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Del otro lado

Todos hemos conocido alguna vez en la vida personas que por una u otra razón en algún momento nos marcaron. Personas que dejaron huella y durante un período de tiempo fueron, quizá, una de las personas más importantes de nuestra vida. Pero después, por cosas del destino, dejamos de hablarnos.  Dejamos de vernos, dejamos de ser parte de las experiencias vitales del otro. Y de un día para otro la cosa cambió, y comenzamos a construir vidas en paralelo pero que nunca jamás se cruzaron de nuevo.

Aun así, porque vivimos en la era digital, hoy en día sigues sabiendo cosas de su vida y esa persona sigue sabiendo cosas de la tuya. Y te alegras por sus logros, y te entristeces a veces por no poder celebrarlos junto a ella, y tienes días que recuerdas momentos que compartísteis y que te hicieron feliz, y piensas, ¿qué pasó para acabar así? Nada.  A veces, simplemente no hay explicación.  Y después de ese lapsus de nostalgia, vuelves de nuevo a tu vida normal. Como si nada hubiera pasado, como si nunca os hubiérais conocido, y como si esa experiencia no te hubiera cambiado para siempre. Pero lo cierto es que lo hizo, y muy en el fondo lo sabes.    

A menudo no volvemos a ver más a esas personas, se van y no vuelven jamás, o existen en algún lugar pero no están presentes. Pero también ocurre a veces que, pasados unos años, de repente, en el lugar más inesperado, te reencuentras con quien creías olvidado. Y en la mayor parte de los casos te revuelve cosas, pero también te enseña que todo ha cambiado, que ya no sois los mismos, y que nada volverá a ser igual. Celebras sus éxitos y esa persona los tuyos, pero ya nada es lo mismo. Un día simplemente los caminos se separaron.

Aun así, esos encuentros inesperados te hacen preguntarte qué es lo que pasó, por qué uno de los mejores momentos de tu vida se convirtió en algo que ya apenas ni recuerdas. Y cómo acabásteis así. Y no lo sabes. Por que a veces simplemente dos personas están destinadas a no encontrarse. A veces están destinados a estar del otro lado.

Aun así, yo, personalmente, estoy convencida de que la gente que conocemos a lo largo de nuestra vida la conocemos por una razón. Hay gente de la que aprendes cosas tan básicas como ser buena persona, tener valores, ser generoso, solidario o tomarte la vida con humor. Hay gente que te enseña a cultivar la paciencia, otros a amar incondicionalmente, algunos a no odiar a pesar de tener ganas de hacerlo, unos te enseñan a caer hasta el fondo y después aprender a levantarte, otros te enseñan lo que es estar ahí cuando alguien te necesita. Cada persona es parte del aprendizaje y están ahí por una razón.

Hay una creencia tradicional asiática que me encanta llamada el Hilo Rojo del Destino, que dice que entre dos o más personas que están destinadas a tener un lazo afectivo existe un hilo rojo invisible, que viene con ellas desde su nacimiento y que las une para siempre, independientemente del momento de sus vidas en el que dichas personas vayan a conocerse. Ese hilo puede tensarse y doblarse, pero jamás puede romperse, porque es una muestra del vínculo que existe entre ellas.

Y, personalmente, creo que es cierto, de los 7 billones de personas que hay en el mundo, conocemos a unos cuantos seres humanos a lo largo de nuestra vida. Apenas un puñado de ellos, y, a veces, ocurre que la gente, por casualidad, se encuentra con alguien que jamás hubiera imaginado cruzarse. Por ejemplo, parejas cuyos miembros son uno de cada punta del mundo. O gente que termina conociendo personalmente a alguien a quien admiraba, o alguien que no tiene nada que ver con su clase social, su entorno, su país, su idioma, su raza, lo que sea. Y, sin embargo, sus caminos terminan encontrándose. Por alguna razón, llámala hilo rojo o destino, has conocido a ciertas personas, todas te han influido y te han modificado. Y todos ellos han hecho de ti lo que eres hoy. Te han configurado como ser humano. Así que, aunque no volvamos a ver a algunos de esos que una vez conocimos, los cambios que generaron en nosotros siempre perdurarán.

Blanco y rojo

En Pamplona existe, desde tiempos inmemoriales, un acuerdo tácito entre todos respecto a la ropa de Sanfermines, y es que nunca verás durante el resto del año a ningún vecino de la ciudad utilizando blanco y rojo juntos jamás.

