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Dancing feels like electricity

Más de una vez me ha preguntado la gente que me conoce, sobre todo la que no ha estado nunca muy involucrada en actividades artísticas, por qué empecé a bailar, qué es lo que me atrajo de esa actividad. Y la respuesta la voy a dar basándome en una famosa frase que dijo una vez Billy Elliot, “dancing feels like electricity”. Electricidad, eso es exactamente lo que siento cuando me muevo al son de la música, es como si por un minuto todo y todos desaparecieran de la faz de la tierra, y no existiera nada más que yo. Esto me pasa tanto si bailo ante decenas de personas, como si lo hago en mi propia habitación yo sola con la música a tope un día cualquiera.

No obstante, la experiencia de un teatro va más allá de lo fácilmente descriptible. Antes de dar clases de baile hacía teatro, y la sensación que tenía cuando actuaba era muy similar. Pero como para alguien que no haya experimentado nunca lo que es subirse a un escenario es difícil que entienda lo que se siente ahí arriba, voy a tratar de explicarlo con mis palabras para ver si así queda un poco más claro. Cuando me subo a un escenario siento adrenalina, probablemente la misma que sienten otros al tirarse en paracaídas, surfear una ola gigante, subirse a una atracción terrorífica o escalar las montañas más altas o peligrosas, por poner varios ejemplos.

A menudo me ocurre que previo al espectáculo no suelo estar nerviosa, pero es durante el primer minuto, ese en el que pongo un pie en el escenario, cuando la electricidad empieza a inundar mi cuerpo. Es como una sensación de taquicardia, te empieza a latir el corazón muy deprisa, y tienes, por unos segundos, una sensación de vértigo en el estómago porque no quieres pifiarla, y al mismo tiempo ansiedad porque tienes ganas de hacerlo ya y ver la reacción de la gente.

Y de repente … una vez que estas ahí arriba, vestida, maquillada, se enciende la luz, la música y te dejas llevar, ya no puedes parar. Y sonríes, porque más allá de que te salga bien o mal, te estás divirtiendo, estás disfrutando el momento, y eso no se puede pagar ni con todo el oro del mundo.

Es curioso que precisamente me pase todo esto a mí, teniendo en cuenta que siempre fui la persona más tímida del mundo. Cuando era una niña me costaba un mundo hasta decir hola a alguien que no conocía. Y, sin embargo, el día que empecé a hacer teatro, algo cambió. Me di cuenta que ahí arriba era otra persona, y que me divertía no ser yo, poder experimentar con emociones, vestuarios, gestos, experiencias. Podía ser quien me diera la gana y decir lo que quisiera, lo que se conoce como “licencias poéticas” o teatrales en este caso, y me encantaba.

Con el baile fue distinto. Es cierto que me recuerdo desde niña bailando a todas horas por casa con la música de la radio, casettes, cd´s  o lo que fuera. Es más el primer movimiento que recuerdo haber aprendido cuando era una cría fue el “running man”. No levantaba dos palmos del suelo, y ahí estaba yo, tratando de emular a los grandes cantantes y bailarines de la tele, creyéndome Michael Jackson, sin saber siquiera lo que estaba haciendo.

No obstante, más allá de unas cortas clases de danzas vascas cuando tenía 7 años, nunca llegué a apuntarme a un estilo que verdaderamente me gustara, no sé por qué, hice otras cosas a lo largo de mi vida y nunca se dio. Hasta hace 5 años cuando empecé a dar clases de hip hop y contemporáneo (nunca es tarde si la dicha es buena). Sin embargo, desde cría siempre me he encontrado a mí misma siguiendo el ritmo hasta del hilo musical de los supermercados, daba igual el lugar, si había música mi cuerpo no podía parar. Aún hoy lo hago, a veces me encuentro bailando en sitios de lo más insospechados, alguna mirada rara me he ganado por eso, pero sinceramente, me da absolutamente igual. A mí me divierte, y eso es lo que cuenta.

En fin, que bailar, más allá de ser una de las pocas actividades deportivas con la que no hecho las tripas por la boca (lo siento, correr no es lo mío), me gusta precisamente por eso, porque me divierte. Nunca pretendí ser bailarina profesional, para mí no se trataba de eso, simplemente me gusta bailar porque me río, con los demás y de mi misma. Y ya sabéis lo que dice el dicho, el día peor aprovechado es aquel en que no te has reído.

