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Dancing feels like electricity

Más de una vez me ha preguntado la gente que me conoce, sobre todo la que no ha estado nunca muy involucrada en actividades artísticas, por qué empecé a bailar, qué es lo que me atrajo de esa actividad. Y la respuesta la voy a dar basándome en una famosa frase que dijo una vez Billy Elliot, “dancing feels like electricity”. Electricidad, eso es exactamente lo que siento cuando me muevo al son de la música, es como si por un minuto todo y todos desaparecieran de la faz de la tierra, y no existiera nada más que yo. Esto me pasa tanto si bailo ante decenas de personas, como si lo hago en mi propia habitación yo sola con la música a tope un día cualquiera.

No obstante, la experiencia de un teatro va más allá de lo fácilmente descriptible. Antes de dar clases de baile hacía teatro, y la sensación que tenía cuando actuaba era muy similar. Pero como para alguien que no haya experimentado nunca lo que es subirse a un escenario es difícil que entienda lo que se siente ahí arriba, voy a tratar de explicarlo con mis palabras para ver si así queda un poco más claro. Cuando me subo a un escenario siento adrenalina, probablemente la misma que sienten otros al tirarse en paracaídas, surfear una ola gigante, subirse a una atracción terrorífica o escalar las montañas más altas o peligrosas, por poner varios ejemplos.

A menudo me ocurre que previo al espectáculo no suelo estar nerviosa, pero es durante el primer minuto, ese en el que pongo un pie en el escenario, cuando la electricidad empieza a inundar mi cuerpo. Es como una sensación de taquicardia, te empieza a latir el corazón muy deprisa, y tienes, por unos segundos, una sensación de vértigo en el estómago porque no quieres pifiarla, y al mismo tiempo ansiedad porque tienes ganas de hacerlo ya y ver la reacción de la gente.

Y de repente … una vez que estas ahí arriba, vestida, maquillada, se enciende la luz, la música y te dejas llevar, ya no puedes parar. Y sonríes, porque más allá de que te salga bien o mal, te estás divirtiendo, estás disfrutando el momento, y eso no se puede pagar ni con todo el oro del mundo.

Es curioso que precisamente me pase todo esto a mí, teniendo en cuenta que siempre fui la persona más tímida del mundo. Cuando era una niña me costaba un mundo hasta decir hola a alguien que no conocía. Y, sin embargo, el día que empecé a hacer teatro, algo cambió. Me di cuenta que ahí arriba era otra persona, y que me divertía no ser yo, poder experimentar con emociones, vestuarios, gestos, experiencias. Podía ser quien me diera la gana y decir lo que quisiera, lo que se conoce como “licencias poéticas” o teatrales en este caso, y me encantaba.

Con el baile fue distinto. Es cierto que me recuerdo desde niña bailando a todas horas por casa con la música de la radio, casettes, cd´s  o lo que fuera. Es más el primer movimiento que recuerdo haber aprendido cuando era una cría fue el “running man”. No levantaba dos palmos del suelo, y ahí estaba yo, tratando de emular a los grandes cantantes y bailarines de la tele, creyéndome Michael Jackson, sin saber siquiera lo que estaba haciendo.

No obstante, más allá de unas cortas clases de danzas vascas cuando tenía 7 años, nunca llegué a apuntarme a un estilo que verdaderamente me gustara, no sé por qué, hice otras cosas a lo largo de mi vida y nunca se dio. Hasta hace 5 años cuando empecé a dar clases de hip hop y contemporáneo (nunca es tarde si la dicha es buena). Sin embargo, desde cría siempre me he encontrado a mí misma siguiendo el ritmo hasta del hilo musical de los supermercados, daba igual el lugar, si había música mi cuerpo no podía parar. Aún hoy lo hago, a veces me encuentro bailando en sitios de lo más insospechados, alguna mirada rara me he ganado por eso, pero sinceramente, me da absolutamente igual. A mí me divierte, y eso es lo que cuenta.

En fin, que bailar, más allá de ser una de las pocas actividades deportivas con la que no hecho las tripas por la boca (lo siento, correr no es lo mío), me gusta precisamente por eso, porque me divierte. Nunca pretendí ser bailarina profesional, para mí no se trataba de eso, simplemente me gusta bailar porque me río, con los demás y de mi misma. Y ya sabéis lo que dice el dicho, el día peor aprovechado es aquel en que no te has reído.

