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Dancing feels like electricity

Más de una vez me ha preguntado la gente que me conoce, sobre todo la que no ha estado nunca muy involucrada en actividades artísticas, por qué empecé a bailar, qué es lo que me atrajo de esa actividad. Y la respuesta la voy a dar basándome en una famosa frase que dijo una vez Billy Elliot, “dancing feels like electricity”. Electricidad, eso es exactamente lo que siento cuando me muevo al son de la música, es como si por un minuto todo y todos desaparecieran de la faz de la tierra, y no existiera nada más que yo. Esto me pasa tanto si bailo ante decenas de personas, como si lo hago en mi propia habitación yo sola con la música a tope un día cualquiera.

No obstante, la experiencia de un teatro va más allá de lo fácilmente descriptible. Antes de dar clases de baile hacía teatro, y la sensación que tenía cuando actuaba era muy similar. Pero como para alguien que no haya experimentado nunca lo que es subirse a un escenario es difícil que entienda lo que se siente ahí arriba, voy a tratar de explicarlo con mis palabras para ver si así queda un poco más claro. Cuando me subo a un escenario siento adrenalina, probablemente la misma que sienten otros al tirarse en paracaídas, surfear una ola gigante, subirse a una atracción terrorífica o escalar las montañas más altas o peligrosas, por poner varios ejemplos.

A menudo me ocurre que previo al espectáculo no suelo estar nerviosa, pero es durante el primer minuto, ese en el que pongo un pie en el escenario, cuando la electricidad empieza a inundar mi cuerpo. Es como una sensación de taquicardia, te empieza a latir el corazón muy deprisa, y tienes, por unos segundos, una sensación de vértigo en el estómago porque no quieres pifiarla, y al mismo tiempo ansiedad porque tienes ganas de hacerlo ya y ver la reacción de la gente.

Y de repente … una vez que estas ahí arriba, vestida, maquillada, se enciende la luz, la música y te dejas llevar, ya no puedes parar. Y sonríes, porque más allá de que te salga bien o mal, te estás divirtiendo, estás disfrutando el momento, y eso no se puede pagar ni con todo el oro del mundo.

Es curioso que precisamente me pase todo esto a mí, teniendo en cuenta que siempre fui la persona más tímida del mundo. Cuando era una niña me costaba un mundo hasta decir hola a alguien que no conocía. Y, sin embargo, el día que empecé a hacer teatro, algo cambió. Me di cuenta que ahí arriba era otra persona, y que me divertía no ser yo, poder experimentar con emociones, vestuarios, gestos, experiencias. Podía ser quien me diera la gana y decir lo que quisiera, lo que se conoce como “licencias poéticas” o teatrales en este caso, y me encantaba.

Con el baile fue distinto. Es cierto que me recuerdo desde niña bailando a todas horas por casa con la música de la radio, casettes, cd´s  o lo que fuera. Es más el primer movimiento que recuerdo haber aprendido cuando era una cría fue el “running man”. No levantaba dos palmos del suelo, y ahí estaba yo, tratando de emular a los grandes cantantes y bailarines de la tele, creyéndome Michael Jackson, sin saber siquiera lo que estaba haciendo.

No obstante, más allá de unas cortas clases de danzas vascas cuando tenía 7 años, nunca llegué a apuntarme a un estilo que verdaderamente me gustara, no sé por qué, hice otras cosas a lo largo de mi vida y nunca se dio. Hasta hace 5 años cuando empecé a dar clases de hip hop y contemporáneo (nunca es tarde si la dicha es buena). Sin embargo, desde cría siempre me he encontrado a mí misma siguiendo el ritmo hasta del hilo musical de los supermercados, daba igual el lugar, si había música mi cuerpo no podía parar. Aún hoy lo hago, a veces me encuentro bailando en sitios de lo más insospechados, alguna mirada rara me he ganado por eso, pero sinceramente, me da absolutamente igual. A mí me divierte, y eso es lo que cuenta.

