La felicidad viajera

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Hace unos días hablaba con una amiga de la idea abstracta de viajar. Estuvimos discutiendo sobre si preferíamos viajar en avión, en tren, en barco, en coche, en autobús, y teníamos nuestras diferencias al respecto. Pero en lo que las dos siempre coincidíamos es que para nosotras la mejor parte del viaje siempre es el trayecto. Es decir, si vas por ejemplo en coche, el viaje es lo que te ocurre entre punto A y punto B. La ruta, para que nos entendamos.

Para mí, como supongo que para mucha gente, viajar siempre ha tenido mucho que ver con conocer culturas, descubrir lugares nuevos y disfrutar de la compañía. Me encanta volar en avión, aunque embarcar y hacer check-ins sea un engorro a veces, y el tren también tiene su encanto. Tuve la oportunidad de viajar hace unos años de mochilera en este medio de transporte, y la experiencia, en contra de lo que pueda parecer, fue increíblemente cómoda y relajante. Algún día he de volverlo a hacer. Pero sin lugar a dudas, lo que más me gusta son los viajes en coche, porque son en esos donde ocurre de todo, risas, confidencias, paradas inesperadas, situaciones embarazosas, ideas geniales, en fin, cualquier tipo de locura. Y si compartes esas locuras con buena compañía, mejor que mejor.

Así que cuando mis dos mejores amigas me dijeron hace unas semanas que este año nos íbamos a Santander unos días, nada menos que a un festival de música y de paso a respirar aires playeros, no me pude contener de la emoción. Para empezar, el viaje fue una sorpresa que no esperaba, ambas decidieron regalarme el viaje por mi cumpleaños, y eso nunca lo voy a poder olvidar. Sólo por eso, el viaje ya ha sido triplemente especial para mí. Gracias de nuevo, ya sabéis quienes sois.

Después llegaron las vacaciones en sí mismas. No íbamos a un lugar paradisíaco, en realidad la ciudad a la que íbamos está al norte de España, y el tiempo tiende a ser inestable, asi que la mitad del viaje estuvimos rezando para que no nos lloviera, porque, entre otras cosas, íbamos a pasar la mitad del tiempo en conciertos al aire libre. Afortunadamente los dioses nos fueron favorables y el indeseado diluvio no llego a pasar de un leve txirimiri.

Aun así, disfrutamos el viaje como nunca, caminamos y paseamos, comimos, bailamos y, sobre todo, nos reímos como hacía mucho que no me reía. Y el último día, poco antes de volver, haciendo recolección de todo lo que habíamos vivido, mutuamente nos reconocimos que los mejores momentos de todo el viaje habían sido los más inesperados. Los más tontos, ridículos, chorras, pero, en definitiva, los que luego, mirando para atrás, recuerdas con especial cariño y sigues sonriendo como una boba cada vez que piensas en ellos.

Por eso, quería dedicarles este post a mis amigas, por ser de lo que no hay, por hacerme reir hasta llorar, por aguantarme con la camarita todo el día de arriba a abajo, por acompañarme haciendo el tonto en público a todas horas, por seguir disfrutando de las pequeñas cosas con la inocencia de un niño, y porque en el futuro siga habiendo muchos más viajes como este.

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Publicado el agosto 4, 2015 en experiencias, mi vida, risas, viajes y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Es que Santander es lo más y en buena compañía, ni te digo… Sólo nos falto hablar con Maneeeeeeeeeeel…

  1. Pingback: Volvemos al Santander Music | En la cocina de Chris

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