Del otro lado

Todos hemos conocido alguna vez en la vida personas que por una u otra razón en algún momento nos marcaron. Personas que dejaron huella y durante un período de tiempo fueron, quizá, una de las personas más importantes de nuestra vida. Pero después, por cosas del destino, dejamos de hablarnos.  Dejamos de vernos, dejamos de ser parte de las experiencias vitales del otro. Y de un día para otro la cosa cambió, y comenzamos a construir vidas en paralelo pero que nunca jamás se cruzaron de nuevo.

Aun así, porque vivimos en la era digital, hoy en día sigues sabiendo cosas de su vida y esa persona sigue sabiendo cosas de la tuya. Y te alegras por sus logros, y te entristeces a veces por no poder celebrarlos junto a ella, y tienes días que recuerdas momentos que compartísteis y que te hicieron feliz, y piensas, ¿qué pasó para acabar así? Nada.  A veces, simplemente no hay explicación.  Y después de ese lapsus de nostalgia, vuelves de nuevo a tu vida normal. Como si nada hubiera pasado, como si nunca os hubiérais conocido, y como si esa experiencia no te hubiera cambiado para siempre. Pero lo cierto es que lo hizo, y muy en el fondo lo sabes.    

A menudo no volvemos a ver más a esas personas, se van y no vuelven jamás, o existen en algún lugar pero no están presentes. Pero también ocurre a veces que, pasados unos años, de repente, en el lugar más inesperado, te reencuentras con quien creías olvidado. Y en la mayor parte de los casos te revuelve cosas, pero también te enseña que todo ha cambiado, que ya no sois los mismos, y que nada volverá a ser igual. Celebras sus éxitos y esa persona los tuyos, pero ya nada es lo mismo. Un día simplemente los caminos se separaron.

Aun así, esos encuentros inesperados te hacen preguntarte qué es lo que pasó, por qué uno de los mejores momentos de tu vida se convirtió en algo que ya apenas ni recuerdas. Y cómo acabásteis así. Y no lo sabes. Por que a veces simplemente dos personas están destinadas a no encontrarse. A veces están destinados a estar del otro lado.

Aun así, yo, personalmente, estoy convencida de que la gente que conocemos a lo largo de nuestra vida la conocemos por una razón. Hay gente de la que aprendes cosas tan básicas como ser buena persona, tener valores, ser generoso, solidario o tomarte la vida con humor. Hay gente que te enseña a cultivar la paciencia, otros a amar incondicionalmente, algunos a no odiar a pesar de tener ganas de hacerlo, unos te enseñan a caer hasta el fondo y después aprender a levantarte, otros te enseñan lo que es estar ahí cuando alguien te necesita. Cada persona es parte del aprendizaje y están ahí por una razón.

Hay una creencia tradicional asiática que me encanta llamada el Hilo Rojo del Destino, que dice que entre dos o más personas que están destinadas a tener un lazo afectivo existe un hilo rojo invisible, que viene con ellas desde su nacimiento y que las une para siempre, independientemente del momento de sus vidas en el que dichas personas vayan a conocerse. Ese hilo puede tensarse y doblarse, pero jamás puede romperse, porque es una muestra del vínculo que existe entre ellas.

Y, personalmente, creo que es cierto, de los 7 billones de personas que hay en el mundo, conocemos a unos cuantos seres humanos a lo largo de nuestra vida. Apenas un puñado de ellos, y, a veces, ocurre que la gente, por casualidad, se encuentra con alguien que jamás hubiera imaginado cruzarse. Por ejemplo, parejas cuyos miembros son uno de cada punta del mundo. O gente que termina conociendo personalmente a alguien a quien admiraba, o alguien que no tiene nada que ver con su clase social, su entorno, su país, su idioma, su raza, lo que sea. Y, sin embargo, sus caminos terminan encontrándose. Por alguna razón, llámala hilo rojo o destino, has conocido a ciertas personas, todas te han influido y te han modificado. Y todos ellos han hecho de ti lo que eres hoy. Te han configurado como ser humano. Así que, aunque no volvamos a ver a algunos de esos que una vez conocimos, los cambios que generaron en nosotros siempre perdurarán.

La felicidad viajera

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Hace unos días hablaba con una amiga de la idea abstracta de viajar. Estuvimos discutiendo sobre si preferíamos viajar en avión, en tren, en barco, en coche, en autobús, y teníamos nuestras diferencias al respecto. Pero en lo que las dos siempre coincidíamos es que para nosotras la mejor parte del viaje siempre es el trayecto. Es decir, si vas por ejemplo en coche, el viaje es lo que te ocurre entre punto A y punto B. La ruta, para que nos entendamos.

