Dancing feels like electricity

Más de una vez me ha preguntado la gente que me conoce, sobre todo la que no ha estado nunca muy involucrada en actividades artísticas, por qué empecé a bailar, qué es lo que me atrajo de esa actividad. Y la respuesta la voy a dar basándome en una famosa frase que dijo una vez Billy Elliot, “dancing feels like electricity”. Electricidad, eso es exactamente lo que siento cuando me muevo al son de la música, es como si por un minuto todo y todos desaparecieran de la faz de la tierra, y no existiera nada más que yo. Esto me pasa tanto si bailo ante decenas de personas, como si lo hago en mi propia habitación yo sola con la música a tope un día cualquiera.

No obstante, la experiencia de un teatro va más allá de lo fácilmente descriptible. Antes de dar clases de baile hacía teatro, y la sensación que tenía cuando actuaba era muy similar. Pero como para alguien que no haya experimentado nunca lo que es subirse a un escenario es difícil que entienda lo que se siente ahí arriba, voy a tratar de explicarlo con mis palabras para ver si así queda un poco más claro. Cuando me subo a un escenario siento adrenalina, probablemente la misma que sienten otros al tirarse en paracaídas, surfear una ola gigante, subirse a una atracción terrorífica o escalar las montañas más altas o peligrosas, por poner varios ejemplos.

A menudo me ocurre que previo al espectáculo no suelo estar nerviosa, pero es durante el primer minuto, ese en el que pongo un pie en el escenario, cuando la electricidad empieza a inundar mi cuerpo. Es como una sensación de taquicardia, te empieza a latir el corazón muy deprisa, y tienes, por unos segundos, una sensación de vértigo en el estómago porque no quieres pifiarla, y al mismo tiempo ansiedad porque tienes ganas de hacerlo ya y ver la reacción de la gente.

Y de repente … una vez que estas ahí arriba, vestida, maquillada, se enciende la luz, la música y te dejas llevar, ya no puedes parar. Y sonríes, porque más allá de que te salga bien o mal, te estás divirtiendo, estás disfrutando el momento, y eso no se puede pagar ni con todo el oro del mundo.

Es curioso que precisamente me pase todo esto a mí, teniendo en cuenta que siempre fui la persona más tímida del mundo. Cuando era una niña me costaba un mundo hasta decir hola a alguien que no conocía. Y, sin embargo, el día que empecé a hacer teatro, algo cambió. Me di cuenta que ahí arriba era otra persona, y que me divertía no ser yo, poder experimentar con emociones, vestuarios, gestos, experiencias. Podía ser quien me diera la gana y decir lo que quisiera, lo que se conoce como “licencias poéticas” o teatrales en este caso, y me encantaba.

Con el baile fue distinto. Es cierto que me recuerdo desde niña bailando a todas horas por casa con la música de la radio, casettes, cd´s  o lo que fuera. Es más el primer movimiento que recuerdo haber aprendido cuando era una cría fue el “running man”. No levantaba dos palmos del suelo, y ahí estaba yo, tratando de emular a los grandes cantantes y bailarines de la tele, creyéndome Michael Jackson, sin saber siquiera lo que estaba haciendo.

No obstante, más allá de unas cortas clases de danzas vascas cuando tenía 7 años, nunca llegué a apuntarme a un estilo que verdaderamente me gustara, no sé por qué, hice otras cosas a lo largo de mi vida y nunca se dio. Hasta hace 5 años cuando empecé a dar clases de hip hop y contemporáneo (nunca es tarde si la dicha es buena). Sin embargo, desde cría siempre me he encontrado a mí misma siguiendo el ritmo hasta del hilo musical de los supermercados, daba igual el lugar, si había música mi cuerpo no podía parar. Aún hoy lo hago, a veces me encuentro bailando en sitios de lo más insospechados, alguna mirada rara me he ganado por eso, pero sinceramente, me da absolutamente igual. A mí me divierte, y eso es lo que cuenta.

En fin, que bailar, más allá de ser una de las pocas actividades deportivas con la que no hecho las tripas por la boca (lo siento, correr no es lo mío), me gusta precisamente por eso, porque me divierte. Nunca pretendí ser bailarina profesional, para mí no se trataba de eso, simplemente me gusta bailar porque me río, con los demás y de mi misma. Y ya sabéis lo que dice el dicho, el día peor aprovechado es aquel en que no te has reído.

Del otro lado

Todos hemos conocido alguna vez en la vida personas que por una u otra razón en algún momento nos marcaron. Personas que dejaron huella y durante un período de tiempo fueron, quizá, una de las personas más importantes de nuestra vida. Pero después, por cosas del destino, dejamos de hablarnos.  Dejamos de vernos, dejamos de ser parte de las experiencias vitales del otro. Y de un día para otro la cosa cambió, y comenzamos a construir vidas en paralelo pero que nunca jamás se cruzaron de nuevo.

