parte de mi trabajo y de mi vida). Fue tan lista que casi lo vio venir, siempre me solía decir que escribía muy bien, que tenía buena letra y esas cosas, cómo es la vida… Al final periodista, abuela.

En fin, pero si algo recuerdo a menudo de ella son los refranes, frases que usamos casi a diario y muchas veces sin darnos cuenta. Recuerdo que en el pueblo de la abuela, en León, había algunos refranes muy graciosos que solían ser típicos de allí, aunque ahora mismo no los recuerdo, pero los típicos del refranero popular me los sé al dedillo, porque la abuela era muy dada a decirlos en cualquier situación, y a mí, ya sabéis, como todo en la vida, me hacían gracia cuando se los oía decir. Mis padres también los suelen soltar a veces y a base de oirlos toda mi vida se me han ido quedando.

Refranes como, “A quien madruga Dios le ayuda”, “A falta de pan buenas son tortas”, “No veo tres en un burro”, “A quien buen árbol se arrima buena sombra le cobija”, “Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón”, “A todo cerdo le llega su San Martín”, “Año de nieves, año de bienes”… En fin, ese tipo de frases.

La cuestión es que hoy, pensando en ello, me ha venido a la mente que cuando yo era adolescente, y sé que en la época de mis hermanas también se daba, se solían reinterpretar los refranes al modo hormonal prepúber, ya me entendéis. Los típicos refranes de “Dime con quien andas y si está bueno me lo mandas”, “Ojos que no ven, tio bueno que te pierdes” o “Amor idiota, yo por ti y tu por otra”. En fin, un alarde de sabiduría en frases juveniles.

La cuestión es que a pesar de todo, esas variaciones me hacían gracia, porque estas demuestran que, a pesar del paso del tiempo y de los cambios semi-modernos de los refranes, estos siguen teniendo vigencia en nuestras vidas. A veces los decimos sin pensarlo, los tenemos tan asumidos como algo innato que no nos damos cuenta de que son parte de nuestra cultura, son frases que han pasado de generación en generación, y que a pesar de lo rimbombante que puedan sonar con el paso de los años, se siguen utilizando para poner palabras a situaciones a las que a veces no sabemos cómo calificar.

Un refrán siempre será la versión más resumida y certera de la vida real. Porque al final es de ahí de donde han surgido, de situaciones cotidianas que han dado lugar a frases simpáticas llenas de sentido. Y como la evolución sigue su curso y el siglo XXI no podía ser menos, Facebook se ha unido al carro del refranero. Tiene páginas del refranero popular, reinterpretaciones de diversos lugares del mundo, y sobre todo una página que me ha hecho mucha gracia (Todos los refanes pueden acabar con… Una patada en los cojones) y lo peor de todo es que es verdad, si lo pensáis detenidamente, todos serían coherentes (pongamos algunos ejemplos de arriba: “A quien madruga, patada en los cojones”, “A falta de pan, patada en los cojones”, “A quien buen árbol se arrima, patada en los cojones”, “Ladrón que roba a ladrón, patada en los cojones”, o “A todo cerdo, patada en los cojones”).

En fin. Qué cosas tiene el refranero popular.

Dejar claras las cosas

(Antes de nada, sí, yo también tengo mis días chungos, no siempre estoy haciendo el payaso las 24 horas del día, por si a alguien no le había quedado claro todavía)

Odio esta época del año. Odio las luces, lo de comer hasta reventar, lo de comprar regalos por compromiso, lo de tener que adornar la casa porque la época lo pide, lo de tener que ser feliz y sonreir obligatoriamente porque la época también lo pide. Odio esa especie de imposiciones no escritas de tener que gastarse dinerales en ropa para estar presentable en las fechas señaladas, y de tener que aparentar que todo va bien cuando nada va bien. Odio que la gente se piense que por ser buena persona una vez al año el resto de lo que han hecho queda compensado. Odio que gente con la que casi no tienes relación el resto del año, venga en estas fechas a desearte felicidad y buenos deseos (casi ni me conoces, ni nunca te has molestado en conocerme, ¿para qué cojones me deseas algo que no sientes?). Odio las reuniones forzadas porque siempre acaban en discusión. Odio que pase un año detrás de otro y todo siga igual. Y sobre todo, odio que no se cumpla ni uno solo de los malditos deseos que uno pide al terminar el año.

Lo siento tenía que desahogarme, pero en esta época del año me suele bajar mucho la moral, porque empiezo a pensar en lo que hice, en lo que no, y me doy cuenta de que estoy harta de muchas cosas y de que nunca hago nada para cambiarlas. Asi que esta vez lo pienso dejar aquí escrito, no sé si servirá de algo pero al menos me descargo.