Para mí, como supongo que para mucha gente, viajar siempre ha tenido mucho que ver con conocer culturas, descubrir lugares nuevos y disfrutar de la compañía. Me encanta volar en avión, aunque embarcar y hacer check-ins sea un engorro a veces, y el tren también tiene su encanto. Tuve la oportunidad de viajar hace unos años de mochilera en este medio de transporte, y la experiencia, en contra de lo que pueda parecer, fue increíblemente cómoda y relajante. Algún día he de volverlo a hacer. Pero sin lugar a dudas, lo que más me gusta son los viajes en coche, porque son en esos donde ocurre de todo, risas, confidencias, paradas inesperadas, situaciones embarazosas, ideas geniales, en fin, cualquier tipo de locura. Y si compartes esas locuras con buena compañía, mejor que mejor.

Así que cuando mis dos mejores amigas me dijeron hace unas semanas que este año nos íbamos a Santander unos días, nada menos que a un festival de música y de paso a respirar aires playeros, no me pude contener de la emoción. Para empezar, el viaje fue una sorpresa que no esperaba, ambas decidieron regalarme el viaje por mi cumpleaños, y eso nunca lo voy a poder olvidar. Sólo por eso, el viaje ya ha sido triplemente especial para mí. Gracias de nuevo, ya sabéis quienes sois.

Después llegaron las vacaciones en sí mismas. No íbamos a un lugar paradisíaco, en realidad la ciudad a la que íbamos está al norte de España, y el tiempo tiende a ser inestable, asi que la mitad del viaje estuvimos rezando para que no nos lloviera, porque, entre otras cosas, íbamos a pasar la mitad del tiempo en conciertos al aire libre. Afortunadamente los dioses nos fueron favorables y el indeseado diluvio no llego a pasar de un leve txirimiri.

Aun así, disfrutamos el viaje como nunca, caminamos y paseamos, comimos, bailamos y, sobre todo, nos reímos como hacía mucho que no me reía. Y el último día, poco antes de volver, haciendo recolección de todo lo que habíamos vivido, mutuamente nos reconocimos que los mejores momentos de todo el viaje habían sido los más inesperados. Los más tontos, ridículos, chorras, pero, en definitiva, los que luego, mirando para atrás, recuerdas con especial cariño y sigues sonriendo como una boba cada vez que piensas en ellos.

Por eso, quería dedicarles este post a mis amigas, por ser de lo que no hay, por hacerme reir hasta llorar, por aguantarme con la camarita todo el día de arriba a abajo, por acompañarme haciendo el tonto en público a todas horas, por seguir disfrutando de las pequeñas cosas con la inocencia de un niño, y porque en el futuro siga habiendo muchos más viajes como este.

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Blanco y rojo

En Pamplona existe, desde tiempos inmemoriales, un acuerdo tácito entre todos respecto a la ropa de Sanfermines, y es que nunca verás durante el resto del año a ningún vecino de la ciudad utilizando blanco y rojo juntos jamás.

Es curioso cuando te paras a pensarlo, es más, muchos pamploneses, y yo me incluyo, nos da por hacer un gesto raro cuando vemos a alguien cualquier otro día del año combinando un jersey rojo y un pantalón blanco, o a la inversa. Es como si fuera casi un sacrilegio. Ni siquiera utilizar ropa blanca en verano, como se hace en muchos otros lugares del país, es muy común por estos lares.

Y es que en Pamplona, esos dos colores quedan reservados para las fiestas. El ritual de preparar la ropa cada año, de ver las casas inundadas de cosas blancas y rojas por todas partes, es la prueba y el anuncio de que ya está llegando San Fermín.

Cada año, tras las fiestas, llenamos al menos un bolsón enorme de ropa blanca, fajas, pañuelos, blusones, etc, que luego normalmente guardamos en áticos, sótanos, bajeras o lo que cada uno tenga adaptado como almacén de trastos. Y cuando en unos meses vuelven a acercarse los Sanfermines, volvemos a bajarlo todo y a empezar con el ritual de probarte la ropa, ver qué te sigue entrando y qué no (que a veces es la mayoría) y luego toca viajecito a las tiendas para reponer lo que falte.