En fin, que bailar, más allá de ser una de las pocas actividades deportivas con la que no hecho las tripas por la boca (lo siento, correr no es lo mío), me gusta precisamente por eso, porque me divierte. Nunca pretendí ser bailarina profesional, para mí no se trataba de eso, simplemente me gusta bailar porque me río, con los demás y de mi misma. Y ya sabéis lo que dice el dicho, el día peor aprovechado es aquel en que no te has reído.

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¡Viva San Fermín!

Hoy han dado comienzo en Pamplona las mejores fiestas del mundo, mis fiestas, las de mis paisanos, las de mis amigos y familia, la de niños y mayores, la de locales y extranjeros. Las más grandes fiestas del año, los Sanfermines. Y también hoy, tras un día de muchas experiencias, de disfrutar de almuerzo, txupinazo, fiesta, música, baile y un calor sofocante, por qué no decirlo, me he sentado un rato a escribir y he conseguido poner sobre un papel lo que para mí representan. Ahí va este humilde poema escrito en apenas un rato. Espero que os guste.

panuelos_rojos

Un instante

La vida se para un instante

Un instante que dura 9 días

La ciudad se vuelve importante

y las calles dejan de ser frías

——–

Amigos y desconocidos

comparten momenticos

charlan sin rencores,

rien y bailan sin cesar

El mundo se detiene unos raticos

y la gente olvida su pesar

——–

Blanco y rojo tiñen el asfalto

Camiseta y pantalones claros

faja y pañuelico vermellón

y alpargatas de esparto

——–

Tradiciones compartidas

vivencias nuevas cada vez

pero cada año vuelves a vivirlas

con la misma intensa sed

——–

Los niños corren emocionados

al ver la comparsa salir

los gigantes han llegado

“los kilikis van a ir a por ti”

y los zaldikos avispados

esperan agazapados

para hacerlos reir

——–

Los padres celebran los años

que todavía les quedan por vivir

y recuerdan con nostalgia

lo que era ser más joven y salir

——–

Los abuelos rememoran

grandes hazañas pasadas

y con la candidez de un niño

recuperan la inocencia olvidada

——–

Los jóvenes saltan, beben y bailan

brincan, corren y hacen locuras

y sin preocuparse por nada

celebran mientras cantan

que a pesar de etapas duras

sobreviven a la vida

y ganan la batalla

——–

Y no olvidemos a los foráneos

amigos de los toros y las selfies

la sangría, los cubatas y el verano

Muchos locos, siempre hermanos

desde Sidney hasta Memphis

disfrutan el mejor momento del año

——–

Cada 6 de julio el tiempo se detiene

y con fuegos que surcan el cielo

todos celebramos que ya viene

el objeto de nuestro anhelo

——–

La mejor fiesta del mundo

el mejor lugar del planeta

una experiencia de vida

que cambia a quien la siente

y que siempre hace mella

——–

Reencuentros y nuevos descubrimientos

alegría y celebración entre adoquines

un lugar lleno de sentimientos

eso son los Sanfermines

Cenizas en el aire

Digamos que la música no siempre fue lo que hoy es para mí. Mi vida ligada a ella comenzó hace ya tiempo pero de una forma más bien casual.

De cría nunca tuve la necesidad de escuchar música las 24 horas del día como me ocurre ahora, y el motivo es que entonces no tuve la oportunidad de escuchar la cantidad de música que escucho ahora.

No obstante, sí que tengo muchos recuerdos de pequeña ligados a la música, eso sí ninguno digno de alguien considerado “adicto” a ella desde siempre. Me explico. Yo no nací en una familia donde hubiera músicos, ninguno tocamos nunca un instrumento, y nuestra cultura musical se basaba en lo que veíamos por la tele o escuchábamos por ahí alguna vez.

Lo que sí teníamos en casa era una radio gigantesca, cuadrada, negra, de esas ochenteras, que me acompañó la mayor parte de mi infancia. Con ella solía grabar canciones de la radio y de un cassette a otro, como supongo hemos hecho la mayoría alguna vez. Los pocos cassettes que tenía de cría eran de Parchís, de cuentos, de villancicos, y luego los de mis padres, que eran de Pavarotti, Paloma San Basilio, Serrat, Luis Perales, Nino Bravo, ese tipo de cosas.