Aun así, porque vivimos en la era digital, hoy en día sigues sabiendo cosas de su vida y esa persona sigue sabiendo cosas de la tuya. Y te alegras por sus logros, y te entristeces a veces por no poder celebrarlos junto a ella, y tienes días que recuerdas momentos que compartísteis y que te hicieron feliz, y piensas, ¿qué pasó para acabar así? Nada.  A veces, simplemente no hay explicación.  Y después de ese lapsus de nostalgia, vuelves de nuevo a tu vida normal. Como si nada hubiera pasado, como si nunca os hubiérais conocido, y como si esa experiencia no te hubiera cambiado para siempre. Pero lo cierto es que lo hizo, y muy en el fondo lo sabes.    

A menudo no volvemos a ver más a esas personas, se van y no vuelven jamás, o existen en algún lugar pero no están presentes. Pero también ocurre a veces que, pasados unos años, de repente, en el lugar más inesperado, te reencuentras con quien creías olvidado. Y en la mayor parte de los casos te revuelve cosas, pero también te enseña que todo ha cambiado, que ya no sois los mismos, y que nada volverá a ser igual. Celebras sus éxitos y esa persona los tuyos, pero ya nada es lo mismo. Un día simplemente los caminos se separaron.

Aun así, esos encuentros inesperados te hacen preguntarte qué es lo que pasó, por qué uno de los mejores momentos de tu vida se convirtió en algo que ya apenas ni recuerdas. Y cómo acabásteis así. Y no lo sabes. Por que a veces simplemente dos personas están destinadas a no encontrarse. A veces están destinados a estar del otro lado.

Aun así, yo, personalmente, estoy convencida de que la gente que conocemos a lo largo de nuestra vida la conocemos por una razón. Hay gente de la que aprendes cosas tan básicas como ser buena persona, tener valores, ser generoso, solidario o tomarte la vida con humor. Hay gente que te enseña a cultivar la paciencia, otros a amar incondicionalmente, algunos a no odiar a pesar de tener ganas de hacerlo, unos te enseñan a caer hasta el fondo y después aprender a levantarte, otros te enseñan lo que es estar ahí cuando alguien te necesita. Cada persona es parte del aprendizaje y están ahí por una razón.

Hay una creencia tradicional asiática que me encanta llamada el Hilo Rojo del Destino, que dice que entre dos o más personas que están destinadas a tener un lazo afectivo existe un hilo rojo invisible, que viene con ellas desde su nacimiento y que las une para siempre, independientemente del momento de sus vidas en el que dichas personas vayan a conocerse. Ese hilo puede tensarse y doblarse, pero jamás puede romperse, porque es una muestra del vínculo que existe entre ellas.

Y, personalmente, creo que es cierto, de los 7 billones de personas que hay en el mundo, conocemos a unos cuantos seres humanos a lo largo de nuestra vida. Apenas un puñado de ellos, y, a veces, ocurre que la gente, por casualidad, se encuentra con alguien que jamás hubiera imaginado cruzarse. Por ejemplo, parejas cuyos miembros son uno de cada punta del mundo. O gente que termina conociendo personalmente a alguien a quien admiraba, o alguien que no tiene nada que ver con su clase social, su entorno, su país, su idioma, su raza, lo que sea. Y, sin embargo, sus caminos terminan encontrándose. Por alguna razón, llámala hilo rojo o destino, has conocido a ciertas personas, todas te han influido y te han modificado. Y todos ellos han hecho de ti lo que eres hoy. Te han configurado como ser humano. Así que, aunque no volvamos a ver a algunos de esos que una vez conocimos, los cambios que generaron en nosotros siempre perdurarán.

La felicidad viajera

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Hace unos días hablaba con una amiga de la idea abstracta de viajar. Estuvimos discutiendo sobre si preferíamos viajar en avión, en tren, en barco, en coche, en autobús, y teníamos nuestras diferencias al respecto. Pero en lo que las dos siempre coincidíamos es que para nosotras la mejor parte del viaje siempre es el trayecto. Es decir, si vas por ejemplo en coche, el viaje es lo que te ocurre entre punto A y punto B. La ruta, para que nos entendamos.

Para mí, como supongo que para mucha gente, viajar siempre ha tenido mucho que ver con conocer culturas, descubrir lugares nuevos y disfrutar de la compañía. Me encanta volar en avión, aunque embarcar y hacer check-ins sea un engorro a veces, y el tren también tiene su encanto. Tuve la oportunidad de viajar hace unos años de mochilera en este medio de transporte, y la experiencia, en contra de lo que pueda parecer, fue increíblemente cómoda y relajante. Algún día he de volverlo a hacer. Pero sin lugar a dudas, lo que más me gusta son los viajes en coche, porque son en esos donde ocurre de todo, risas, confidencias, paradas inesperadas, situaciones embarazosas, ideas geniales, en fin, cualquier tipo de locura. Y si compartes esas locuras con buena compañía, mejor que mejor.

