Blanco y rojo

En Pamplona existe, desde tiempos inmemoriales, un acuerdo tácito entre todos respecto a la ropa de Sanfermines, y es que nunca verás durante el resto del año a ningún vecino de la ciudad utilizando blanco y rojo juntos jamás.

Es curioso cuando te paras a pensarlo, es más, muchos pamploneses, y yo me incluyo, nos da por hacer un gesto raro cuando vemos a alguien cualquier otro día del año combinando un jersey rojo y un pantalón blanco, o a la inversa. Es como si fuera casi un sacrilegio. Ni siquiera utilizar ropa blanca en verano, como se hace en muchos otros lugares del país, es muy común por estos lares.

Y es que en Pamplona, esos dos colores quedan reservados para las fiestas. El ritual de preparar la ropa cada año, de ver las casas inundadas de cosas blancas y rojas por todas partes, es la prueba y el anuncio de que ya está llegando San Fermín.

Cada año, tras las fiestas, llenamos al menos un bolsón enorme de ropa blanca, fajas, pañuelos, blusones, etc, que luego normalmente guardamos en áticos, sótanos, bajeras o lo que cada uno tenga adaptado como almacén de trastos. Y cuando en unos meses vuelven a acercarse los Sanfermines, volvemos a bajarlo todo y a empezar con el ritual de probarte la ropa, ver qué te sigue entrando y qué no (que a veces es la mayoría) y luego toca viajecito a las tiendas para reponer lo que falte.

Hay algunas cosas por las que podrás identificar quién es de aquí y quien es de fuera. El pamplonés normalmente trata de vestir de blanco y rojo clásico, con faja y pañuelico rojos (este último a menudo mirando para adelante, y con un escudo que sea o bien de Pamplona, o de San Fermín, o como mucho del pueblo al que perteneces). Si ves a alguien con un pañuelo de otro color, esos suelen ser también de aquí y pertenecen a las peñas (los pañuelicos de kukuxumusu y las demás varientes extrañas creadas a posteriori son inventos para extranjeros). Además, algunos pamplonicas todavía usan alpargatas (no es mi caso ni el de mucha gente, pero hay quienes sí las llevan). Y por supuesto, reconocerás a los vecinos porque muchos llevan blusones de colores, que representan, en la mayoría de los casos, la peña a la que pertenecen.

A un extranjero es bastante más fácil de distinguir. Si son rubios, altos y hablan inglés cabe la gran posibilidad de que sean australianos o británicos. Si utilizan chanclas para caminar por calles asquerosas y llenas de cristales de botellas, que luego les harán cortes que los mandarán a urgencias, esos seguro que son guiris. Si están rojos como tomates desde las 9 de la mañana del día 6, por beberse hasta el agua de los floreros y llevar siempre una bota de vino colgando al cuello, esos también son de fuera. Si visten con camisetas con el famoso Mr. Testis de Kukuxumusu de protagonista, o con mensajes que rezan cosas como “Running of the bulls”, o frases idiotas en inglés para intentar ligar con las tias… o tios quien sabe, esos no son de aquí. Pero sobre todo los reconocerás por hacer las cosas que la mayoría de la gente de aquí jamás ha hecho, ni hace ni hará nunca como enseñar las tetas a toda la población en la plaza del Ayuntamiento el día 6 antes del txupinazo, correr delante de los toros, saltar desde la fuente de Navarrería como un subnormal o caminar por el borde de las murallas todo borracho a ver si se cae y se abre la crisma.

No obstante, a pesar del romanticismo que pueda tener vestir todos igual durante 9 días, sin tener que pensar qué ponerte, sin fijarte mucho en manchas, rotos y cualquier otro desperfecto en la ropa, y sin importar de qué clase social eres porque vestidos así somos, por una vez, todos iguales, a veces, incluso para nosotros los pamplonicas, se hace pesado.

Por lo menos yo siempre termino cansándome de llevar esta ropa, y, al final acabo siempre poniéndome unos vaqueros o cualquier otra cosa normal. Es una mezcla de sentirte parte de la ciudad que te vio nacer y crecer, y al mismo tiempo, ganas de poder vestirte como te de la gana y ser tú mismo otra vez.

Otra cosa que suele pasar muy a menudo entre los pamplonicas es que cuando te vas de viaje a cualquier lugar del mundo, sabiendo que no vas a pasar las fiestas en casa, como norma, siempre te llevas mínimo un pañuelico rojo para sentirte más cerca del hogar. Es gracioso, pero al mismo tiempo, si lo piensas bien, es algo que nos une a todos allí donde estemos.

Por eso este post se lo quiero dedicar a toda esa gente que a pesar de estar lejos, lo sigue viviendo con la misma intensidad que si estuviera aquí, y porque, a pesar de las circunstancias, nosotros y ellos, los de aquí y los de allá, nos sentimos siempre juntos en la distancia.

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Publicado el julio 9, 2015 en anécdotas, experiencias, mi vida. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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