Esos cassettes los he llegado a escuchar tantas veces, que ahora me sé muchas de las canciones de algunos de estos cantantes de memoria. Pero que yo recuerde,  mi primer cassette elegido por mí con 7 años o así fue uno de Laura Pausini. No sé por qué fue aquel y no otro, no lo escogí por nada en particular, de hecho, en aquel entonces mi conocimiento musical sí que era nulo, pero como por algo había que empezar, pues escogí ese. Aquella minúscula cajita me hizo la misma ilusión que si me regalaran un cofre de oro, la misma ilusión que me hizo cuando por fin pude comprarme mi primer cd. Recuerdo que aquel cassette lo ponía todos los días, una y otra vez, hasta que me aprendí las letras de memoria. Por aquel entonces empecé a cantar a todas horas (mal cantar más bien, pero bueno), a bailar por casa, y a interesarme por la música. Después llegaron otras cintas con los típicos recopilatorios que alguien te pasaba. Como no tuve internet hasta bastante mayorcita, lo que hacía era escuchar las cintas e irme sacando las letras para poder aprendérmelas y cantarlas. Así me hice un buen repertorio.

Con el tiempo, en el colegio se habían puesto de moda los grupos juveniles. A mí, sin embargo, me gustaba otro tipo de música. Entonces no sabía decir cual, pero tenía una ligera idea. Lo supe un tiempo después gracias a que mi hermana, mayor que yo,  tenía una pequeña colección de cassettes que se había ido comprando, o que alguien le había ido grabando. Nítidamente recuerdo tres de aquellas cintas: una de Sabina, una de Take That, y otra de Los Rodríguez.

Ésta última fue la cinta que más me marcó. Siempre que escuchaba alguna canción de aquel grupo sentía que me identificaba con ellos, pero no sabía por qué. En aquella época las letras se me quedaban grabadas a medida que las escuchaba, pero yo no era consciente de ello, y al crecer, cuando ya tuve internet y empecé a escuchar más música descubrí que aquel grupo llamado Los Rodriguez había estado siempre ahí, en mi vida, que se me había quedado grabado sin darme cuenta.

Lo que ocurrió después de aquella etapa fue una evolución de mi cultura musical. Digamos que empecé a investigar. Me gustaba la música, pero no la pachanga de los bares. Con el tiempo fui descubriendo estilos, grupos, cantantes, y fui haciéndome una composición de lugar. Siempre soñé con saber tocar un instrumento, el que sea, para poder crear canciones. A falta de mi capacidad para ello, desvié mi creatividad escribiendo letras, que nunca llegaron a ningún sitio, porque no sabía ponerles música. Simplemente me parecían poesías.

Y bueno, el resto es historia. La música se ha ido convirtiendo en algo fundamental con el tiempo, hasta el punto de que vaya donde vaya, no importa la hora o el lugar, siempre llevo conmigo el ipod. Lo primero que hago al despertarme y lo último al irme a dormir es escuchar música, para empezar bien el día o para relajarme y desestrarme por la noche. Y ahora, en el momento en el que me encuentro, mi vida podría resumirse con un buen puñado de canciones. Hoy, que soy consciente de ello, me parece increíble, cómo, personas ajenas a mí, a mi vida, e incluso que viven en la otra punta del mundo, pueden hacer que me sienta identificada con lo que escriben y cantan.

Y si hiciera una lista de algunas de las letras que me han marcado mucho, definitivamente la primera ahora mismo sería ‘Cenizas en el aire’. Ayer tuve la oportunidad de ver a Ariel Rot en concierto, y todavía sigo pensando en el inmenso talento que tiene. Envidia sana me da. Ojalá por el mundo hubiera muchos más como él. Como él mismo dijo ayer,  a todos nos gustaría que alguien nos dedicara una canción así alguna vez.