Así que cuando mis dos mejores amigas me dijeron hace unas semanas que este año nos íbamos a Santander unos días, nada menos que a un festival de música y de paso a respirar aires playeros, no me pude contener de la emoción. Para empezar, el viaje fue una sorpresa que no esperaba, ambas decidieron regalarme el viaje por mi cumpleaños, y eso nunca lo voy a poder olvidar. Sólo por eso, el viaje ya ha sido triplemente especial para mí. Gracias de nuevo, ya sabéis quienes sois.

Después llegaron las vacaciones en sí mismas. No íbamos a un lugar paradisíaco, en realidad la ciudad a la que íbamos está al norte de España, y el tiempo tiende a ser inestable, asi que la mitad del viaje estuvimos rezando para que no nos lloviera, porque, entre otras cosas, íbamos a pasar la mitad del tiempo en conciertos al aire libre. Afortunadamente los dioses nos fueron favorables y el indeseado diluvio no llego a pasar de un leve txirimiri.

Aun así, disfrutamos el viaje como nunca, caminamos y paseamos, comimos, bailamos y, sobre todo, nos reímos como hacía mucho que no me reía. Y el último día, poco antes de volver, haciendo recolección de todo lo que habíamos vivido, mutuamente nos reconocimos que los mejores momentos de todo el viaje habían sido los más inesperados. Los más tontos, ridículos, chorras, pero, en definitiva, los que luego, mirando para atrás, recuerdas con especial cariño y sigues sonriendo como una boba cada vez que piensas en ellos.

Por eso, quería dedicarles este post a mis amigas, por ser de lo que no hay, por hacerme reir hasta llorar, por aguantarme con la camarita todo el día de arriba a abajo, por acompañarme haciendo el tonto en público a todas horas, por seguir disfrutando de las pequeñas cosas con la inocencia de un niño, y porque en el futuro siga habiendo muchos más viajes como este.

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Blanco y rojo

En Pamplona existe, desde tiempos inmemoriales, un acuerdo tácito entre todos respecto a la ropa de Sanfermines, y es que nunca verás durante el resto del año a ningún vecino de la ciudad utilizando blanco y rojo juntos jamás.

Es curioso cuando te paras a pensarlo, es más, muchos pamploneses, y yo me incluyo, nos da por hacer un gesto raro cuando vemos a alguien cualquier otro día del año combinando un jersey rojo y un pantalón blanco, o a la inversa. Es como si fuera casi un sacrilegio. Ni siquiera utilizar ropa blanca en verano, como se hace en muchos otros lugares del país, es muy común por estos lares.

Y es que en Pamplona, esos dos colores quedan reservados para las fiestas. El ritual de preparar la ropa cada año, de ver las casas inundadas de cosas blancas y rojas por todas partes, es la prueba y el anuncio de que ya está llegando San Fermín.

Cada año, tras las fiestas, llenamos al menos un bolsón enorme de ropa blanca, fajas, pañuelos, blusones, etc, que luego normalmente guardamos en áticos, sótanos, bajeras o lo que cada uno tenga adaptado como almacén de trastos. Y cuando en unos meses vuelven a acercarse los Sanfermines, volvemos a bajarlo todo y a empezar con el ritual de probarte la ropa, ver qué te sigue entrando y qué no (que a veces es la mayoría) y luego toca viajecito a las tiendas para reponer lo que falte.

Hay algunas cosas por las que podrás identificar quién es de aquí y quien es de fuera. El pamplonés normalmente trata de vestir de blanco y rojo clásico, con faja y pañuelico rojos (este último a menudo mirando para adelante, y con un escudo que sea o bien de Pamplona, o de San Fermín, o como mucho del pueblo al que perteneces). Si ves a alguien con un pañuelo de otro color, esos suelen ser también de aquí y pertenecen a las peñas (los pañuelicos de kukuxumusu y las demás varientes extrañas creadas a posteriori son inventos para extranjeros). Además, algunos pamplonicas todavía usan alpargatas (no es mi caso ni el de mucha gente, pero hay quienes sí las llevan). Y por supuesto, reconocerás a los vecinos porque muchos llevan blusones de colores, que representan, en la mayoría de los casos, la peña a la que pertenecen.

A un extranjero es bastante más fácil de distinguir. Si son rubios, altos y hablan inglés cabe la gran posibilidad de que sean australianos o británicos. Si utilizan chanclas para caminar por calles asquerosas y llenas de cristales de botellas, que luego les harán cortes que los mandarán a urgencias, esos seguro que son guiris. Si están rojos como tomates desde las 9 de la mañana del día 6, por beberse hasta el agua de los floreros y llevar siempre una bota de vino colgando al cuello, esos también son de fuera. Si visten con camisetas con el famoso Mr. Testis de Kukuxumusu de protagonista, o con mensajes que rezan cosas como “Running of the bulls”, o frases idiotas en inglés para intentar ligar con las tias… o tios quien sabe, esos no son de aquí. Pero sobre todo los reconocerás por hacer las cosas que la mayoría de la gente de aquí jamás ha hecho, ni hace ni hará nunca como enseñar las tetas a toda la población en la plaza del Ayuntamiento el día 6 antes del txupinazo, correr delante de los toros, saltar desde la fuente de Navarrería como un subnormal o caminar por el borde de las murallas todo borracho a ver si se cae y se abre la crisma.