Del otro lado

Todos hemos conocido alguna vez en la vida personas que por una u otra razón en algún momento nos marcaron. Personas que dejaron huella y durante un período de tiempo fueron, quizá, una de las personas más importantes de nuestra vida. Pero después, por cosas del destino, dejamos de hablarnos.  Dejamos de vernos, dejamos de ser parte de las experiencias vitales del otro. Y de un día para otro la cosa cambió, y comenzamos a construir vidas en paralelo pero que nunca jamás se cruzaron de nuevo.

Aun así, porque vivimos en la era digital, hoy en día sigues sabiendo cosas de su vida y esa persona sigue sabiendo cosas de la tuya. Y te alegras por sus logros, y te entristeces a veces por no poder celebrarlos junto a ella, y tienes días que recuerdas momentos que compartísteis y que te hicieron feliz, y piensas, ¿qué pasó para acabar así? Nada.  A veces, simplemente no hay explicación.  Y después de ese lapsus de nostalgia, vuelves de nuevo a tu vida normal. Como si nada hubiera pasado, como si nunca os hubiérais conocido, y como si esa experiencia no te hubiera cambiado para siempre. Pero lo cierto es que lo hizo, y muy en el fondo lo sabes.    

A menudo no volvemos a ver más a esas personas, se van y no vuelven jamás, o existen en algún lugar pero no están presentes. Pero también ocurre a veces que, pasados unos años, de repente, en el lugar más inesperado, te reencuentras con quien creías olvidado. Y en la mayor parte de los casos te revuelve cosas, pero también te enseña que todo ha cambiado, que ya no sois los mismos, y que nada volverá a ser igual. Celebras sus éxitos y esa persona los tuyos, pero ya nada es lo mismo. Un día simplemente los caminos se separaron.

Aun así, esos encuentros inesperados te hacen preguntarte qué es lo que pasó, por qué uno de los mejores momentos de tu vida se convirtió en algo que ya apenas ni recuerdas. Y cómo acabásteis así. Y no lo sabes. Por que a veces simplemente dos personas están destinadas a no encontrarse. A veces están destinados a estar del otro lado.

Aun así, yo, personalmente, estoy convencida de que la gente que conocemos a lo largo de nuestra vida la conocemos por una razón. Hay gente de la que aprendes cosas tan básicas como ser buena persona, tener valores, ser generoso, solidario o tomarte la vida con humor. Hay gente que te enseña a cultivar la paciencia, otros a amar incondicionalmente, algunos a no odiar a pesar de tener ganas de hacerlo, unos te enseñan a caer hasta el fondo y después aprender a levantarte, otros te enseñan lo que es estar ahí cuando alguien te necesita. Cada persona es parte del aprendizaje y están ahí por una razón.

Hay una creencia tradicional asiática que me encanta llamada el Hilo Rojo del Destino, que dice que entre dos o más personas que están destinadas a tener un lazo afectivo existe un hilo rojo invisible, que viene con ellas desde su nacimiento y que las une para siempre, independientemente del momento de sus vidas en el que dichas personas vayan a conocerse. Ese hilo puede tensarse y doblarse, pero jamás puede romperse, porque es una muestra del vínculo que existe entre ellas.

Y, personalmente, creo que es cierto, de los 7 billones de personas que hay en el mundo, conocemos a unos cuantos seres humanos a lo largo de nuestra vida. Apenas un puñado de ellos, y, a veces, ocurre que la gente, por casualidad, se encuentra con alguien que jamás hubiera imaginado cruzarse. Por ejemplo, parejas cuyos miembros son uno de cada punta del mundo. O gente que termina conociendo personalmente a alguien a quien admiraba, o alguien que no tiene nada que ver con su clase social, su entorno, su país, su idioma, su raza, lo que sea. Y, sin embargo, sus caminos terminan encontrándose. Por alguna razón, llámala hilo rojo o destino, has conocido a ciertas personas, todas te han influido y te han modificado. Y todos ellos han hecho de ti lo que eres hoy. Te han configurado como ser humano. Así que, aunque no volvamos a ver a algunos de esos que una vez conocimos, los cambios que generaron en nosotros siempre perdurarán.

La felicidad viajera

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Hace unos días hablaba con una amiga de la idea abstracta de viajar. Estuvimos discutiendo sobre si preferíamos viajar en avión, en tren, en barco, en coche, en autobús, y teníamos nuestras diferencias al respecto. Pero en lo que las dos siempre coincidíamos es que para nosotras la mejor parte del viaje siempre es el trayecto. Es decir, si vas por ejemplo en coche, el viaje es lo que te ocurre entre punto A y punto B. La ruta, para que nos entendamos.