Hay algunas cosas por las que podrás identificar quién es de aquí y quien es de fuera. El pamplonés normalmente trata de vestir de blanco y rojo clásico, con faja y pañuelico rojos (este último a menudo mirando para adelante, y con un escudo que sea o bien de Pamplona, o de San Fermín, o como mucho del pueblo al que perteneces). Si ves a alguien con un pañuelo de otro color, esos suelen ser también de aquí y pertenecen a las peñas (los pañuelicos de kukuxumusu y las demás varientes extrañas creadas a posteriori son inventos para extranjeros). Además, algunos pamplonicas todavía usan alpargatas (no es mi caso ni el de mucha gente, pero hay quienes sí las llevan). Y por supuesto, reconocerás a los vecinos porque muchos llevan blusones de colores, que representan, en la mayoría de los casos, la peña a la que pertenecen.

A un extranjero es bastante más fácil de distinguir. Si son rubios, altos y hablan inglés cabe la gran posibilidad de que sean australianos o británicos. Si utilizan chanclas para caminar por calles asquerosas y llenas de cristales de botellas, que luego les harán cortes que los mandarán a urgencias, esos seguro que son guiris. Si están rojos como tomates desde las 9 de la mañana del día 6, por beberse hasta el agua de los floreros y llevar siempre una bota de vino colgando al cuello, esos también son de fuera. Si visten con camisetas con el famoso Mr. Testis de Kukuxumusu de protagonista, o con mensajes que rezan cosas como “Running of the bulls”, o frases idiotas en inglés para intentar ligar con las tias… o tios quien sabe, esos no son de aquí. Pero sobre todo los reconocerás por hacer las cosas que la mayoría de la gente de aquí jamás ha hecho, ni hace ni hará nunca como enseñar las tetas a toda la población en la plaza del Ayuntamiento el día 6 antes del txupinazo, correr delante de los toros, saltar desde la fuente de Navarrería como un subnormal o caminar por el borde de las murallas todo borracho a ver si se cae y se abre la crisma.

No obstante, a pesar del romanticismo que pueda tener vestir todos igual durante 9 días, sin tener que pensar qué ponerte, sin fijarte mucho en manchas, rotos y cualquier otro desperfecto en la ropa, y sin importar de qué clase social eres porque vestidos así somos, por una vez, todos iguales, a veces, incluso para nosotros los pamplonicas, se hace pesado.

Por lo menos yo siempre termino cansándome de llevar esta ropa, y, al final acabo siempre poniéndome unos vaqueros o cualquier otra cosa normal. Es una mezcla de sentirte parte de la ciudad que te vio nacer y crecer, y al mismo tiempo, ganas de poder vestirte como te de la gana y ser tú mismo otra vez.

Otra cosa que suele pasar muy a menudo entre los pamplonicas es que cuando te vas de viaje a cualquier lugar del mundo, sabiendo que no vas a pasar las fiestas en casa, como norma, siempre te llevas mínimo un pañuelico rojo para sentirte más cerca del hogar. Es gracioso, pero al mismo tiempo, si lo piensas bien, es algo que nos une a todos allí donde estemos.

Por eso este post se lo quiero dedicar a toda esa gente que a pesar de estar lejos, lo sigue viviendo con la misma intensidad que si estuviera aquí, y porque, a pesar de las circunstancias, nosotros y ellos, los de aquí y los de allá, nos sentimos siempre juntos en la distancia.

¡Viva San Fermín!

Hoy han dado comienzo en Pamplona las mejores fiestas del mundo, mis fiestas, las de mis paisanos, las de mis amigos y familia, la de niños y mayores, la de locales y extranjeros. Las más grandes fiestas del año, los Sanfermines. Y también hoy, tras un día de muchas experiencias, de disfrutar de almuerzo, txupinazo, fiesta, música, baile y un calor sofocante, por qué no decirlo, me he sentado un rato a escribir y he conseguido poner sobre un papel lo que para mí representan. Ahí va este humilde poema escrito en apenas un rato. Espero que os guste.