Estoy harta de que me traten como si fuera estúpida, de que actúen como si yo no estuviera presente, de que hablen de mi como si no escuchara, y de que me juzguen o me usen según su conveniencia. Estoy harta de las personas que te hacen daño sabiendo que te lo están haciendo, y luego se escudan en que fue sin querer. Estoy cansada de que me usen como un pañuelo de lágrimas, o como la amiga consejera maja y payasa que siempre va a estar disponible para cualquier cosa. Y, sobre todo, estoy hasta las narices de que pase el tiempo y siempre se piensen que soy demasiado joven para todo. Cuando no tenía 16 porque no los tenía, cuando los tenía porque no tenía 18, cuando supere esa edad porque no tenía 21, y después de pasar esa barrera las cosas siguen igual. Igual de mal. Es un asco. Siempre teniendo que convencer al resto de que no soy retrasada por tener la cara que tengo. Ya vale, aburre, joder.

Mi vaso no suele estar ni a la mitad, pero todos tenemos un límite, y cuando ese día llegué, rebosará y mucho además. No me voy a cabrear porque no vale la pena, ahora, eso sí, el que a estas alturas del partido no se haya dado cuenta de cómo soy, o es muy tonto o no se quiere enterar de nada. Y me parece bien, pero el que avisa no es traidor, los trenes llegan una vez en la vida y no esperan eternamente. O lo tomas o lo dejas, pero no marees la perdiz.

Respecto a la Navidad, este año me prometo celebrar lo que tenga que celebrar, si es que tengo algo que celebrar, con quien sea oportuno. Y lo demás, chorradas. Ojalá que mi diminuta lista de cosas que celebrar aumente antes de final de año, aunque lo veo complicado.

Almas gemelas

¿Qué es el feeling? ¿Por qué con unas personas lo tenemos y con otras no? ¿Por qué hay gente con la que a los 30 segundos sientes como si os conociérais de toda la vida, y gente con la que a los 30 segundos sabes que no existe ninguna conexión? ¿Cual es la razón? No tengo ni idea. Lo único que sé es que hay que saber cuidar la relación con la gente con la que conectas al 200% por que pasa muy pocas veces. Por lo menos a mi me ha pasado con muy pocas personas, podría contarlas con los dedos de una mano, y aun así me sobrarían dedos.

Lo de la química es algo que nunca he entendido, pero cuando ocurre y te das cuenta de que con esa persona tienes un grado de confianza que no tienes con nadie o casi nadie, es cuando te sientes feliz. Te sientes feliz porque disfrutas cada momento que estás con esa persona. Da igual que sean dos minutos que dos horas, pasan igual de rápido, y en ambos casos estás deseando que os volváis a encontrar.

Dicen que el físico es lo que a todos nos llama de primeras, y lo que hace que estemos más receptivos hacia la otra persona (y no hablo sólo de chicos con chicas y viceversa, sino también cada vez que conocemos a alguien nuevo por primera vez). Y sí, no niego que lo primero que hacemos todos es fijarnos en aquellos que nos llaman la atención físicamente. Pero el feeling es otra cosa, va más allá de eso.

Y a cuento de este tema viene algo que descubrí ayer. Estaba leyendo el último libro de monólogos de Luis Piedrahita (si no habéis leído monólogos nunca os lo recomiendo, te echas unas buenas risas, aunque siempre es mejor ir a verlos actuar en persona) cuando me encontré con un párrafo, que en realidad no era una broma, sino una muy buena reflexión, a cuenta de un monólogo basado en los gofres. Dice así:

“Poca gente conoce la diferencia entre la belleza progresiva y la regresiva. La regresiva es esa belleza que tienen esos pivones, muy impactante al principio pero que, poco a poco se desvanece como las ganas de comerse un gofre. Y luego está la belleza progresiva, que es la que tienen esas personas que al principio no llaman la atención pero que, poco a poco, según las escuchas hablar, moverse, sonreír…te enamoran, te mantienen calentito y no quieres que se acaben nunca, como las castañas en invierno”.

Más claro, agua.

Invisibles

No sé si alguna vez habréis tenido esa sensación de estar en un sitio con mucha gente y, sin embargo, sentiros invisibles para los demás. Yo sí lo he vivido, muchas veces. Desde pequeña lo he sentido bastante, y aunque normalmente no le he dado ni le doy demasiada importancia, a veces sí que desearía ser otra persona distinta, física o psicológicamente, para conseguir que los demás me hagan un poco de caso.