Es curioso cuando te paras a pensarlo, es más, muchos pamploneses, y yo me incluyo, nos da por hacer un gesto raro cuando vemos a alguien cualquier otro día del año combinando un jersey rojo y un pantalón blanco, o a la inversa. Es como si fuera casi un sacrilegio. Ni siquiera utilizar ropa blanca en verano, como se hace en muchos otros lugares del país, es muy común por estos lares.

Y es que en Pamplona, esos dos colores quedan reservados para las fiestas. El ritual de preparar la ropa cada año, de ver las casas inundadas de cosas blancas y rojas por todas partes, es la prueba y el anuncio de que ya está llegando San Fermín.

Cada año, tras las fiestas, llenamos al menos un bolsón enorme de ropa blanca, fajas, pañuelos, blusones, etc, que luego normalmente guardamos en áticos, sótanos, bajeras o lo que cada uno tenga adaptado como almacén de trastos. Y cuando en unos meses vuelven a acercarse los Sanfermines, volvemos a bajarlo todo y a empezar con el ritual de probarte la ropa, ver qué te sigue entrando y qué no (que a veces es la mayoría) y luego toca viajecito a las tiendas para reponer lo que falte.

Hay algunas cosas por las que podrás identificar quién es de aquí y quien es de fuera. El pamplonés normalmente trata de vestir de blanco y rojo clásico, con faja y pañuelico rojos (este último a menudo mirando para adelante, y con un escudo que sea o bien de Pamplona, o de San Fermín, o como mucho del pueblo al que perteneces). Si ves a alguien con un pañuelo de otro color, esos suelen ser también de aquí y pertenecen a las peñas (los pañuelicos de kukuxumusu y las demás varientes extrañas creadas a posteriori son inventos para extranjeros). Además, algunos pamplonicas todavía usan alpargatas (no es mi caso ni el de mucha gente, pero hay quienes sí las llevan). Y por supuesto, reconocerás a los vecinos porque muchos llevan blusones de colores, que representan, en la mayoría de los casos, la peña a la que pertenecen.

A un extranjero es bastante más fácil de distinguir. Si son rubios, altos y hablan inglés cabe la gran posibilidad de que sean australianos o británicos. Si utilizan chanclas para caminar por calles asquerosas y llenas de cristales de botellas, que luego les harán cortes que los mandarán a urgencias, esos seguro que son guiris. Si están rojos como tomates desde las 9 de la mañana del día 6, por beberse hasta el agua de los floreros y llevar siempre una bota de vino colgando al cuello, esos también son de fuera. Si visten con camisetas con el famoso Mr. Testis de Kukuxumusu de protagonista, o con mensajes que rezan cosas como “Running of the bulls”, o frases idiotas en inglés para intentar ligar con las tias… o tios quien sabe, esos no son de aquí. Pero sobre todo los reconocerás por hacer las cosas que la mayoría de la gente de aquí jamás ha hecho, ni hace ni hará nunca como enseñar las tetas a toda la población en la plaza del Ayuntamiento el día 6 antes del txupinazo, correr delante de los toros, saltar desde la fuente de Navarrería como un subnormal o caminar por el borde de las murallas todo borracho a ver si se cae y se abre la crisma.

No obstante, a pesar del romanticismo que pueda tener vestir todos igual durante 9 días, sin tener que pensar qué ponerte, sin fijarte mucho en manchas, rotos y cualquier otro desperfecto en la ropa, y sin importar de qué clase social eres porque vestidos así somos, por una vez, todos iguales, a veces, incluso para nosotros los pamplonicas, se hace pesado.

Por lo menos yo siempre termino cansándome de llevar esta ropa, y, al final acabo siempre poniéndome unos vaqueros o cualquier otra cosa normal. Es una mezcla de sentirte parte de la ciudad que te vio nacer y crecer, y al mismo tiempo, ganas de poder vestirte como te de la gana y ser tú mismo otra vez.

Otra cosa que suele pasar muy a menudo entre los pamplonicas es que cuando te vas de viaje a cualquier lugar del mundo, sabiendo que no vas a pasar las fiestas en casa, como norma, siempre te llevas mínimo un pañuelico rojo para sentirte más cerca del hogar. Es gracioso, pero al mismo tiempo, si lo piensas bien, es algo que nos une a todos allí donde estemos.

Por eso este post se lo quiero dedicar a toda esa gente que a pesar de estar lejos, lo sigue viviendo con la misma intensidad que si estuviera aquí, y porque, a pesar de las circunstancias, nosotros y ellos, los de aquí y los de allá, nos sentimos siempre juntos en la distancia.