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Un instante

La vida se para un instante

Un instante que dura 9 días

La ciudad se vuelve importante

y las calles dejan de ser frías

——–

Amigos y desconocidos

comparten momenticos

charlan sin rencores,

rien y bailan sin cesar

El mundo se detiene unos raticos

y la gente olvida su pesar

——–

Blanco y rojo tiñen el asfalto

Camiseta y pantalones claros

faja y pañuelico vermellón

y alpargatas de esparto

——–

Tradiciones compartidas

vivencias nuevas cada vez

pero cada año vuelves a vivirlas

con la misma intensa sed

——–

Los niños corren emocionados

al ver la comparsa salir

los gigantes han llegado

“los kilikis van a ir a por ti”

y los zaldikos avispados

esperan agazapados

para hacerlos reir

——–

Los padres celebran los años

que todavía les quedan por vivir

y recuerdan con nostalgia

lo que era ser más joven y salir

——–

Los abuelos rememoran

grandes hazañas pasadas

y con la candidez de un niño

recuperan la inocencia olvidada

——–

Los jóvenes saltan, beben y bailan

brincan, corren y hacen locuras

y sin preocuparse por nada

celebran mientras cantan

que a pesar de etapas duras

sobreviven a la vida

y ganan la batalla

——–

Y no olvidemos a los foráneos

amigos de los toros y las selfies

la sangría, los cubatas y el verano

Muchos locos, siempre hermanos

desde Sidney hasta Memphis

disfrutan el mejor momento del año

——–

Cada 6 de julio el tiempo se detiene

y con fuegos que surcan el cielo

todos celebramos que ya viene

el objeto de nuestro anhelo

——–

La mejor fiesta del mundo

el mejor lugar del planeta

una experiencia de vida

que cambia a quien la siente

y que siempre hace mella

——–

Reencuentros y nuevos descubrimientos

alegría y celebración entre adoquines

un lugar lleno de sentimientos

eso son los Sanfermines

Nostalgia

Hace 4 años que dejé de escribir en este blog. No por elección, había perdido la contraseña y usuario, y no tenía forma de recuperarlos. Siempre me dio pena despedirme así de este lugar, porque aquí escribí durante dos años de mi vida, pero después pasó el tiempo, lo fui olvidando, abrí otros blogs y como todas las cosas en la vida lo dejé de lado.

Hace un año o así recordé este sitio, lo busqué y vi que seguía activo, intenté de nuevo en varias ocasiones acceder a él sin éxito. Hasta  que hace dos días, por una casualidad de la vida, recordé los datos que había olvidado. Y en lugar de cerrar el blog, decidí reabrirlo, por nostalgia, pero también porque este sitio me trae muy buenos recuerdos.

Muchas cosas han pasado desde la última vez que escribí. La vida en general no ha sido especialmente generosa conmigo. Han pasado cosas buenas y cosas muy buenas, por supuesto. Pero también ha habido decepciones, trabajos temporales (muchos), temporadas en el paro (otros tantos), familiares que han fallecido, otros que se han hecho mayores, y, en general, la vida ha seguido su curso, pero la mayor parte del tiempo sin orden ni concierto. Además también ha habido opiniones y perspectivas que han cambiado con la madurez que te da la vida.

Hoy, la vida sigue sin ser fácil, nunca lo fue, pero sigo creyendo, a pesar de las circunstancias, que todo tiene una razón de ser. Tenemos que aprender, caernos, levantarnos, saber lo que es la felicidad, el disfrute pleno, y también el dolor, la pena o la frustración. De esta última sé bastante más de lo que debería, pero ese conocimiento me da más ganas de buscar el polo opuesto de la vida, la alegría, el orgullo y la autoestima. Cosas de las que a veces carezco demasiado.

No sé si soy más sabia, porque siempre he pensado que nunca en la vida dejamos de aprender cosas. Cuando somos pequeños aprendemos de los mayores y cuando somos mayores de los pequeños. Así funciona el mundo, un mundo caótico, con tantas opiniones como hombres viven sobre él. Un planeta un poco convulso en los últimos tiempos, donde todos tenemos razón y donde escuchamos poco lo que dicen los demás. Un lugar en el universo con mucha gente pasándolo mal, pero también, y de verdad que así lo creo, con esperanza por delante, con vistas a un futuro, incierto, sí, pero que abarca una inmensidad de posibilidades.

No tengo miedo. A veces sí, pero no en este caso, no tengo miedo de lo que vendrá, porque sea lo que sea aún no ha llegado. Lo importante es vivir el presente, saber que lo que ocurre hoy es lo más valioso que tenemos. Y por eso, me niego a ser pesimista. Incluso en los peores momentos algo siempre me ha hecho resurgir, a veces, ese algo ha llegado a duras penas, pero lo ha hecho, y eso, para mí, es más que suficiente.

Con lo bueno y con lo malo, las experiencias que te da la vida son inigualables. Y eso, tiene un valor incalculable.