No obstante, a pesar del romanticismo que pueda tener vestir todos igual durante 9 días, sin tener que pensar qué ponerte, sin fijarte mucho en manchas, rotos y cualquier otro desperfecto en la ropa, y sin importar de qué clase social eres porque vestidos así somos, por una vez, todos iguales, a veces, incluso para nosotros los pamplonicas, se hace pesado.

Por lo menos yo siempre termino cansándome de llevar esta ropa, y, al final acabo siempre poniéndome unos vaqueros o cualquier otra cosa normal. Es una mezcla de sentirte parte de la ciudad que te vio nacer y crecer, y al mismo tiempo, ganas de poder vestirte como te de la gana y ser tú mismo otra vez.

Otra cosa que suele pasar muy a menudo entre los pamplonicas es que cuando te vas de viaje a cualquier lugar del mundo, sabiendo que no vas a pasar las fiestas en casa, como norma, siempre te llevas mínimo un pañuelico rojo para sentirte más cerca del hogar. Es gracioso, pero al mismo tiempo, si lo piensas bien, es algo que nos une a todos allí donde estemos.

Por eso este post se lo quiero dedicar a toda esa gente que a pesar de estar lejos, lo sigue viviendo con la misma intensidad que si estuviera aquí, y porque, a pesar de las circunstancias, nosotros y ellos, los de aquí y los de allá, nos sentimos siempre juntos en la distancia.

¡Viva San Fermín!

Hoy han dado comienzo en Pamplona las mejores fiestas del mundo, mis fiestas, las de mis paisanos, las de mis amigos y familia, la de niños y mayores, la de locales y extranjeros. Las más grandes fiestas del año, los Sanfermines. Y también hoy, tras un día de muchas experiencias, de disfrutar de almuerzo, txupinazo, fiesta, música, baile y un calor sofocante, por qué no decirlo, me he sentado un rato a escribir y he conseguido poner sobre un papel lo que para mí representan. Ahí va este humilde poema escrito en apenas un rato. Espero que os guste.

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Un instante

La vida se para un instante

Un instante que dura 9 días

La ciudad se vuelve importante

y las calles dejan de ser frías

——–

Amigos y desconocidos

comparten momenticos

charlan sin rencores,

rien y bailan sin cesar

El mundo se detiene unos raticos

y la gente olvida su pesar

——–

Blanco y rojo tiñen el asfalto

Camiseta y pantalones claros

faja y pañuelico vermellón

y alpargatas de esparto

——–

Tradiciones compartidas

vivencias nuevas cada vez

pero cada año vuelves a vivirlas

con la misma intensa sed

——–

Los niños corren emocionados

al ver la comparsa salir

los gigantes han llegado

“los kilikis van a ir a por ti”

y los zaldikos avispados

esperan agazapados

para hacerlos reir

——–

Los padres celebran los años

que todavía les quedan por vivir

y recuerdan con nostalgia

lo que era ser más joven y salir

——–

Los abuelos rememoran

grandes hazañas pasadas

y con la candidez de un niño

recuperan la inocencia olvidada

——–

Los jóvenes saltan, beben y bailan

brincan, corren y hacen locuras

y sin preocuparse por nada

celebran mientras cantan

que a pesar de etapas duras

sobreviven a la vida

y ganan la batalla

——–

Y no olvidemos a los foráneos

amigos de los toros y las selfies

la sangría, los cubatas y el verano

Muchos locos, siempre hermanos

desde Sidney hasta Memphis

disfrutan el mejor momento del año

——–

Cada 6 de julio el tiempo se detiene

y con fuegos que surcan el cielo

todos celebramos que ya viene

el objeto de nuestro anhelo

——–

La mejor fiesta del mundo

el mejor lugar del planeta

una experiencia de vida

que cambia a quien la siente

y que siempre hace mella

——–

Reencuentros y nuevos descubrimientos

alegría y celebración entre adoquines

un lugar lleno de sentimientos

eso son los Sanfermines

Nostalgia

Hace 4 años que dejé de escribir en este blog. No por elección, había perdido la contraseña y usuario, y no tenía forma de recuperarlos. Siempre me dio pena despedirme así de este lugar, porque aquí escribí durante dos años de mi vida, pero después pasó el tiempo, lo fui olvidando, abrí otros blogs y como todas las cosas en la vida lo dejé de lado.