Para mí, como supongo que para mucha gente, viajar siempre ha tenido mucho que ver con conocer culturas, descubrir lugares nuevos y disfrutar de la compañía. Me encanta volar en avión, aunque embarcar y hacer check-ins sea un engorro a veces, y el tren también tiene su encanto. Tuve la oportunidad de viajar hace unos años de mochilera en este medio de transporte, y la experiencia, en contra de lo que pueda parecer, fue increíblemente cómoda y relajante. Algún día he de volverlo a hacer. Pero sin lugar a dudas, lo que más me gusta son los viajes en coche, porque son en esos donde ocurre de todo, risas, confidencias, paradas inesperadas, situaciones embarazosas, ideas geniales, en fin, cualquier tipo de locura. Y si compartes esas locuras con buena compañía, mejor que mejor.

Así que cuando mis dos mejores amigas me dijeron hace unas semanas que este año nos íbamos a Santander unos días, nada menos que a un festival de música y de paso a respirar aires playeros, no me pude contener de la emoción. Para empezar, el viaje fue una sorpresa que no esperaba, ambas decidieron regalarme el viaje por mi cumpleaños, y eso nunca lo voy a poder olvidar. Sólo por eso, el viaje ya ha sido triplemente especial para mí. Gracias de nuevo, ya sabéis quienes sois.

Después llegaron las vacaciones en sí mismas. No íbamos a un lugar paradisíaco, en realidad la ciudad a la que íbamos está al norte de España, y el tiempo tiende a ser inestable, asi que la mitad del viaje estuvimos rezando para que no nos lloviera, porque, entre otras cosas, íbamos a pasar la mitad del tiempo en conciertos al aire libre. Afortunadamente los dioses nos fueron favorables y el indeseado diluvio no llego a pasar de un leve txirimiri.

Aun así, disfrutamos el viaje como nunca, caminamos y paseamos, comimos, bailamos y, sobre todo, nos reímos como hacía mucho que no me reía. Y el último día, poco antes de volver, haciendo recolección de todo lo que habíamos vivido, mutuamente nos reconocimos que los mejores momentos de todo el viaje habían sido los más inesperados. Los más tontos, ridículos, chorras, pero, en definitiva, los que luego, mirando para atrás, recuerdas con especial cariño y sigues sonriendo como una boba cada vez que piensas en ellos.

Por eso, quería dedicarles este post a mis amigas, por ser de lo que no hay, por hacerme reir hasta llorar, por aguantarme con la camarita todo el día de arriba a abajo, por acompañarme haciendo el tonto en público a todas horas, por seguir disfrutando de las pequeñas cosas con la inocencia de un niño, y porque en el futuro siga habiendo muchos más viajes como este.

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Blanco y rojo

En Pamplona existe, desde tiempos inmemoriales, un acuerdo tácito entre todos respecto a la ropa de Sanfermines, y es que nunca verás durante el resto del año a ningún vecino de la ciudad utilizando blanco y rojo juntos jamás.

Es curioso cuando te paras a pensarlo, es más, muchos pamploneses, y yo me incluyo, nos da por hacer un gesto raro cuando vemos a alguien cualquier otro día del año combinando un jersey rojo y un pantalón blanco, o a la inversa. Es como si fuera casi un sacrilegio. Ni siquiera utilizar ropa blanca en verano, como se hace en muchos otros lugares del país, es muy común por estos lares.

Y es que en Pamplona, esos dos colores quedan reservados para las fiestas. El ritual de preparar la ropa cada año, de ver las casas inundadas de cosas blancas y rojas por todas partes, es la prueba y el anuncio de que ya está llegando San Fermín.

Cada año, tras las fiestas, llenamos al menos un bolsón enorme de ropa blanca, fajas, pañuelos, blusones, etc, que luego normalmente guardamos en áticos, sótanos, bajeras o lo que cada uno tenga adaptado como almacén de trastos. Y cuando en unos meses vuelven a acercarse los Sanfermines, volvemos a bajarlo todo y a empezar con el ritual de probarte la ropa, ver qué te sigue entrando y qué no (que a veces es la mayoría) y luego toca viajecito a las tiendas para reponer lo que falte.

Hay algunas cosas por las que podrás identificar quién es de aquí y quien es de fuera. El pamplonés normalmente trata de vestir de blanco y rojo clásico, con faja y pañuelico rojos (este último a menudo mirando para adelante, y con un escudo que sea o bien de Pamplona, o de San Fermín, o como mucho del pueblo al que perteneces). Si ves a alguien con un pañuelo de otro color, esos suelen ser también de aquí y pertenecen a las peñas (los pañuelicos de kukuxumusu y las demás varientes extrañas creadas a posteriori son inventos para extranjeros). Además, algunos pamplonicas todavía usan alpargatas (no es mi caso ni el de mucha gente, pero hay quienes sí las llevan). Y por supuesto, reconocerás a los vecinos porque muchos llevan blusones de colores, que representan, en la mayoría de los casos, la peña a la que pertenecen.