Me explico. Soy la pequeña de cuatro hermanos y entre nosotros nos llevamos bastantes años de diferencia. Esto, para mí, en general nunca ha sido ningún problema, a efectos prácticos da igual la edad, estoy segura de que nos comportaríamos igual si nos lleváramos menos años. Pero sí que reconozco que de pequeña, esta diferencia de edad me supuso un problema para hacerme oir en las conversaciones. Era la chiquitaja (en todos los sentidos) y por tanto no contaba, o contaba más bien poco. Mis argumentos no se tomaban en cuenta, para qué, si no era consciente ¿no? Supongo que en este sentido no soy la única, que esta situación le habrá pasado a todos los hermanos pequeños del mundo mundial. Por eso, al final lo acepté y viví con ello.

Una vez que crecí, en el colegio las cosas no mejoraron. Yo era tímida, callada, y, en general, una estudiante decente, lo cual era un serio problema para mí en clase. No era problemática, no hablaba demasiado, era reservada, y, por tanto, invisible. Todavía recuerdo cómo llegué a escaquearme de hacer un trabajo en grupo con 11 o 12 años porque los días previos había faltado a clase, y al volver ni la propia profesora se acordó de que yo no estaba en ningún grupo. Como era muy callada y no hacía bulla ni se fijó. Y la verdad, qué queréis que os diga, aproveché la circunstancia. Ella tampoco me dijo nada, asi que aquí paz y después gloria. Tengo que admitir que eso de ser invisible me pasó mucho en mi época estudiantil. A veces esa circunstancia fue en mi favor, otras claramente en contra, pero bueno, esa es otra historia.

Luego, a medida que maduré me di cuenta de que, de hecho, la mayor parte del tiempo me gustaba ser invisible. Bueno, no ser invisible, más bien me gustaba no ser el centro de atención. Aun hoy sigo prefiriendo mirar las cosas desde atrás, no me gusta meterme en medio, a menos que sea algo que me apasione mucho, lo cual suele ocurrir pocas veces. Pero bueno, volviendo al hilo, aun así, seguí sintiendo de vez en cuando esa sensación de invisibilidad. Al tener la cara de jovencita que tengo, es lo que hay lo siento, siempre me ha costado mucho que me tomen en serio. Es como que la gente no se cree lo que digo y, claro, por mucho que no me guste ser el centro, que no me tomen en serio cuando digo algo me cabrea. Siempre me lo he tomado con filosofía, pero tengo que admitir que después de tantos años con la misma murga me empieza a cansar. Que todo el tiempo duden de tu criterio porque te ven cara de cría acaba por enervar a cualquiera.

Que sí que soy joven, según para quién claro. Que sí, que no aparento la edad que tengo. Que vale, que soy la pequeña en todos los sentidos. Pero todo eso no quita para que tenga derecho a opinar en un momento dado. Puede que mis opiniones no se basen en experiencias tan fundadas como las de otros, pero creo que valen lo mismo que las de los demás. Puede que a lo mejor se basen en otras experiencias no vividas antes por nadie, o vividas de otra forma. ¿Quién sabe cómo viven las cosas los demás? Quizá lo que para mí es de una forma para ti es de otra, por las circunstancias que te hayan tocado vivir, por el carácter que tengas, por cómo veas el vaso. En fin. Mierda, quiero que alguien me tome en serio de una puñetera vez. No quiero ser toda la vida la joven, la inexperta, la novata o la inocente. ¡Dios! Odio esa palabra. Ya vale con eso de “Ya verás ya, cuando crezcas”, o, “Buff, no sabes lo que te espera”, o, “Tranquila que ya te tocará”. Muy harta me tiene. Siento que me menosprecian por ser más joven. Por mi parte, juro jamás decirle eso a nadie menor que yo.

Es como cuando una persona se acerca a un crío pequeño y empieza a hacer chorradas delante de él, como si el niño fuera idiota. ¡Que es pequeño no tonto! Si a veces son hasta más listos que los adultos. Pero es lo que tiene no, ley de vida, los mayores siempre serán los mayores. Yo, no obstante, seguiré siendo invisible. Eso sí, cuando me toquen la moral, a partir de ahora diré “Ahí os quedáis, que no queréis escuchar pues no escuchéis. Vosotros os lo perdéis”.

“En tiempos donde nadie escucha a nadie
En tiempos donde todos contra todos
En tiempos egoístas y mezquinos
En tiempos donde siempre estamos solos
Habrá que declararse incompetente
En todas las materias de mercado
Habrá que declararse un inocente
O habrá que ser abyecto y desalmado”.