Os invito a que sigáis ojeando el blog si os parece interesante. Divertíos y seguid sonriendo a la vida.

Cenizas en el aire

Digamos que la música no siempre fue lo que hoy es para mí. Mi vida ligada a ella comenzó hace ya tiempo pero de una forma más bien casual.

De cría nunca tuve la necesidad de escuchar música las 24 horas del día como me ocurre ahora, y el motivo es que entonces no tuve la oportunidad de escuchar la cantidad de música que escucho ahora.

No obstante, sí que tengo muchos recuerdos de pequeña ligados a la música, eso sí ninguno digno de alguien considerado “adicto” a ella desde siempre. Me explico. Yo no nací en una familia donde hubiera músicos, ninguno tocamos nunca un instrumento, y nuestra cultura musical se basaba en lo que veíamos por la tele o escuchábamos por ahí alguna vez.

Lo que sí teníamos en casa era una radio gigantesca, cuadrada, negra, de esas ochenteras, que me acompañó la mayor parte de mi infancia. Con ella solía grabar canciones de la radio y de un cassette a otro, como supongo hemos hecho la mayoría alguna vez. Los pocos cassettes que tenía de cría eran de Parchís, de cuentos, de villancicos, y luego los de mis padres, que eran de Pavarotti, Paloma San Basilio, Serrat, Luis Perales, Nino Bravo, ese tipo de cosas.

Esos cassettes los he llegado a escuchar tantas veces, que ahora me sé muchas de las canciones de algunos de estos cantantes de memoria. Pero que yo recuerde,  mi primer cassette elegido por mí con 7 años o así fue uno de Laura Pausini. No sé por qué fue aquel y no otro, no lo escogí por nada en particular, de hecho, en aquel entonces mi conocimiento musical sí que era nulo, pero como por algo había que empezar, pues escogí ese. Aquella minúscula cajita me hizo la misma ilusión que si me regalaran un cofre de oro, la misma ilusión que me hizo cuando por fin pude comprarme mi primer cd. Recuerdo que aquel cassette lo ponía todos los días, una y otra vez, hasta que me aprendí las letras de memoria. Por aquel entonces empecé a cantar a todas horas (mal cantar más bien, pero bueno), a bailar por casa, y a interesarme por la música. Después llegaron otras cintas con los típicos recopilatorios que alguien te pasaba. Como no tuve internet hasta bastante mayorcita, lo que hacía era escuchar las cintas e irme sacando las letras para poder aprendérmelas y cantarlas. Así me hice un buen repertorio.

Con el tiempo, en el colegio se habían puesto de moda los grupos juveniles. A mí, sin embargo, me gustaba otro tipo de música. Entonces no sabía decir cual, pero tenía una ligera idea. Lo supe un tiempo después gracias a que mi hermana, mayor que yo,  tenía una pequeña colección de cassettes que se había ido comprando, o que alguien le había ido grabando. Nítidamente recuerdo tres de aquellas cintas: una de Sabina, una de Take That, y otra de Los Rodríguez.

Ésta última fue la cinta que más me marcó. Siempre que escuchaba alguna canción de aquel grupo sentía que me identificaba con ellos, pero no sabía por qué. En aquella época las letras se me quedaban grabadas a medida que las escuchaba, pero yo no era consciente de ello, y al crecer, cuando ya tuve internet y empecé a escuchar más música descubrí que aquel grupo llamado Los Rodriguez había estado siempre ahí, en mi vida, que se me había quedado grabado sin darme cuenta.

Lo que ocurrió después de aquella etapa fue una evolución de mi cultura musical. Digamos que empecé a investigar. Me gustaba la música, pero no la pachanga de los bares. Con el tiempo fui descubriendo estilos, grupos, cantantes, y fui haciéndome una composición de lugar. Siempre soñé con saber tocar un instrumento, el que sea, para poder crear canciones. A falta de mi capacidad para ello, desvié mi creatividad escribiendo letras, que nunca llegaron a ningún sitio, porque no sabía ponerles música. Simplemente me parecían poesías.

Y bueno, el resto es historia. La música se ha ido convirtiendo en algo fundamental con el tiempo, hasta el punto de que vaya donde vaya, no importa la hora o el lugar, siempre llevo conmigo el ipod. Lo primero que hago al despertarme y lo último al irme a dormir es escuchar música, para empezar bien el día o para relajarme y desestrarme por la noche. Y ahora, en el momento en el que me encuentro, mi vida podría resumirse con un buen puñado de canciones. Hoy, que soy consciente de ello, me parece increíble, cómo, personas ajenas a mí, a mi vida, e incluso que viven en la otra punta del mundo, pueden hacer que me sienta identificada con lo que escriben y cantan.