A un extranjero es bastante más fácil de distinguir. Si son rubios, altos y hablan inglés cabe la gran posibilidad de que sean australianos o británicos. Si utilizan chanclas para caminar por calles asquerosas y llenas de cristales de botellas, que luego les harán cortes que los mandarán a urgencias, esos seguro que son guiris. Si están rojos como tomates desde las 9 de la mañana del día 6, por beberse hasta el agua de los floreros y llevar siempre una bota de vino colgando al cuello, esos también son de fuera. Si visten con camisetas con el famoso Mr. Testis de Kukuxumusu de protagonista, o con mensajes que rezan cosas como “Running of the bulls”, o frases idiotas en inglés para intentar ligar con las tias… o tios quien sabe, esos no son de aquí. Pero sobre todo los reconocerás por hacer las cosas que la mayoría de la gente de aquí jamás ha hecho, ni hace ni hará nunca como enseñar las tetas a toda la población en la plaza del Ayuntamiento el día 6 antes del txupinazo, correr delante de los toros, saltar desde la fuente de Navarrería como un subnormal o caminar por el borde de las murallas todo borracho a ver si se cae y se abre la crisma.

No obstante, a pesar del romanticismo que pueda tener vestir todos igual durante 9 días, sin tener que pensar qué ponerte, sin fijarte mucho en manchas, rotos y cualquier otro desperfecto en la ropa, y sin importar de qué clase social eres porque vestidos así somos, por una vez, todos iguales, a veces, incluso para nosotros los pamplonicas, se hace pesado.

Por lo menos yo siempre termino cansándome de llevar esta ropa, y, al final acabo siempre poniéndome unos vaqueros o cualquier otra cosa normal. Es una mezcla de sentirte parte de la ciudad que te vio nacer y crecer, y al mismo tiempo, ganas de poder vestirte como te de la gana y ser tú mismo otra vez.

Otra cosa que suele pasar muy a menudo entre los pamplonicas es que cuando te vas de viaje a cualquier lugar del mundo, sabiendo que no vas a pasar las fiestas en casa, como norma, siempre te llevas mínimo un pañuelico rojo para sentirte más cerca del hogar. Es gracioso, pero al mismo tiempo, si lo piensas bien, es algo que nos une a todos allí donde estemos.

Por eso este post se lo quiero dedicar a toda esa gente que a pesar de estar lejos, lo sigue viviendo con la misma intensidad que si estuviera aquí, y porque, a pesar de las circunstancias, nosotros y ellos, los de aquí y los de allá, nos sentimos siempre juntos en la distancia.

¡Viva San Fermín!

Hoy han dado comienzo en Pamplona las mejores fiestas del mundo, mis fiestas, las de mis paisanos, las de mis amigos y familia, la de niños y mayores, la de locales y extranjeros. Las más grandes fiestas del año, los Sanfermines. Y también hoy, tras un día de muchas experiencias, de disfrutar de almuerzo, txupinazo, fiesta, música, baile y un calor sofocante, por qué no decirlo, me he sentado un rato a escribir y he conseguido poner sobre un papel lo que para mí representan. Ahí va este humilde poema escrito en apenas un rato. Espero que os guste.

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Un instante

La vida se para un instante

Un instante que dura 9 días

La ciudad se vuelve importante

y las calles dejan de ser frías

——–

Amigos y desconocidos

comparten momenticos

charlan sin rencores,

rien y bailan sin cesar

El mundo se detiene unos raticos

y la gente olvida su pesar

——–

Blanco y rojo tiñen el asfalto

Camiseta y pantalones claros

faja y pañuelico vermellón

y alpargatas de esparto

——–

Tradiciones compartidas

vivencias nuevas cada vez

pero cada año vuelves a vivirlas

con la misma intensa sed

——–

Los niños corren emocionados

al ver la comparsa salir

los gigantes han llegado

“los kilikis van a ir a por ti”