Hace un año o así recordé este sitio, lo busqué y vi que seguía activo, intenté de nuevo en varias ocasiones acceder a él sin éxito. Hasta  que hace dos días, por una casualidad de la vida, recordé los datos que había olvidado. Y en lugar de cerrar el blog, decidí reabrirlo, por nostalgia, pero también porque este sitio me trae muy buenos recuerdos.

Muchas cosas han pasado desde la última vez que escribí. La vida en general no ha sido especialmente generosa conmigo. Han pasado cosas buenas y cosas muy buenas, por supuesto. Pero también ha habido decepciones, trabajos temporales (muchos), temporadas en el paro (otros tantos), familiares que han fallecido, otros que se han hecho mayores, y, en general, la vida ha seguido su curso, pero la mayor parte del tiempo sin orden ni concierto. Además también ha habido opiniones y perspectivas que han cambiado con la madurez que te da la vida.

Hoy, la vida sigue sin ser fácil, nunca lo fue, pero sigo creyendo, a pesar de las circunstancias, que todo tiene una razón de ser. Tenemos que aprender, caernos, levantarnos, saber lo que es la felicidad, el disfrute pleno, y también el dolor, la pena o la frustración. De esta última sé bastante más de lo que debería, pero ese conocimiento me da más ganas de buscar el polo opuesto de la vida, la alegría, el orgullo y la autoestima. Cosas de las que a veces carezco demasiado.

No sé si soy más sabia, porque siempre he pensado que nunca en la vida dejamos de aprender cosas. Cuando somos pequeños aprendemos de los mayores y cuando somos mayores de los pequeños. Así funciona el mundo, un mundo caótico, con tantas opiniones como hombres viven sobre él. Un planeta un poco convulso en los últimos tiempos, donde todos tenemos razón y donde escuchamos poco lo que dicen los demás. Un lugar en el universo con mucha gente pasándolo mal, pero también, y de verdad que así lo creo, con esperanza por delante, con vistas a un futuro, incierto, sí, pero que abarca una inmensidad de posibilidades.

No tengo miedo. A veces sí, pero no en este caso, no tengo miedo de lo que vendrá, porque sea lo que sea aún no ha llegado. Lo importante es vivir el presente, saber que lo que ocurre hoy es lo más valioso que tenemos. Y por eso, me niego a ser pesimista. Incluso en los peores momentos algo siempre me ha hecho resurgir, a veces, ese algo ha llegado a duras penas, pero lo ha hecho, y eso, para mí, es más que suficiente.

Con lo bueno y con lo malo, las experiencias que te da la vida son inigualables. Y eso, tiene un valor incalculable.

Os invito a que sigáis ojeando el blog si os parece interesante. Divertíos y seguid sonriendo a la vida.

Don´t bury me, I´m not yet dead

Los minutos se vuelven horas, las horas días, los díasas semanas y las semanas años. El tiempo pasa a su ritmo. A veces vuela, otras se eterniza. Las manecillas del reloj se mueven lentamente, como en un vals perpetuo. Y uno mismo siente su respiración cada vez que se echa a descansar, el aire fluye, entra y sale despacio del cuerpo, el pecho se levanta, el estómago se infla, y después nada, una sensación de vacío, de cansancio, de ganas de gritar, de romper cosas, de marcharse y no volver o dormir eternamente.Ves la preocupación en los que te rodean, no descansan, sienten malestar. Ves el fracaso, y sientes agotamiento. Llanto. Ira. No sabes cómo seguir por un camino que ahora nadie, excepto tú, sigue viendo claro. Y pasa un día y luego otro. Y la vida sigue su curso.

Pero de repente un día el sol se levanta, aparece una foto antigua, una máquina de escribir vieja, una grabadora estropeada, una pluma especial, páginas y páginas de cuadernos escritas con apuntes, con chorradas, con imaginación infantil, y recuerdos de juventud, objetos y lugares, mascotas con las que superaste tus miedos, personas que te prestaron un hombro, gente que con su sonrisa te hizo recuperar el sentido de las cosas. Las palabras de un libro, la letra de una canción, la imagen de un cuadro, los pinceles y dibujos encerrados en cajas de madera y carpetas de plástico. Viejas cartas escritas a mano con destino a nadie en particular. Todo sigue ahí, lo que fuiste, lo que eres y lo que seguirás siendo pase lo que pase.