Pequeñas reflexiones

“Tu canción es esa melodía que aparece para sacarte a flote, es tu esencia, los ojos con los que ves la historia de tu vida. Es esa canción que te recuerda quién eres. Tu canción es la que te salva y te despierta. La que siempre suena a pesar de todo, porque tu canción es la que tú mismo escribiste, desde lo más profundo de tu corazón”.

———–

“Si pudiéramos ver la magia de cada día. Los amaneceres y los atardeceres. El poder de la naturaleza. Si pudiéramos ser conscientes de la vida, que siempre se abre paso…Si fuéramos conscientes de nuestra capacidad única de emocionarnos, de reír y de llorar… Pasamos toda nuestra vida intentando encontrar el paraíso, sin darnos cuenta de que en realidad vivimos en él. Sólo hay que abrir los ojos, despertar y verlo.  Si pudiéramos entender que no hay que buscar, sino dar las gracias… Gracias por la vida, por la energía. Por la alegría, por el amor y por el dolor. Por los amigos, los de verdad, y por los hermanos, padres, madres e hijos. A pesar de todo, a pesar de los malos momentos gracias. Gracias por este paraíso en el que vivimos, y por el que merece la pena sacrificarse”.

Estas reflexiones me han hecho pensar mucho estos últimos días. La primera habla de música, y estoy completamente de acuerdo con el hecho de que cada uno de nosotros tenemos una canción que nos conforta. Una canción que habla de nosotros y que en los buenos y malos momentos siempre nos acompaña. Al menos yo así lo siento. Yo tengo la mía, o las mías, y me acompañan siempre allá donde voy.

Y la segunda reflexión habla de algo muy cierto, que la mayor parte del tiempo damos tanta importancia a las cosas materiales o de valor, y a los problemas en general, que al final nos obcecamos. En lugar de ver la parte positiva, aquello que hace que sigamos tirando para adelante cueste lo que cueste, miramos el lado negativo. En vez de ver el vaso medio lleno lo vemos medio vacío. Y creo que ahí reside el fallo. El problema va a seguir ahí, pero es más fácil encontrarle solución si el punto de partida es la calma, el buen humor y la paciencia, algo que hay gente que no conoce. Tampoco soy quién para decirlo porque a veces a mi también me pasa que el estres me agobia. Pero por intentar ser un poco más calmado no se pierde nada. Al contrario, se gana en calidad de vida.

Y sobre todo, lo que nos falta es aprender a valorar de verdad las cosas. Cada vez que veo a un indigente en la calle, a un borracho, a alguien que no tiene nada ni a nadie, me entristezco, pero doy gracias porque yo he sido afortunada. Porque dentro de lo que me podía haber tocado he tenido mucha suerte. Cada vez que veo esos países donde no tienen ni lo que para nosotros ya ni siquiera es un derecho sino algo que se da por hecho, me sorprendo al comprobar que aun así (no voy a decir que son felices porque no creo que lo sean cuando muchos se mueren de enfermedades o de hambre) pero sí que disfrutan al máximo, comparten lo poco que tienen con la gente que les rodea, sin importarles si eso les da o les quita un día de vida.

Simplemente viven, que es lo que a la mayoría de los primer mundistas nos falta entender. La vida es corta, sí, siempre lo digo, y por eso hay que aprovecharla. Observar, pararnos y mirar alrededor, dar gracias por lo que tenemos y no pasarnos el día lamentando lo que nos falta y nos gustaría conseguir. Debemos aprender a valorar a aquellos que tenemos junto a nosotros, ser conscientes de que algún día se pueden marchar de nuestra vida, por la razón que sea, y si teníamos algo pendiente eso se va a quedar ahí, en el limbo. O peor, atascado en el alma. Hay que ser consciente y cuidar a quienes nos acompañan, y si es necesario dar el paso y atrevernos a decirles lo que nunca les hemos dicho. ¿Quién sabe si mañana será demasiado tarde para vivir una aventura, cometer una pequeña o gran locura, o decirle a alguien lo que sientes? Como se dice en mi pueblo: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