y los zaldikos avispados

esperan agazapados

para hacerlos reir

——–

Los padres celebran los años

que todavía les quedan por vivir

y recuerdan con nostalgia

lo que era ser más joven y salir

——–

Los abuelos rememoran

grandes hazañas pasadas

y con la candidez de un niño

recuperan la inocencia olvidada

——–

Los jóvenes saltan, beben y bailan

brincan, corren y hacen locuras

y sin preocuparse por nada

celebran mientras cantan

que a pesar de etapas duras

sobreviven a la vida

y ganan la batalla

——–

Y no olvidemos a los foráneos

amigos de los toros y las selfies

la sangría, los cubatas y el verano

Muchos locos, siempre hermanos

desde Sidney hasta Memphis

disfrutan el mejor momento del año

——–

Cada 6 de julio el tiempo se detiene

y con fuegos que surcan el cielo

todos celebramos que ya viene

el objeto de nuestro anhelo

——–

La mejor fiesta del mundo

el mejor lugar del planeta

una experiencia de vida

que cambia a quien la siente

y que siempre hace mella

——–

Reencuentros y nuevos descubrimientos

alegría y celebración entre adoquines

un lugar lleno de sentimientos

eso son los Sanfermines

Nostalgia

Hace 4 años que dejé de escribir en este blog. No por elección, había perdido la contraseña y usuario, y no tenía forma de recuperarlos. Siempre me dio pena despedirme así de este lugar, porque aquí escribí durante dos años de mi vida, pero después pasó el tiempo, lo fui olvidando, abrí otros blogs y como todas las cosas en la vida lo dejé de lado.

Hace un año o así recordé este sitio, lo busqué y vi que seguía activo, intenté de nuevo en varias ocasiones acceder a él sin éxito. Hasta  que hace dos días, por una casualidad de la vida, recordé los datos que había olvidado. Y en lugar de cerrar el blog, decidí reabrirlo, por nostalgia, pero también porque este sitio me trae muy buenos recuerdos.

Muchas cosas han pasado desde la última vez que escribí. La vida en general no ha sido especialmente generosa conmigo. Han pasado cosas buenas y cosas muy buenas, por supuesto. Pero también ha habido decepciones, trabajos temporales (muchos), temporadas en el paro (otros tantos), familiares que han fallecido, otros que se han hecho mayores, y, en general, la vida ha seguido su curso, pero la mayor parte del tiempo sin orden ni concierto. Además también ha habido opiniones y perspectivas que han cambiado con la madurez que te da la vida.

Hoy, la vida sigue sin ser fácil, nunca lo fue, pero sigo creyendo, a pesar de las circunstancias, que todo tiene una razón de ser. Tenemos que aprender, caernos, levantarnos, saber lo que es la felicidad, el disfrute pleno, y también el dolor, la pena o la frustración. De esta última sé bastante más de lo que debería, pero ese conocimiento me da más ganas de buscar el polo opuesto de la vida, la alegría, el orgullo y la autoestima. Cosas de las que a veces carezco demasiado.

No sé si soy más sabia, porque siempre he pensado que nunca en la vida dejamos de aprender cosas. Cuando somos pequeños aprendemos de los mayores y cuando somos mayores de los pequeños. Así funciona el mundo, un mundo caótico, con tantas opiniones como hombres viven sobre él. Un planeta un poco convulso en los últimos tiempos, donde todos tenemos razón y donde escuchamos poco lo que dicen los demás. Un lugar en el universo con mucha gente pasándolo mal, pero también, y de verdad que así lo creo, con esperanza por delante, con vistas a un futuro, incierto, sí, pero que abarca una inmensidad de posibilidades.

No tengo miedo. A veces sí, pero no en este caso, no tengo miedo de lo que vendrá, porque sea lo que sea aún no ha llegado. Lo importante es vivir el presente, saber que lo que ocurre hoy es lo más valioso que tenemos. Y por eso, me niego a ser pesimista. Incluso en los peores momentos algo siempre me ha hecho resurgir, a veces, ese algo ha llegado a duras penas, pero lo ha hecho, y eso, para mí, es más que suficiente.

Con lo bueno y con lo malo, las experiencias que te da la vida son inigualables. Y eso, tiene un valor incalculable.

Os invito a que sigáis ojeando el blog si os parece interesante. Divertíos y seguid sonriendo a la vida.

Don´t bury me, I´m not yet dead

Los minutos se vuelven horas, las horas días, los díasas semanas y las semanas años. El tiempo pasa a su ritmo. A veces vuela, otras se eterniza. Las manecillas del reloj se mueven lentamente, como en un vals perpetuo. Y uno mismo siente su respiración cada vez que se echa a descansar, el aire fluye, entra y sale despacio del cuerpo, el pecho se levanta, el estómago se infla, y después nada, una sensación de vacío, de cansancio, de ganas de gritar, de romper cosas, de marcharse y no volver o dormir eternamente.Ves la preocupación en los que te rodean, no descansan, sienten malestar. Ves el fracaso, y sientes agotamiento. Llanto. Ira. No sabes cómo seguir por un camino que ahora nadie, excepto tú, sigue viendo claro. Y pasa un día y luego otro. Y la vida sigue su curso.