Algo se muere en el alma…

Una mañana de hace 10 años, mientras yo miraba alguna chorrada en la televisión y mi perro jugueteaba por la alfombra, apareció de improviso un pequeño pájaro amarillo jaspeado que entró volando por la puerta de la terraza y se posó encima de la mesa. Cuando lo vi allí parado, después del susto inicial, me di cuenta de que era un canario. Como no quería que se asustará, me levanté corriendo a cerrar la puerta y rápidamente vi como mi perro se tiraba detrás a intentar cogerlo, así que lo agarré, le pegué un grito a mi madre y me llevé al perro a la cocina para que no molestara. Mientras, mi madre, con mucha maña, logró coger a aquel canario extraviado, que debió haberse escapado de alguna otra casa. Fue gracioso que lograra llegar volando no precisamente a cualquier casa, sino a la mia, donde, curiosamente, ya teníamos dos periquitos, y ¡oh casualidad!, también una jaula extra vacía. Asi que viendo que no íbamos a saber de quién era aquel pajarillo y que no lo podíamos dejar libre porque se moriría si lo hacíamos, lo adoptamos.

Aquel episodio fue lo más raro que me ha pasado nunca. Que el canario apareciera así de la nada todavía me sigue mosqueando un poco pero bueno. Lo cierto es que en mi casa siempre hemos tenido muchos pájaros, hemos tenido mascotas variadas, pero sobre todo muchos pájaros. El problema es que siempre por una cosa o por otra nos duraban poco, o se ponían enfermos, o se intoxicaban con algo… En fin, que parecía que teníamos gafe. Pero con éste ha sido distinto. Después de casi 10 años con nosotros hoy nos ha dejado. Por suerte ha logrado llegar a viejito, donde ha tenido los achaques propios de la edad, y después, sin hacer ruido, se ha ido.

Me encantan los animales, siempre me han gustado, pero tengo que reconocer que este canario había días que me ponía un poco de los nervios porque era de los que no paraba de cantar, de hecho, cuando poníamos un rato la tele de la cocina o nos poníamos a hablar unos con otros durante la comida el pájaro empezaba a cantar cada vez más alto, hasta que llegaba un punto en el que sólo le escuchábamos a él. Pero también es verdad que muchas veces verle tan contento te alegraba el día a ti, era una especie de quid pro quo, la familia le alimentaba el cuerpecillo y él nos alimentaba a nosotros el alma. No sé. Es difícil de explicar lo que te da una mascota, el cariño y la compañía impagable que te ofrecen, y es cuando se muere cuando te das cuenta de lo vacía que se queda la casa.

Cuando hace ya siete u ocho años murió mi perro (muy joven) por enfermedad, lloré, y lloré porque para mí fue el mejor amigo que pude haber tenido, gracias a él tiré para adelante cuando peor lo pasaba y hoy he llegado a donde estoy. Parecerá exagerado que diga esto, pero quien no haya compartido su vida con una mascota así no lo entenderá jamás. En este caso, la compañía del pájaro ha sido distinta, más de alivio y compañía en segundo plano, de saber que hay algo que te hace sentir mejor pero en lo que muchas veces no reparas. Este último tiempo, cuando ya estaba pachuchillo y se pasaba el tiempo dormitando me ha hecho sentirme culpable por no haberle hecho más caso cuando tuve oportunidad (la verdad es que nunca estuve muy pendiente de él, de vez en cuando me paraba a echarle un ojo, él me piaba, yo acercaba el dedo, él me picoteaba, y nuestra relación finalizaba ahí. En el fondo era buen chico, ya lo sé, lo nuestro era una relación de amor-odio). Pero bueno, ahora que ya le llegó su momento, ojalá que descanse en paz allí donde quiera que esté. Seguro que estará con mi pareja de periquitos que murieron ya hace años, primero ella, de enfermedad, y al poco tiempo él de pena al morir ella. Aysss, lo que puede llegar a hacer el amor…

Por un mundo mejor

Tengo 23 años, soy periodista titulada, con una carrera sacada en los años exigidos y conseguida gracias a la constancia y a becas ganadas con mucho esfuerzo. Cuando estaba en el colegio, época que prefiero obviar por razones personales, siempre pensaba que la Universidad y el mundo laboral serían mi mejor forma de ser útil a la sociedad. Siempre pensé que cuando acabara el colegio las cosas cambiarían, porque podría conocer gente nueva, estudiar lo que quisiera, y ejercer como tal. Podría tener buenos y malos días en el curro, pero sería más o menos feliz. Yo no pedía mucho, sólo una vida más o menos normal (con lo que eso significa siendo periodista). Daba por hecho lo del horario desacompasado y la escasa vida social, ni siquiera pedía tener una gran familia, una casa enorme y un sueldo de espanto, no, mi única ambición para ser feliz era tener mi propio hogar (ahora me río de eso) y un trabajo que me llenara y con el que ganara el dinero suficiente para vivir y disfrutar de manera sencilla de mis años de vida, no para mal sobrevivir ni tampoco para ser millonaria gastadora compulsiva.