Y si hiciera una lista de algunas de las letras que me han marcado mucho, definitivamente la primera ahora mismo sería ‘Cenizas en el aire’. Ayer tuve la oportunidad de ver a Ariel Rot en concierto, y todavía sigo pensando en el inmenso talento que tiene. Envidia sana me da. Ojalá por el mundo hubiera muchos más como él. Como él mismo dijo ayer,  a todos nos gustaría que alguien nos dedicara una canción así alguna vez.

Cobardes

Cobarde es el que huye, el que calla y el que ignora lo que le pasa. Cobarde es el que actúa al revés de como siente, y no hace lo que quiere por miedo a lo que digan o piensen los demás. Cobarde es el que deja que los demás le usen y no actúa ni hace nada para cambiarlo. Cobarde es el que sueña pero deja que sus sueños se desvanezcan por que otros les desaniman a intentarlo. Cobarde es el que se rinde antes de haber luchado.

Cobarde es el que la toma con los demás, cuando no tienen la culpa de lo que le pasa, sólo para intentar sentirse mejor. Cobarde es el que insulta y pega antes de dialogar, por el miedo a sentirse inferior. Cobarde es el que abusa del poder que tiene para sentirse alguien, y  el que sufre el abuso por no hacerse valer. Cobarde es el que se siente mal y vive infeliz y no busca maneras de cambiarlo. Cobarde es el que se mimetiza, el que actúa según lo previsto, el que no se sale nunca del renglón. Y cobarde es el que se salta las normas a la torera hasta el punto de invadir el espacio vital de los demás. Cobardes somos todos por que todos tenemos miedo y todos huimos de alguien o algo.  Y precisamente ese es mi propósito para 2011, dejar de ser cobarde, hacer ensayo y error, navegar a través de lo malo y sobre todo disfrutar al máximo lo bueno, que es mucho, aunque a veces no me de cuenta.

“No digo lo que digo,
hago lo que no hago,
al revés, al revés, porque
ser valiente no es sólo cuestión de suerte.

A veces no soy yo,
busco un disfraz mejor,
bailando hasta el apagón.
¡Disculpad mi osadía!

Tú también tienes que ver
que nunca tengo mi papel.
Nube gris, riega todo el jardín,
todo el jardín, todas las flores que no probé.

No olvido los sueños,
vuelvo a lo que no acabó,
no perdí, no perdí, porque
ser valiente no es sólo cuestión de verte”

No existir

Estos últimos días me ha dado tiempo para deprimirme y para volverme a recuperar unas cuantas veces. Debido a las circunstancias me he planteado muchas cosas, he pensado también en muchas personas y he recordado distintos episodios de mi vida personal. He llegado a dudar seriamente de mí misma como persona, y de mi vocación como periodista, a pesar de que lo eligiera por voluntad propia desde los 8 años. Le he dado mil vueltas a todo, a lo que hice, a lo que hago y a lo que puede que haga en el “futuro”. Ayer, después de varios encuentros con distinta gente y de una charla muy larga con un gran amigo, por fin creía que mi ánimo de verdad había mejorado. Pero hoy, al levantarme, todo se ha ido a la mierda. Mis buenos propósitos, mis ganas de luchar por las cosas y por la gente se han ido al garete, y esta vez muy seriamente.

Hoy es uno de esos días en lo que me hubiera gustado no existir. No me encuentro mal de salud, y no, no estoy mal por haber terminado la beca, ni por no tener un duro ni trabajo,  no es nada de eso. O sí, es todo eso y algo más. Algo a lo que le he dado demasiada importancia durante mucho tiempo y ahora, hoy, me ha abierto los ojos de golpe. Es como si me hubieran pegado un puñetazo o una patada en el estómago, o como si me hubieran despertado de un largo y bonito sueño a torta limpia. Ya una vez, hace no mucho, alguien me avisó de esto, yo no la escuché, era consciente de ello pero no la quise escuchar. Ahora lo estoy pagando. Y sinceramente este era el peor momento para esto, pero es mi culpa, tenía que haberlo asumido hace meses.