Pero de repente un día el sol se levanta, aparece una foto antigua, una máquina de escribir vieja, una grabadora estropeada, una pluma especial, páginas y páginas de cuadernos escritas con apuntes, con chorradas, con imaginación infantil, y recuerdos de juventud, objetos y lugares, mascotas con las que superaste tus miedos, personas que te prestaron un hombro, gente que con su sonrisa te hizo recuperar el sentido de las cosas. Las palabras de un libro, la letra de una canción, la imagen de un cuadro, los pinceles y dibujos encerrados en cajas de madera y carpetas de plástico. Viejas cartas escritas a mano con destino a nadie en particular. Todo sigue ahí, lo que fuiste, lo que eres y lo que seguirás siendo pase lo que pase.

Tragedia

Hace más de un mes que no escribía nada en el blog. La verdad es que las circunstancias han hecho que no tenga muchas ganas de escribir, pero como mantener este sitio me ha costado un esfuerzo, me parece que no se merece que lo deje morir sin más. Y el día que se muera le haré un buen funeral. Así que voy a intentar escribir de nuevo en la medida que pueda. Si no me salen las palabras recurriré a la música, que me suele ayudar bastante cuando las ganas de escribir se van y mi mente se queda en blanco.

Hoy voy a hablar de Japón. Estos días he estado viendo los vídeos, las fotos, leyendo los artículos, y sí, el terremoto de 8.9 y el tsunami con olas de 10 metros de alto, que ha provocado pérdidas irreparables, muertes de miles de personas, heridos, desaparecidos, y que ha hecho que el eje de la tierra se haya movido diez centímetros, y el propio Japón, dos metros de su localización previa, es una horrible tragedia.

Pero a pesar de todo eso, lo que más miedo me sigue dando es la posible explosión de la central nuclear. Y me da miedo porque no sabía lo que entrañaba este hecho hasta que vi hace unos días un reportaje de Discovery Channel sobre Chernobyl. No digo que sea lo mismo, porque lo que causó aquel accidente fue algo completamente distinto, pero el desarrollo de las cosas sí que parece tener cierta semejanza. La tragedia fue desmedida, y lo peor de todo es que nadie era consciente del peligro que corrían porque los que sabían de qué iba la cosa mintieron a todo el mundo, haciendo creer que el drama era menor del que era.

Lo peor de todo ni siquiera fue la explosión en sí misma, sino lo que eso conllevó, la dispersión de radioactividad por todo el país e incluso por otros muchos cercanos y no tan cercanos. Dicen, según se cuenta en el reportaje, que las cenizas radioactivas llegaron hasta Francia, Gran Bretaña, Grecia o Italia, y que por suerte no explotó el otro reactor, porque, dicen, si hubiera llegado a ocurrir, algunas ciudades de la entonces URSS hubieran desaparecido, y Europa hubiera quedado inhabitable.

Al ver estas imágenes por televisión, al leer que el gobierno japonés decía que no era para tanto, al ver que los japoneses de a pie no están aparentemente preocupados, me viene a la mente aquella tragedia. Es como si se repitiera la misma historia otra vez, y lo peor de todo es que en este caso Japón es una de las mayores y más desarrolladas potencias del planeta. Me asustó saber, porque lo oí en el telediario ayer, que sólo Estados Unidos tiene ciento y pico centrales por todo el país, y Francia, sin ir más lejos, cincuenta y algo. Y es que como un día a alguien le de por provocar una desgracia acabaremos volando por los aires.

Pero eso sí está claro, si alguien puede salir de esta son ellos, los japoneses, personas cabales, disciplinadas y sobre todo muy sosegadas, algo muy bueno dadas las circunstancias, que les permitirá no volverse locos y levantarse del suelo una vez más. Porque eso sí, los seres humanos tropezamos con la misma piedra, pero somos los únicos capaces de levantarnos incluso de la peor de las tragedias.

Buen humor

Era septiembre. Ese día me tocaba enfrentarme por cuarta vez al examen de conducir. Las anteriores veces había dormido mal, había despertado inquieta, y aunque me había calmado, al final me habían traicionado los nervios.