Por eso, ahora que a pesar de tener una carrera y hablar tres idiomas me encuentro en el paro, miro para atrás y a veces siento como si toda mi vida hubiera sido una farsa. Supongo que le pasará a mucha gente, cuando estudias para poder trabajar de algo y te ves obligado a hacer otra cosa o a no trabajar, sientes que has malgastado toda tu vida. Y 23 años, en mi caso, me parecen demasiados años malgastados. Por eso sigo teniendo la esperanza de que todo lo sacrificado para llegar a donde estoy no haya sido en vano (como supongo que la mayoría de los jóvenes, que por eso están haciendo lo que hacen). Y por eso, aunque normalmente no me gusta hablar de política, hoy no me queda otra que hacerle mención, porque ahora mismo en este país se está viviendo algo increíble, que, no obstante, hacía tiempo que debería haber ocurrido. Más vale tarde que nunca. Y por esa razón quiero desde aquí agradecer a la gente que ha salido a la calle estos días a protestar y a acampar, lo agradezco por mi y por todos los que están viviendo lo mismo que yo, que son muchos.

La política, si he de decir la verdad, nunca ha sido santo de mi devoción. No me gusta porque -y he sido testigo de ello muchísimas veces- es un tema que siempre lleva a la discusión generalmente airada, no sólo entre los propios políticos sino también entre la gente de a pie. Saca lo peor de las personas y en la mayor parte de los lugares del mundo siempre ha sido motivo de discordia, discordias que a veces han llegado al extremo. Pero esta vez no puedo ni quiero pasar por alto lo que aquí se está gestando, porque siempre pensé que en este país jamás seríamos capaces de unirnos para nada, es triste decirlo, pero así lo he sentido muchas veces. Era como ver una constante pelea de gallos entre extremos rivales, incapaces de darse la mano una vez en la vida para sacar el país adelante. Y es por eso que me enorgullece saber que la gente normal y corriente, la que hace al país ser lo que es, con sus virtudes y sus defectos, es capaz cuando quiere de darse la mano, levantarse y pelear juntos. Sean de la condición que sean y sólo con un único objetivo, intentar mejorar la mierda de país que nos han dejado nuestros antecesores.

Cuando hace un tiempo oí a profesionales extranjeros de distintas áreas decir que la visión que se tiene fuera de España, a grandes rasgos, es la de un país donde solo se estila la farra y el mangoneo, me entristeció porque yo sé cómo es el país en el que vivo y sé cuales son sus muchos defectos (demasiados a decir verdad), pero siempre he creído que tiene también cosas muy buenas que a veces nosotros mismos no somos capaces de valorar. Eso sí, lo que siempre me faltó ver en este país es esa solidaridad de luchar no sólo por uno mismo sino también por el prójimo, un sentir que en otros países está más arraigado. No digo que aquí no seamos capaces de eso y mucho más, que lo somos y a la vista está, pero sí es verdad que siempre ha sido más fácil conseguir juntar a medio país por un puñetero partido de fútbol antes que para defender los derechos fundamentales de las personas.

Pero lo que más me ha enfurecido siempre es que en este país haya tanto chorizo suelto por todas partes y que a todo el mundo se la sople de esa manera. Que haya un político que se ha dedicado a robar a conciencia a todo el que ha podido, que haya sido descubierto, y aun así siga tan campante paseando su sonrisa para ver si le votan para las próximas elecciones me parece indignante y denigrante. Porque se estaba y se está riendo de nosotros a la cara y nosotros seguimos igual.Y otra cosa que me parece insultante es que todos los  partidos políticos (y no se salva uno) estén tratando de utilizar las circunstancias que se están dando para conseguir votos a su favor. Pero lo más decepcionante de todo es ver cómo las personas hechas y derechas, con carreras políticas, que mueven este país y deciden sobre nuestra vida y nuestro futuro, no son capaces más que de insultarse, agredirse verbalmente, y hacernos sentir a todos como si estuviéramos en una jaula de grillos. Basta ya.

Para mí la política está podrida, y hasta que no se sanee no habrá solución. Por eso ya era hora de levantarse, siempre pacíficamente, pero de hacer algo por este país, que mal que nos pese es en el que hemos nacido y en el que, al menos a mí, me gustaría seguir viviendo, tranquila y en paz. Y sobre todo me alegra que al menos los jóvenes sigan peleando por lo que creen. La verdad, todo hay que decirlo, me siento orgullosa de mi generación (para que luego se diga que sólo somos una panda de ni-nis).

“Cambiar el mundo empieza por ti”.

Trece da mala suerte

No sé si alguna vez os habréis sentidos gafados, pero gafados de verdad, o sea que no paran de pasar cosas chungas alrededor, una detrás de otra, hasta el punto de que llega a ser mosqueante. Bueno, pues así es como me llevo sintiendo yo desde hace tres meses y algo.

Primero me quedé en el paro (ajo y agua, me dije), a eso se me añadieron problemas personales (a tirar palante, pensé), eché la lotería ¿creéis que me tocó?, pues no sólo no me tocó sino que encima los números se cachondearon de mí (como siempre, asumí).Y a partir de ahí empezaron a romperse cosas en casa, dejó de funcionar el microondas, lo cambiamos por uno viejo que habíamos arreglado meses antes y también se murió, descubrimos que el primero no había muerto sino que había sido una falsa alarma, lo pusimos de nuevo y a las dos semanas, ahí sí, dejó de funcionar de verdad. Al final, a arreglar.