Frank Sinatra

Ya dije una vez que soy un poco peculiar en cuanto gustos. Entre esos gustos cabe destacar uno muy especial: que uno de mis cantantes favoritos, desde hace ya bastante tiempo, es Frank Sinatra. Y digo que es una de mis rarezas porque al menos así lo siento. Aún no he conocido a nadie al que con 16 años ya le gustara como a mí, ni tampoco a nadie de mi edad que me haya hablado en ningún momento de Frank, ni que haya escuchado sus canciones más allá de haberlas oído en la radio, ni que tenga un disco recopilatorio con sus mejores canciones, como es mi caso.  Para mí fue, es y será siempre una de las mejores voces que he conocido hasta ahora. No por nada le decían La Voz.

Tengo que reconocer que yo lo conocí bastante tarde, y más bien a través de mis padres, de quienes también aprendí a escuchar y respetar a otros cantantes como Nino Bravo, Joan Manuel Serrat, Plácido Domingo o Luciano Pavarotti. Cada uno con su estilo, pero todos eran o son unos genios. No obstante, de todos, el que más me impresionó siempre fue Frank Sinatra, por su voz grave e inconfundible, por su estilo siempre elegante, y por sus geniales y famosas canciones, versionadas hasta la saciedad y conocidas por todos desde nuestra infancia. Admito que tengo una especial predilección por la música de Sinatra porque fue uno de los elementos que propiciaron que mis padres se conocieran en su momento.

Pero más allá de eso, las canciones de Frank siempre me han gustado porque con 16 años me hacían sentir que había vida más allá del pop cutre de la radio. Obviamente en mi vida he escuchado todo tipo de música, y es justo reconocer que en cada estilo existen buenos artistas y buenas canciones, pero también que hay mucha basura entremezclada. Y cuando de adolescente escuchaba la música discotequera chunga me ponía mala. Pero todo eso se me quitaba escuchando a mi gran amigo Frank.

Cuando cumplí 18 años tuve la suerte, en mi tercer viaje a Londres, de poder ir a ver un musical (suelo hacerlo cada vez que voy dado que Pamplona no es precisamente el súmum de la variedad teatral) llamado Rat Pack, basado en la figura de tres grandes artistas de la época, Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr. Me encantó, creo que ya no sigue en cartel pero si tenéis la suerte de toparos con él en algún lugar, id a verlo. Es muy bueno. A partir de ahí Frank me empezó a interesar cada vez más, y empecé a leer sobre él y a escuchar más sus canciones, y desde entonces nunca ha dejado de gustarme.

Mi canción favorita de Sinatra es y siempre será My Way. Para mí es un himno y un modelo a seguir. Si al final de mi vida soy capaz de asegurar que lo que dice la canción hace referencia a cómo he vivido mi vida, entonces sabré que he hecho lo correcto, que, como dice la canción, “lo hice a mi manera”. Y eso al final es lo que importa, que hagas lo que hagas, por importante o irrelevante que sea, lo hagas por que te apetece y por que tienes ganas de hacerlo. Y sobre todo, que nunca dejes de hacer o decir algo a alguien por el miedo de lo que podría llegar a pasar. Es preferible hacerlo y ver qué pasa, a quedarse callado y arrepentirse toda la vida de no haberlo hecho.

Músicos

La música y a los músicos es algo que siempre he respetado mucho. En mi vida jamás he estudiado solfeo más allá de las cuatro notas que nos enseñaban a todos en el colegio, y nunca supe como tocar una guitarra a pesar de tener una en casa. Es más, el único instrumento que realmente se tocar lo suficientemente bien como para crear una melodía coherente es la flauta. Sí, esa estándar que vendían en las librerías (algo que nunca he entendido) que era amarilla y que venía en una bolsa verde con una esponja para limpiar las babas. Con ella aprendí a tocar canciones fáciles y caseras que nunca llegué a utilizar más que para mi entretenimiento personal, pero ahora, bastantes años después de aquello me arrepiento de no haber hecho como cientos de niños que por aquel entonces acudían a alguna academia de música a aprender trikitixa, batería o violín.

