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Jugar a ser otro

Disfrazarse es divertido, y lo es para los pequeños de la casa y para los mayores también. Para los txikis es una forma de dar rienda suelta a su imaginación, de jugar metiéndose en el papel de otros seres, a veces reales y otras muchas fantásticos. Para los adultos disfrazarse es una forma de olvidar por un día lo que uno es, lo que tiene y lo que no, los problemas que le acechan y el mundo que le rodea. Por eso, desde mi punto de vista disfrazarse, al menos una vez al año, es, no sólo necesario, sino terapéutico. Ayuda a dejar fuera prejuicios y complejos, y a dejar a un lado los problemas o incluso a verlos de forma positiva. Para mí disfrazarse es necesario, porque los adultos, aunque algunos quieran negarlo, también necesitamos jugar.

Sí, los adultos jugamos, a otras cosas y en otros contextos, pero al final jugamos. Eso es lo que nos da vida, y es eso lo que nos hace ver las cosas de forma diferente. Todos tenemos un niño dentro que de vez en cuando sale al exterior. A veces lo vemos asomar en nuestra forma de actuar; otras veces, en nuestra forma de pensar; en ocasiones, en determinadas acciones puntuales; o, simplemente en el modo de afrontar la vida. Hay gente que es más propensa a dejar salir su niño interior, y hay otros que tratan de atarlo a base de bien. Pero todos lo tenemos, más o menos desarrollado, pero lo tenemos. Por eso, para mí es importante no perder aquello que una vez tuvimos de niños y que por el tiempo y las circunstancias hemos ido dejando a un lado, algunos más que otros. Y no me refiero tanto a la inocencia, ya perdida por las circunstancias que a cada uno le haya tocado sufrir, como a la ilusión, las ganas de vivir, de descubrir cosas, de ser felices con lo poco o mucho que tenemos, de no rendirse nunca, y de jugar sin descanso hasta conseguir lo que uno quiere o, en su defecto, hasta caer agotados.

Y por esas misma razón, creo que fiestas como Halloween (que yo nunca he celebrado, todo sea dicho de paso), Carnaval, o en nuestro caso Nochevieja deben ser celebradas. Y aquí no me paro en el objetivo comercial de las fiestas, que evidentemente lo tienen como cualquier otra fecha del año, sino más bien en lo que aportan a la gente estas “macro fiestas de disfraces”. Obviamente yo nunca he tenido la costumbre de disfrazarme en Halloween, es una costumbre típicamente americana que yo nunca he llegado a asumir (como supongo que la mayoría de mi edad y para arriba), pero todos, al menos en Pamplona, hemos sido siempre partícipes de nuestra particular fiesta de disfraces de Nochevieja, y el punto, al final, es el mismo. Divertirse sin pensar por un día lo bien o mal que vamos vestidos, sin planear cada paso que damos o cada cosa que hacemos, y sin cohibirnos por quedar mal delante de los demás. En el fondo, aunque parezca una contradicción, ir metidos en la piel de otro personaje nos ayuda a ser como realmente somos.

Y lo digo por propia experiencia, en su momento, hace ya unos cuantos años hice teatro, y obviamente eso incluía meterme en la piel, física y psicológica, de otros personajes completamente diferentes a mí. Eso me ayudó mucho. Me ayudó a ser más empática con los demás, a quitarme los complejos que pudiera tener, a ser más abierta, a tener menos miedo a lo que dijeran de mí los demás, y a actuar siguiendo mucho más mi instinto natural. Por eso digo que disfrazarse es terapéutico, y por eso, repito, jugar es sano y necesario. Eso sí, como adultos, cada uno decide cómo, cuando, de qué forma y en qué contexto decide jugar… No hay nada dicho y las reglas las ponemos nosotros, asi que que no se diga, sacad el niño que lleváis dentro y disfrutad de cada momento y de cada persona que se cruce en vuestro camino, porque la vida es corta y no se puede perder el tiempo.