A eso se añadió que el ratón de mi ordenador se empezó a volver loco (por enésima vez en meses), el ordenador empezó a fallar y a colapsarse sin más (así que lo reseteé, otra vez, con lo que eso conlleva porque esta vez no pude guardar algunas cosas), los cascos de música murieron (aunque no me extraña de la matraca que les meto), y mi ipod desapareció en el desorden de mi habitación (luego lo conseguí encontrar). Después se estropeó del todo la freidora, que fue a dar a la bazuraaa. Y ya que estábamos cambiando los electrodomésticos, que parecían morir de dos en dos, se aprovechó en mi casa para cambiar también el horno, la encimera y la campana extractora, todas más viejas que yo (literalmente) y la última además inutilizable desde hace años.

Si ya lo decía Murphy si algo puede ir mal irá mal. En fin, ahí no acaba la cosa, un día decidí volverme creativa y me puse a hacer manualidades, concretamente me puse a pintar unos discos viejos con los que quería decorar la pared. Bueno, pues los pinté con toda la ilusión, y a las dos horas la pintura empezó a caerse a cachos, porque de lo vieja que era tenía que estar caducada. El día del libro decidí ir a dar una vuelta para despejarme e intentar autoconvencerme de que esto de ser gafe no tiene razón de ser, bueno pues fui allí, me compré un par de libros y el chico todo amable me regaló dos rosas muy monas. Mi gozo en un pozo, se me murieron al poco rato.

Unas semanas después, mi iPhone se volvió loco, el menú no funcionaba y no reconocía el cable, así que si decidía abrir una aplicación luego no la podía cerrar, y en el momento en el que se acabara la batería, agur iPhone. Total, voy a Movistar y la tipa me dice que busque la garantía, y que si no “pues a ver lo que sale el arreglo” (porque SOLO lo arreglan en APPLE, me dice la cachonda de ella con recochineo) y yo, “ya, ya lo sé”. La otra opción, pienso, podría ser intentar cambiármelo por el 4G, ya que estoy.

Pregunto a la tía sobre qué posibilidades habría de comprarme el nuevo a un precio razonable, y me dice intentando despacharme rápido, “bufff eso te va a salir muy caro, a ver esperaaa, ni con los puntos que tienes ehhh(la verdad es que no tenía muchos pero bueno). Te saldría con lo básico a unos 400 y pico euros”. Cojonudo, pues menos mal que con lo básico. En fin, y encima me lo dice mientras me mira y niega con la cabeza como pensando, “es imposible que ésta con esa cara de cría que tiene pueda pagar esa cantidad de dinero”. (Pues sí señora, estuve a punto de decirle, lo tenía, pero no me pienso gastar ese dineral en un móvil ni de coña, antes me cambio de compañía, amos hombre).

Y yo  pensando “¿¿¿¿Qué???? Ni en pedo (que dirían los argentinos)”. Al final lo llevé al sitio donde lo había comprado y allí probé suerte con lo del temido arreglo. ¿Y dónde estaba la factura para lo de la garantía? Ahhh, pues ni idea, suerte que guardé la caja original y gracias al número de serie la dependienta (esta vez si era maja) pudo hacer el apaño. “¿Y cuanto durará el arreglo aprox?”, le pregunté. “Tres semanicas o así”, dijo. El “o así” no me hizo mucha gracia, pero bueno.

En fin, cuando parecía que ya no podía pasar nada más, mi hermano terminó ingresado tres días en el hospital por una taquicardia (al final sólo un susto). Ahí me acordé de que yo de pequeña tuve soplo en el corazón y empecé a somatizar, “¿y si me da un jamacuco o tengo algo?”. Nah, la preocupación me duró hasta que me comí un buen trozo de chocolate (del dulce y empalagoso, malpensados). Total, si me voy a morir igual, tal y como estamos lo mismo me cae una maceta en la cabeza. Pero bueno, sigamos con lo que estábamos, por si esto fuera poco hoy acabo de hacerle un rayón del tamaño de Rusia a la puerta trasera de mi coche. Genial, oye, lo que me faltaba para completar mi mal fario.

Ayss, como mi gafe siga mucho tiempo más no sé qué voy a hacer, de verdad, me siento como si no pudiera acercarme a ningún sitio, porque por una cosa o por otra, siempre acaba pasando algo. Y lo más gracioso de todo ¿sabéis qué es? Pues que estos días me ha dado por ponerme a pensar en cosas que me gustaría hacer antes de morirme (que espero que quede mucho para eso), y una de ellas (no sé porqué, llamadme loca) es tirarme en paracaídas. Ja, pues como tenga la misma suerte que estando en tierra voy lista.