Y es que siempre he tenido una predilección especial por dos intrumentos, el piano y la armónica.  Respecto al piano siempre me ha gustado tanto que, de hecho, cada vez que veo un teclado bueno o un piano de cola en alguna tienda me corroe la envidia hacia aquellos que son capaces de sacar melodías chulas de instrumentos como esos. Pero como ya he dicho por ahí en alguna ocasión soy muy perseverante y como siempre había querido tener un piano no me rendí hasta que lo conseguí hará cosa de un año. Bueno, en realidad es más bien un teclado básico y algo cutre, pero suena lo suficiente como para poder crear algo más o menos decente, si supiera como hacerlo. Porque esa es la cosa, mi conocimiento musical es casi nulo, recuerdo las notas y cómo se tocaban en la flauta, y he aprendido incluso a leerlas en un piano, pero a duras penas me acuerdo de cómo se leía un pentagrama, cosa que me dificulta bastante la tarea. Cuando empiezo a ver corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas se me nubla la vista y tengo pesadillas recordando a mi profesor de música. No obstante, como soy testaruda he buscado y rebuscado formas sencillas de aprender a tocar canciones básicas, y lo he conseguido, eso sí he aprendido a tocar melodías que son más viejas que las canicas, como Oh Susana, Cielito Lindo, Las Mañanitas, La cucaracha y poco más. La cosa es que de momento ahí me he quedado, como no tengo mucho tiempo y el teclado que tengo suena más a una lata de sardinas que a otra cosa pues se me han ido quitando un poco las ganas. Y aunque aun sigo esperando encontrar un método que me ayude a aprender algo más, a estas alturas lo veo crudo.  A pesar de todo no pierdo las esperanzas.

En cuanto a la armónica, bueno eso es otra historia. No es precisamente el instrumento más común del mundo por estas tierras, pero desde que me regalaron una de juguete cuando era pequeña me obsesioné con el sonido de esa pequeña maquinita. Me encantaba. Era un sonido que me relajaba y que me sigue relajando. Me recordaba a las antiguas pelis del oeste que mi padre solía ver cien millones de veces en la tele. Y con el tiempo fui descubriendo que quizá ese podía llegar a ser mi instrumento musical. Nunca tuve la oportunidad de conseguir una decente hasta hace poco, es barata pero suena bien y por lo menos no te deja los labios como morcillas, como hacía la cutre que tenía de cría. Así y todo, ahora estoy en proceso de aprender a tocarla. Por ahora, es mi amuleto de la suerte y la llevo siempre conmigo vaya donde vaya.

Con todo esto lo que quiero de decir es que yo, al escuchar una canción, la admiro no porque técnicamente esté bien interpretada, probablemente el o los músicos pueden haber desafinado o metido la pata y yo no haberme dado cuenta, sino porque esa canción de alguna forma ha provocado algo en mí, alegría, tristeza, lo que sea. Por eso trato de evitar juzgar un estilo de música u otro antes de tiempo. A parte de que tiene que haber para todos los gustos, mi forma de ver una canción puede depender no sólo de la letra o el sonido sino de mi estado de ánimo personal. Y por esa razón, lo mismo un día me apetece escuchar rock, otro salsa, otro una balada, otro pop.  En general, me gusta casi toda la música y nunca descarto ningún grupo o cantante antes de haber oido al menos algunas canciones suyas. A veces, de hecho, el estilo general de un grupo por ejemplo no me gusta pero tienen una o dos canciones que me encantan. Así es como he descubierto muchos grupos nuevos en los últimos años que me han sorprendido gratamente.  Es lo mínimo, porque hacer música cuesta y si es buena mucho más. Y sobre todo porque desde el acordeonista de la esquina que toca rancheras hasta la mayor estrella del rock mundial merecen un respeto, independientemente su estilo musical y de que te caiga mejor o peor el cantante, aunque solo por el hecho de que hacen que nuestra vida sea un poco menos aburrida.