Ese día, sin embargo, me levanté con ánimo, ni siquiera pensé demasiado en el examen. Dije, bueno, sea lo que sea lo que pase, no se muere el mundo si no apruebo. Así que me levanté de la cama decidida, desayuné, me miré al espejo,  y me sentí optimista, no sé por qué pero así fue, incluso decidí ponerme para la ocasión una camiseta que dice I love smiley (Me gusta reir). Dio la casualidad de que, además, ese día salió soleado, hecho que también me dio buenas vibraciones.

Sabía que era entonces o nunca, asi que hice la prueba, y después de esperar que pasaran por ella los demás compañer@s, me dieron el resultado. Aprobé. En total aprobamos cuatro de ocho que nos presentamos. Como es lógico los que aprobamos estábamos todos super contentos. Pero creo que yo era, con diferencia, la más feliciana.

Fuimos a la autoescuela a recoger las eles, a firmar los papeles, y después me despedí de la gente y volví hacia casa. Ahí fue cuando de repente, salido de la nada, apareció en mi camino un tipo extranjero que estaba haciendo el Camino de Santiago, se me quedó mirando fijamente, después a la camiseta, leyó lo que decía el mensaje, me vio que estaba radiante de felicidad, y ahí él se giró y me enseñó algo, una pegatina que iba adosada a su mochila en la que salía una carita sonriente. Me miró de nuevo a mí, que seguía sonriendo de oreja a oreja, y me hizo un gesto de ok, como diciéndome que era genial que yo estuviera feliz. Le hice yo otro gesto a él, y cada uno nos fuimos por nuestro lado.

A pesar de lo fugaz del momento, fue muy gracioso, parecía un sketch de algún programa cómico. Nosotros parecíamos bobos, los dos sonriendo y haciendo el chorra, yo con mi camiseta y él con la pegatina. Pero nos dimos cuenta los dos, y lo sé por que se lo vi en la cara, que el simple gesto de sonreirnos hizo nuestro día un poco mejor si cabe.

Justo después de aquel episodio me acordé de un video de youtube en el que gente de distintas partes del mundo iba por la calle con un cartel que ponía: ofrezco abrazos gratis. Bueno, en aquel momento yo me sentía como si llevara un cartel que ponía: ofrezco sonrisas gratis. Y luego pensándolo bien, me di cuenta de que en realidad eso es lo que hago a diario, bueno, o al menos lo intento, lo de regalar sonrisas gratis digo. Siempre se dice que todos podemos hacer algo por mejorar este mundo, y bueno, sonreir es una buena forma de empezar. No cuesta dinero, y seguro que alguien te agradece que lo hagas, incluso aunque no te lo diga con palabras, tampoco hace falta. La risa es el idioma universal.

Unas frases que tienen mucho que ver con esto:

“A veces sonreir es la mejor forma de contribuir a cambiar el mundo”

“Crecerás el día en que verdaderamente te rías por primera vez de ti mismo”

“El día peor empleado es aquel en que no te has reído”

“Es mejor olvidarse y sonreir, que recordar y entristecerse”

“La risa es la distancia más corta entre dos personas”

“La sonrisa es el idioma universal de los hombres inteligentes”

“Una sonrisa ilumina más que mil bombillas”

“Una sonrisa es descanso para la persona cansada, ánimo para la abatida y consuelo para el corazón dolorido”

“Si no sabes sonreir es que no sabes vivir”

Madurez

Hoy alguien cercano, en una conversación desenfadada, ha comentado medio en broma medio en serio que los que no beben alcohol son unos sosos. Y yo a esa persona le he dicho: “¡Eh! Cuidado con quien te metes, porque yo no bebo”. Somos amigos, asi que simplemente se ha reído, me he reído yo, y no ha habido más problema. Pero lo cierto es que llevo oyendo ese comentario toda mi vida. Sí, qué queréis que os diga, no bebo alcohol, o lo justo sólo el día que me da por ahí. Y no lo hago porque sea anti todo, porque no quiera sociabilizarme o porque sea una rara de cojones, simplemente lo hago por dos motivos: uno, no me gusta el sabor de las bebidas alcohólicas, y dos, no las necesito para bailar, divertirme y hacer el payaso.

Pero parece que la gente no lo entiende, nunca lo ha entendido. Siempre he sido la rara, la extraterrestre. De más joven no tuve muchos problemas porque apenas salía por ahí, pero ya de más mayor empecé a sentirme un poco marciana, porque si iba a una cena todos bebían menos yo; en las reuniones familiares (tipo Nochebuena, Navidad) la botella de agua era y es casi exclusivamente mía; cuando alguien me invitaba a una copa o una caña y le decía que no parecía que le estaba haciendo un feo; y en los bares y discotecas, bueno directamente ni me acercaba a la barra sólo para no verle la cara de cachondeo al camarero. En fin, ese tipo de cosas.