No sé. Dicen que el tiempo lo cura todo. Puede ser, pero mi forma de ser es demasiado cansina, y mi cabeza siempre está en ebullición, no para un momento, siempre está volviendo a lo que hice o no hice y a lo que podría haber hecho, y eso me agota. Lo bueno de todo esto es que creo que he aprendido algo con ello, “nunca esperes nada de nadie y, sobre todo, no te hagas ilusiones vanas”. Es mejor seguir el camino y ver lo que te depara el destino. Soy consciente de que mi forma de ser es la que es y costará cambiarla, pero tengo que intentarlo. Soy tímida y me cuesta coger cariño a las personas, pero el problema es que cuando lo hago, lo hago de verdad, y doy más de mi de lo que debería, me implico demasiado con la gente. Y eso es lo que ahora me ha pasado factura. No es la primera vez que me ocurre, pero no aprendo, vuelvo a caer una y otra vez. Y eso me está llevando a ser desconfiada y a querer evitar el contacto estrecho con la gente para no sentirme mal cuando pasan estas cosas.

Pero bueno, de todo se aprende ¿no? De lo bueno y de lo malo. Eso dicen. Ya veremos, porque ahora no sé ni si confío en mí misma. Últimamente siento que cada paso que doy es un error tras otro. En fin, así es la vida. Hay gente que por más que digas o hagas por ellos, nunca se enteran de nada, o a lo mejor es que no quieren enterarse. He leído una frase por ahí que me viene al pelo y que es totalmente cierta. Si después de darlo todo por alguien ese alguien no es capaz de darse cuenta de las cosas, entonces no merece la pena seguir perdiendo  energías y tiempo. Esa persona se lo pierde, no yo. Es duro decirlo, pero es mejor afrontarlo.

P.D. Hoy se cumplen 70 años desde que naciera John Lennon, una persona que, a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte, sigue estando presente en la vida de mucha gente gracias a enormes canciones como esta. El sí que existe, siempre va a existir:

Instantes

“Cada fotografía es un poema, una ilustración que puede interpretarse como una pequeña parte de la historia”. Esta frase que he escuchado hoy trabajando me ha parecido muy cierta. Las fotos son instantes de nuestras vidas atrapados en un papel (o en su defecto en un ordenador). Instantes que nos permitirán en el futuro recordar el pasado, el nuestro o el de otros.

Tengo que reconocer que nunca me han gustado las fotos, sí hacerlas pero no que me las hagan. Primero, porque siempre sin excepción salgo mal, y segundo, porque, aunque la finalidad de las fotos que hacemos la mayoría de las veces es la de recordar buenos momentos, a veces sin quererlo esas mismas imágenes te pueden llegar a hacer pensar en cosas dolorosas que no te hubiera gustado tener presentes. A pesar de todo admito que las fotos son uno de los documentos históricos más importantes que existen, y no sólo eso, la emotividad que puede expresar una buena imagen creo que no es captable por nada más. Siempre me han gustado las imágenes que se enfocan en una persona y más concretamente en su mirada. Ya dicen que una mirada vale más que mil palabras, y para muestra un botón. He aquí mi foto favorita. Un retrato, pero un retrato que capta una mirada de terror que sólo una niña de esa edad y en esas condiciones es capaz de poner. De alguna forma, al ser una foto en la que la chica mira de frente, me hace sentir como si en realidad a quien tuviera miedo es a mí, que soy quien la observo. Es una sensación rara. A pesar de que esta imagen la he visto muchas veces, siento que cuanto más la miro más me gusta.

No obstante, en la vida cotidiana cuando la gente se hace fotografías sin más ansias que tener recuerdos bonitos, en el fondo creo que no lo hace tampoco para verse dentro de unos años y decir, ¡mira qué joven era!, sino para que cuando uno ya no esté presente alguien pueda recordarle. Es como cuando dicen que en realidad tener un hijo es una forma de seguir presente una vez nos hayamos ido de aquí.

Pero desde mi punto de vista, a una foto aún le faltaría algo, y ese algo en mi caso sería música. Porque al menos para mí cada canción que escucho forma parte de la banda sonora de mi vida. No sé, cada momento del día, cada estado de ánimo, cada experiencia que vivo tiene una canción. Y cada vez que escucho las canciones, estas tienen en mí un efecto como el de las fotos, me hacen recordar.  A veces incluso una canción puede hacer que veas una imagen de una determinada manera, o que la llegues a ver de una forma en la que nunca recaíste hasta entonces. Por eso, si no hubiera música, sería como ver una película con imágenes pero sin sonido. No sería lo mismo.