Yo siempre me lo he tomado con filosofía porque toda mi vida lo he tenido muy claro. El alcohol no me aporta nada, estoy casi convencida de que con él no haría nada que no hago ya sin él, y, además, si hago algo quiere saber lo que estoy haciendo y acordarme al día siguiente. Aparte el alcohol ayuda a olvidar un rato, sí, pero los problemas van a seguir ahí al día siguiente y hay que saber afrontarlos; y por encima de todas las cosas, no me gusta beber, asi que por que los demás lo hagan no lo tengo porqué hacer yo.

Y he sobrevivido, evidentemente he tenido que soportar en alguna ocasión la mofa de familiares y amigos, pero al final con el tiempo se han acostumbrado, y yo he aprendido a amoldarme al ritmo de los demás. Ahora puedo, si me da el día, tomar un poco de vino mientras como, o incluso un cubata al salir por ahí, pero ya está. No quiero escudarme en el alcohol, quiero saber lo que hago y ser consciente de ello, y si me divierto quiero saber por qué y acordarme al día siguiente de lo que he hecho y dicho.

Además, por si no lo tenía muy claro, hoy alguien se ha encargado de recordarme por qué beber no es la solución. Volviendo de trabajar a eso de las 22.00 de la noche, en la villavesa se han subido tres chavalas adolescentes. En la siguiente parada a ellas se ha subido un tipo cuarentón, borracho como una cuba y con una bolsa con cuatro o cinco botellas de vete a saber qué. Iba dando tumbos, balbuceando, pegando gritos y haciendo ruidos extraños. Al final el tipo ha conseguido, no sé cómo, que el chófer le dejara quedarse y ahí ha sido cuando ha empezado a dar el coñazo.

Durante el viaje se ha empezado a poner pesado con las chicas, que estaban sentadas en una zona de cuatro asientos, y al haber uno vacío él se ha sentado junto a ellas, a fastidiar. Las chavalas no sabían cómo deshacerse de él, y el otro no decía más que sandeces, empezó a ponerse borde y ellas a hartarse, hasta el punto una de decirle que se estuviera quieto y se comportara, y que las dejara en paz, no llegaron a las manos porque ellas no quisieron, pero el tipo estaba zumbado… La gente se le quedó mirando como diciendo, en fin, lo que hay que ver. Al final el chófer lo tuvo que echar del autobús.

Creo recordar que no es la primera vez que este señor hace esto. La anterior vez, no  sé cuando fue, hace unos meses creo, casi se mea dentro de la villavesa, pero en fin, mejor no hablar de ello. En realidad, lo que me ha dejado alucinada es que el suceso lo haya protagonizado un tío hecho y derecho. A mi, que era una mera espectadora del suceso, me ha dado verguenza ajena verle en ese estado, y me ha dejado pensando el hecho de que las chavalas de 14 años demostraran más sensatez que el tipo adulto, que debería haber sido el “supuestamente maduro”. Ja! Me río yo de alguna gente que se cree adulta, eso me da mucha rabia, la madurez no se mide por lo mayor que seas, sino por la cabeza que tengas sobre los hombros, eso es así. Si llegas a esa edad y te pones así de ciego un miércoles por la noche, una de dos, o eres un alcohólico de libro o un tipo con muchos problemas, muy cobarde para afrontarlos, y sobre todo muy solo.

Yo no quiero acabar así. Y creo que en la soledad está la clave de muchas cosas, el que no tiene en quien apoyarse en los malos momentos, tiene muchas más posibilidades de acabar en el fondo del agujero, y salir de ahí luego es muy difícil. No soy quien para juzgar a este hombre, no sé cuales son las circunstancias que le han podido llevar a estar así, y por eso no lo voy a criticar, pero no sé si aunque hubiera unas razones medianamente coherentes, estas justificarían sus acciones. Por que repito, beber NO borra los problemas.

Y otra cosa, lo fácil es tomar el atajo para hacer lo que tienes que hacer, lo difícil es decir las cosas a quien se las tienes que decir siendo totalmente consciente de ello. Da miedo, pero muchas cosas dan miedo, y sinceramente con decirlo lo peor que puede pasar es que sigas igual que estabas. Y si tienes suerte y la respuesta es la que esperas, no vas a tener que reconstruir los hechos cuando al día siguiente quieras acordarte de lo que ocurrió.